2006-10-07
Teología y violencia
Teología y violencia
Andrés Neuman


Vaya por delante que el actual señor Papa no me despierta ninguna simpatía, ya que muchos recordamos su ortodoxo desempeño a la cabeza de ese foro censor que dio en llamarse Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyas implacables condenas de los preservativos o del amor homosexual solían rebosar un anticuado dogmatismo y, muy probablemente, ni siquiera reflejaban el sentir general de los feligreses del mundo. Al menos no de los que viven en ‘este’ mundo, que son la mayoría, y que llevan mucho tiempo comprendiendo (y ejerciendo) conductas todavía condenadas por el poder vaticano. Vaya también por delante la falta de tacto diplomático del actual señor Papa, quien (en contraste con su mediático y astuto antecesor) se refirió públicamente al Islam en el peor momento posible, a sabiendas de la enorme repercusión que tendrían sus palabras. En último lugar, tampoco estaría de más señalar que, si se trataba de indagar en las raíces de las tradiciones religiosas de Oriente y Occidente para estudiar el vínculo entre razón y fe, lo honesto habría sido citar también (y refutar) a algún antiguo teólogo católico de la Contrarreforma o de la Inquisición, en justo reconocimiento de que todas las religiones han incurrido en atropellos y violencias en algún momento de su historia. O, como señalaba José Antonio Pérez Tapias en un excelente artículo, habría sido muy oportuno que Su Santidad aludiese por ejemplo a Averroes: aquel pensador nacido en Córdoba (esa misma Córdoba del siglo XII que Aznar considera española), que tanto reflexionó sobre las relaciones entre razón filosófica y fe religiosa, que tanto influyó en el pensamiento cristiano posterior, y que bien hubiera podido servir de puente simbólico para el deseable diálogo interreligioso que proponía Ratzinger.

Ahora bien, una vez manifestada con sinceridad mi opinión personal sobre la figura del actual señor Papa, lo cierto es que menos todavía puedo entender las reacciones extremistas que generó su discurso en Ratisbona. Si alguien insinúa (o insinúa sin querer) que en ciertos ámbitos musulmanes se fomenta la violencia irracional en nombre de la religión, y al día siguiente unos individuos se dan por injuriados y deciden protestar quemando iglesias, profiriendo cruentas amenazas o asesinando a monjas, esos actos de fanática protesta terminan confirmando trágicamente dichas declaraciones. Los musulmanes que se sintieron ofendidos o malinterpretados por el discurso papal de Ratisbona tenían, qué duda cabe, todo el derecho a expresar su malestar y desacuerdo. Pero esgrimiendo las únicas y pacíficas armas que empleó el Pontífice: la palabras y las ideas, nos gusten más o menos. Quemar un templo, sea del credo que sea, por el motivo que sea, resulta inaceptable, retrógrado y aberrante.

Soy el primero en irritarse ante las generalizaciones etnocéntricas en las que suelen incurrir a diario nuestros medios de comunicación occidentales, socavando y deformando la imagen de las culturas que nos son extrañas. Hace años que el mundo musulmán viene siendo el blanco favorito de inaceptables maniobras militares, interesadas políticas exteriores y catastróficas guerras preventivas. Pero esta injusta realidad no debería debilitar una convicción igual de necesaria: así como no podemos imponerle colonialmente nuestro sistema a determinados países árabes, tampoco nadie puede pretender que, dentro de nuestros respectivos territorios nacionales y jurídicos, se actúe conforme al Islam (o conforme a lo que algunos dicen que dice el Islam). En nuestro imperfecto, discutible mundo occidental, la libertad de expresión pública es una de las pocas conquistas de las que todos nos sentimos orgullosos. Y eso naturalmente incluye al actual señor Papa, que tal vez se equivocó en su discurso y que tenía derecho a darlo.