2006-11-25
Roles y ganancias (violencia de género, I)
ANDRÉS NEUMAN



El jueves por la noche, en la localidad granadina de Cúllar Vega, tuvo lugar una protesta tan extraordinaria como lógica: la primera manifestación de hombres contra la violencia de género que se ha celebrado en la provincia de Granada. Hace ahora casi diez años, en esa misma localidad, Ana Orantes fue quemada viva y su espantoso asesinato pareció despertar la conciencia colectiva sobre una realidad tan antigua como monstruosa. Unos años después la víctima se llamó Encarnación Rubio, aunque pudo llamarse de muchas otras maneras y su muerte pudo suceder en muchos otros sitios. Hasta ahora, las denuncias de estas atrocidades solían identificarse con las reivindicaciones femeninas. Lo cual no sólo prueba lo mucho que nos falta recorrer, sino también nuestra falta de perspectiva ante este grave conflicto. La violencia contra las mujeres a manos de los hombres es, qué duda cabe, un problema de educación de género: está directamente relacionando con los roles emocionales y los valores ideológicos que se transmiten tanto en el seno de la familia (esa institución supuestamente pura, santa e intocable) como en el ámbito público. Pero por eso mismo, porque se trata de un asunto de educación de género, nos concierne a todos. A mujeres y a hombres.

El hecho de que nos implique a todos no significa meramente que afecte a las mujeres (en tanto que posibles víctimas) y a los hombres (en tanto que potenciales agresores). Siendo esto cierto, pienso que el problema va más allá, o más hondo: si la ideología patriarcal o machista se aprende en los hogares, ello es posible porque, por desgracia, también muchas mujeres la aceptan y la transmiten. Dicho en términos simplistas, si hubiera que dividir en dos el terreno de cultivo de la violencia de género, sería más exacto hacerlo trazando una delicada línea entre quienes reproducen en sus vidas personales los valores machistas y quienes intentan aprender a combatirlos. El objetivo es que sean cada vez más las personas que vivan del lado civilizado, razonable e igualitario de esa raya.

Por eso me pareció tan extraordinaria como lógica la manifestación del jueves en Cúllar Vega: los hombres no nos manifestamos allí por piedad, sino por autocrítica. No fuimos simplemente a solidarizarnos con una causa más o menos ajena, sino que fuimos para señalar esa raya crucial que organiza nuestras vidas y para pedir que entre todos rechacemos cualquier intento por violarla o por fingir que no existe. Tampoco se trata de proteger gallardamente al débil, porque la mujer no tiene por qué ser débil ni el hombre por qué ser fuerte. Ese mismo planteamiento sería ya, quiérase o no, machista. Me sorprende que a veces siga enfocándose el problema en términos físicos (¿acaso cambiarían mucho las cosas si todas las mujeres se pusieran a hacer pesas?), cuando en realidad estamos ante un secuestro histórico de las conciencias. Ante un reparto perverso de roles en el que unos poseen (es decir, se sienten con derecho a poseer) y otras son poseídas (es decir, se sienten destinadas a la posesión). Porque los roles son eso: convenciones heredadas, reglas que pueden funcionar de manera perversa y que, si existe una voluntad colectiva, también pueden, deben cambiar.

Estoy convencido de que hay cada vez más hombres y mujeres conscientes de sus roles heredados, y por tanto preparados para cuestionarlos. Sucedió el jueves en Cúllar Vega, igual que sucede diariamente en cada vez más hogares donde ella y él se reparten las tareas, cuidan de sus hijos y trabajan. Alguien podrá pensar que, en este proceso equitativo, los hombres salimos perdiendo porque renunciamos a antiguos privilegios. Por fortuna, existen otras maneras más inteligentes de pensar y sentir. En una declaración suscrita por el Grupo de Hombres de Granada, Hombres Solidarios y una esperanzadora serie de asociaciones repartidas por todo el país, leo lo siguiente: «Por cada mujer fuerte, cansada de tener que aparentar debilidad, hay un hombre débil cansando de tener que parecer fuerte. Por cada mujer cansada de tener que actuar como una tonta, hay un hombre agobiado por tener que aparentar saberlo todo. Por cada mujer cansada de ser calificada como hembra emocional, hay un hombre a quien se le ha negado el derecho a llorar y a ser delicado. Por cada mujer catalogada de poco femenina cuando compite, hay un hombre que se ve obligado a competir para que no se dude de su masculinidad. Por cada mujer que se siente atada por sus hijos, hay un hombre a quien se le ha negado el placer de la paternidad. Por cada mujer que no ha tenido acceso a un trabajo o salario satisfactorio, hay un hombre que debe asumir la responsabilidad económica de otro ser humano». ¿Todo eso no sería, también, salir ganando?