2006-09-23
Diario de una anoréxica (Pasarela Cibeles)
ANDRÉS NEUMAN



Que no me vengan ahora con esto. Por favor, no. Ellos me obligaron a hacerlo. A bajar, y a bajar, y a bajar más de peso hasta sentirme de aire, de agua, de nada. Me decían: «¡estás cada vez más mona!, ¡se te ve espléndida!», y me entregaban un trapito tan estrecho que no le habría entrado ni a una niña de doce años. Y yo me lo ponía, contenía la respiración y caminaba muy tiesa, sonriendo como una princesa. Al volver a los camerinos, me quitaba el trapito y vomitaba. No me gusta que la ropa me ahogue, pensaba entonces, y a lo mejor bajando otros 500 gramitos… Ellos me hicieron así, o mejor dicho me deshicieron así. Así que ahora no pueden expulsarme.

No entiendo que ahora digan que yo soy la apestada. Esta peste la inventaron ellos. ¿18 de masa corporal? No me hagan reír. ¿Cuál es la diferencia entre 18 y 17,5? ¿Es que a las chicas con 18 les asoman las costillas menos que a las que nos hemos quedado en 17? ¿Es que tienen más pecho? ¿Más muslos, más caderas? Las de la pasarela somos casi todas idénticas, así que una de dos: o nos despiden a todas a la vez y dejan que nos tiremos por el balcón, o se hacen responsables de las chicas que han formado y no nos quitan el trabajo. Porque, ¿qué pasa si la medida se extiende por toda Europa? ¿Qué pasa si de pronto ya no quieren más flacas? ¿Qué haríamos entonces? ¿O los jefes se creen que cambiar de peso es como cambiar de peinado? No, ojalá lo fuera, pero no. Cuando llegas a un punto, ya no adelgazas para esto o lo otro: adelgazas porque sí, porque tienes que adelgazar, porque todavía estás un pelín gorda, porque estás a punto de conseguirlo, basta con no almorzar y evitar los dulces y prohibirse las grasas y tomar muchos líquidos y pasar de vez en cuando por el cuarto de baño.

18 de masa, dicen. Pues qué bien, mira por dónde: cuando llegué a mi primer desfile, yo tenía 22. ¡Ay, 22! Y hasta usaba un 90 (95 según la marca) de sostén. Algún día voy a contar lo que me dijeron los organizadores cuando me vieron así, «tan lozana», como decía mi madre. Y la cara que ponían los agentes. Y las quejas de muchos diseñadores. Y los «consejos» (así los llamaban ellos) que me dieron todos para «progresar como modelo». Y yo me porté bien. Obedecí. Hice todo lo que me aconsejaron. Y la cosa fue bien dos o tres años. Después, para ser sincera, empezó a complicarse. Fuera de la pasarela, digo. No me encontraba cómoda. Me sentía insegura. Lloraba a todas horas. Me mareaba. Me veía fea, gorda, inútil. Pero en los desfiles me iba bien, de eso no me podía quejar. Mi caché estaba subiendo. Y ya tenía dos agentes: uno para España, otro para Europa.

Lo raro entonces era que, cuanto más guapa me veían los jefes, peor me iba sintiendo yo en casa. Tuve un novio o dos, pero con los viajes fue imposible. Bueno, con los viajes y con lo otro: los ataques repentinos de euforia o de tristeza, los encierros en el baño, el cansancio continuo, el ayuno cuando salíamos a cenar, la pérdida de deseo físico. Es normal: cuanto estás en guerra contra el cuerpo, los cuerpos de los otros te producen espanto, te recuerdan el tuyo. No digo que yo no haya cometido errores, porque los cometí y era muy joven. Cada uno, su parte. Yo me dejé humillar. No tuve en cuenta la salud ni lo de ser un ejemplo para las niñas, de acuerdo, todo eso. Y no soy ninguna tonta, así que ya lo sé. Pero, ¿y la parte de ellos? ¿A cuántos organizadores, a cuántos modistos han expulsado? ¿Por qué nosotras somos el problema, si no damos las órdenes? ¿O es que ya no valgo? ¿O es que ya no soy guapa? ¿O es que mis piernas kilométricas ya no son lo que eran? En fin, lo que yo quiero es una explicación. Creo que voy a vomitar.