2006-10-14
Las garzas y el gigante
Las garzas y el gigante
Andrés Neuman


La realidad es un vertiginoso recorrido de lo descomunal a lo minúsculo, una asombrosa convivencia de la escasez junto al exceso. Casi al mismo tiempo que medio país discutía sobre la excesiva delgadez de algunas modelos que iban a desfilar en la pasarela Cibeles, desde el otro lado del océano nos llegaron noticias sobre la extraña tragedia de un hombre llamado Manuel Uribe Garza, que vive en Monterrey y pesa 560 kilos. No es una errata, no: un cinco, un seis y un cero. Es decir, diez veces el peso de la más corpulenta de las modelos. Para Manuel (cuyo segundo apellido, Garza, también me pareció inverosímil: las garzas son aves ligeras, zancudas y graciosas que podrían compararse a las altísimas y famélicas muchachas que brincan a lo largo de una pasarela) la vida también consiste en un desfile perpetuo. Sólo que ese desfile sucede fuera de él, empieza al borde de su formidable cama y se extiende más allá de las fronteras de su mundo. O, lo que es lo mismo, al otro lado de la puerta de su habitación.

Más de media tonelada de suplicio. Diez personas en una sola y una décima de vida atrapada en un cuerpo. O, como escribió borgeanamente el periodista Janot Guil, «una cárcel dentro de una cárcel dentro de una cárcel». No pudiendo mover su cuerpo ni tan siquiera un metro, una noche el alma de Manuel decidió fugarse por su cuenta: hace algunos años, tras una revelación onírica, se volvió súbitamente religioso. Nada puede encarcelar la inquietud de la mente. A sus 41 densos años, Manuel recuerda que ya de niño era gordo, aunque a escala humana. La pesadilla comenzó de veras cuando, recién casado, emigró a los Estados Unidos y sucumbió a la comida rápida, esa variante gastronómica de los residuos tóxicos.

Comida rápida. Qué espantosa ironía. Hoy Manuel, de tanto devorarla, se ha convertido en el hombre más lento del planeta. Según hemos sabido, el cirujano granadino Carlos Ballesta y su equipo médico de Barcelona se han desplazado a Monterrey para tratar el caso y ofrecerle a Manuel una operación gástrica sin cargos. En primer lugar, antes de someterse a la intervención, el doctor le ha prescrito una dieta mediterránea, sencillo plan que a los neófitos nos parece de lo más sensato. Pero también he leído cuál sería el siguiente objetivo, y eso ya me sorprende: una vez que consiga bajar a 400 kilos para poder entrar en el quirófano, la intención declarada de Manuel es alcanzar su «peso ideal», cayendo abismalmente hasta los 100 kilos. Lo cual, en un hombre maduro y de gran estatura como él (mide 1,91), equivaldría casi a convertirse en una sílfide. No sé qué me parece más insólito: si la inhumana masa actual de Manuel, o su igualmente inhumana pretensión de adelgazar 460 kilos. Sí, nuestro mundo es un vertiginoso recorrido de lo descomunal a lo minúsculo, una asombrosa convivencia de la escasez junto al exceso. Y así, uniendo los opuestos como por arte del absurdo, las escuálidas, ágiles e inapetentes modelos de las pasarelas comparten objetivos con el mastodóntico, inerte y glotón Manuel: perder peso en un grado demencial.

Logre o no semejantes cifras (y yo, honestamente, le deseo que no se obligue a tanto), ojalá que algún día Manuel pueda cumplir el sueño que asegura abrigar para su nueva vida: «Lo que más deseo», ha dicho, «es caminar sobre la hierba». No cambiar de trabajo. No casarse otra vez. No hacerse rico y famoso con su caso ni grabar discos horteras. Simplemente caminar. Tan sólo eso. Nada menos que eso. Sentir sus pies unidos a la tierra. Es difícil imaginar a Manuel realizando ese modesto prodigio, sin que a uno se le llenen los ojos de lágrimas.

Cuando pienso en Manuel (una garza atrapada en un gigante) y en sus días inmóviles, me pregunto si todos los que damos un paseo cada día nos damos cuenta de nuestra fortuna. Y si de verdad nos la merecemos.