2006-09-09
Mosca digital
Mosca digital
Andrés Neuman


Estaba yo tan tranquilo navegando por Internet, esa manera tan cómoda de simular que uno conoce mundo. Estaba yo leyendo las noticias en la prensa española y después en la argentina y después en la francesa y finalmente en la norteamericana, me encontraba tan contento de sentirme globalmente informado y requeteinformado, tan satisfecho de hacer clic en el planeta entero con mi dedito índice, cuando de pronto la vi.

La vi clavada allí, a un costado del monitor, casi invisible. Sin hacer el menor movimiento. Diminuta, tonta e inquietante. Poquita cosa. Plana, negra. Una mosca en mi pantalla. Al principio no estuve seguro de si la mosca pertenecía al diseño de la página del periódico (¡estos diseñadores de ahora!) o si se trababa de un insecto real, con sus alitas leves y sus antenas vibrantes y su sistema nervioso y todos sus circuitos en miniatura. Mi primera reacción, la reacción instintiva de cualquier ciudadano digital de nuestros días, fue pulsar el ratón para ver si la mosca se abría. Hice clic, esperé un rato y no sucedió nada. Probé a hacer doble clic, porque estas cosas tienen su ciencia, pero allí seguía el insecto tan campante.

Como no soy de los que se rinden al primer fracaso, me fui al panel de configuración de mi sistema operativo y modifiqué las preferencias para que se pudieran ver los archivos ocultos. Sospeché que la mosca podía esconder alguna carpeta oculta o un tráiler de Alatriste o quién sabe si un abono para el próximo concierto cancelable de los Rolling Stones, que en paz reposen. También podía ser un virus de última generación, pero más que una mosca puede un panda, y para eso tengo yo un antivirus recién instalado y un cortafuegos divino y un montón de fe en el progreso. Pero oh decepción, oh enigma, allí seguía la mosca.

Sin atreverme a tocarla, lo siguiente que hice fue mover el ratón de un lado a otro para ver si la mosca se daba por aludida. La rodeé con mi flecha, dibujé ochos a su alrededor, la apunté con el vértice del puntero, pero nada de nada. Si a mí los insectos voladores me dan miedo, mucho más pánico me da que no se muevan, porque entonces me parece que me miran de reojo y preparan un ataque por sorpresa. Aquello empezaba a parecer una cuestión personal. Un conflicto diplomático. Una guerra fría. Pensé en apagar el ordenador y huir a la calle, pero descarté el plan porque caí en la cuenta de que, con la pantalla oscuras, la mosca podría camuflarse mejor y le perdería la pista definitivamente. Por un momento tuve un acceso de nostalgia y eché de menos los tiempos de las máquinas de escribir, cuando todos vivíamos menos informados e igual de despistados que ahora.

En mitad de la incertidumbre oí que sonaba el móvil y me levanté a atenderlo. La llamada era para una encuesta sobre mi grado de satisfacción con mi conexión a Internet. Les contesté que en general no tenía queja, pero que no estaría mal que hicieran algo con las moscas. La encuestadora me explicó que esa clase de incidencias no eran responsabilidad de su departamento y me deseó muy buenas tardes. Entonces, cuando volví a sentarme frente al ordenador, me llevé un sobresalto mayúsculo: ya no se veían ni rastros del insecto. Me sentí fugazmente aliviado, hasta que de repente reparé en lo que había en la pantalla, justo debajo de donde se había posado la mosca: era el titular de una noticia sobre el programa nuclear de Irán y las medidas de seguridad que prepara la OTAN, guardiana de nuestros días.

Desde entonces continúo mi búsqueda. Consulto el Google a cada rato y guardo un bote de aerosol entre los discos vírgenes. No sé dónde andará la mosca últimamente. Llevo un tiempo sin saber de ella, aunque no me fío. A lo mejor se haya muerto. O puede que ahora viva por detrás de mi oreja.