2006-11-18
Generación Quizá
Generación Quizá
Andrés Neuman

El otro día recibí un cuestionario sobre las características de mi generación, y mientras lo respondía me di cuenta de que mi generación (es decir, las personas nacidas más o menos entre 1970 y 1980) no tiene demasiadas teorías generacionales comunes, como quizá sí las tuvieron los jóvenes en otros momentos de la historia reciente. En general, creo que vivimos un momento paradójico en cuanto a los procesos de identificación se refiere: desde luego estamos más masificados y unificados que nunca, y sin embargo (o quizá por eso mismo) existe una clara resistencia a adherirse a discursos, estéticas o identidades colectivas. Como si, en un mundo demasiado homogéneo, el individualismo no fuese una mera señal de egoísmo sino también un descanso, una pequeña tabla de salvación de lo propio.

Aunque al principio aquel cuestionario me fastidiase un poco (todos los cuestionarios nos generan la incomodidad de tener que dar una respuesta definitiva a asuntos que, por lo general, nos despiertan más que nada dudas e incertidumbres), lo cierto es que después me hizo reflexionar. Creo que los ciudadanos de veintitantos o treinta y pocos años pertenecemos a una generación particularmente paradójica. Se supone, o eso dicen, que nuestra quinta es, en términos académicos, la mejor preparada de la historia de España. Hemos hecho carreras (en muchos casos más de una) y también doctorados. Hemos asistido a una cantidad insensata de cursos, cursillos y cursetes. Nos hemos apuntado a módulos de vete a saber qué. Hemos viajado al extranjero con las becas Erasmus y con la inestimable colaboración de nuestros padres, que jamás en la vida tuvieron oportunidades parecidas. Hemos opositado como campeones. Y, después de todo eso, nuestro mayor fantasma generacional siguen siendo el paro y la precariedad laboral. Algo de misterio tiene la cosa. Quizás el mercado laboral, al existir cada vez mayor competencia y gente competente, esté aprovechándose de la abundante oferta de jóvenes licenciados para crear un perverso circuito de inseguridad: «y si las condiciones no te parecen justas, que pase el siguiente». O quizá no nos hayan preparado tan bien como nos dicen, y la Universidad haya pasado de ser una institución formativa a una benevolente fábrica de títulos. No estoy seguro.

Otra de las notables paradojas de mi generación es, creo, la costumbre de quedarse en casa hasta edades elevadas. Esta circunstancia suele achacarse, y en parte es cierto, a nuestra tendencia a la comodidad: en general, nuestros padres crecieron contra los suyos, deseando abandonar el hogar familiar para emprender una vida independiente. Eso los hizo más fuertes, más decididos, y a la vez emocionalmente más desamparados, hechos como a trompicones. Nosotros (o buena parte de nosotros) nos llevamos mejor con nuestros padres, y eso es sin duda una suerte, porque tengo la sensación de que somos una generación bastante saludable en su manera de construir sus afectos, aunque esa apacibilidad doméstica también esconda un peligro: el de ser menos autónomos. Ahora bien, al margen de estas consideraciones familiares, quisiera que alguien me explicase cómo debería hacer mi cómoda generación para marcharse antes de casa, si el acceso a la vivienda está casi imposible en comparación con los sueldos que suele percibir un trabajador joven, y si además los nuevos contratos laborales son temporales, inciertos y usureros. Eso, cuando hay contrato.

La tercera paradoja de mi generación (habría más) es la política. Todos nosotros hemos nacido o crecido en democracia, y esa fortuna nos permite contemplar con naturalidad fenómenos sociales que antes a muchos les resultaban conflictivos: las sexualidades distintas, la lucha por la igualdad de la mujer, la eutanasia, la riqueza de la inmigración, etcétera. Sin embargo, puede que mi generación, la de la democracia, sea la más proclive de todas a declararse ‘apolítica’ y a insistir en la peligrosa idea de que las ideologías ya no existen (y naturalmente existen, se transforman y adaptan a los tiempos, como toda la vida). Conozco a muchos jóvenes que se declaran apolíticos casi con orgullo, como si semejante negligencia fuese un meritorio acto de imparcialidad o de pureza. Y como si declararse apolítico no fuese, a su manera, una triste postura política. Pertenezco a una generación, quizá, bifronte: a diferencia de otras, no hemos crecido en la adoración fanática de grandes mitos políticos. Pero ese mismo desencanto, que tiene su parte lúcida y de madura sospecha, también puede provocar que quienes deciden nuestro futuro sigan haciéndolo tan campantes, con las manos libres, y aliviados por nuestra indiferencia.