2006-07-29
Pez extranjero (Líbano, guerras y playas)
ANDRÉS NEUMAN



En mitad de las lanzas del calor y de las bombas de Israel, que con su intolerable política militar parece empeñado en clamar por la seguridad de sus propios civiles aplastando a los civiles ajenos, y en seguir fomentando de paso el antisemitismo todavía latente en todo el mundo... Mientras algunos se afanan en discutir si Zapatero hizo bien en aceptar un sencillo pañuelo palestino, y mientras otros confunden la defensa de los muy legítimos derechos del Estado de Israel con no querer llamar a las cosas por su nombre (hace un par de días leí en alguna parte que el Gobierno israelí no estaba excediéndose inmoralmente en sus represalias, sino tan sólo haciendo una «exhibición tecnológica»: como si en lugar de una guerra estuviéramos hablando de la Expo Jerusalén 2006)... Mientras el fragor bélico de un lado del mundo se mezcla al otro lado con nuestra pereza veraniega, hubo una pequeña y hermosa noticia que pasó fugazmente entre los dientes de la actualidad. Una historia tan casual como significativa que ocurrió hace unos días en las playa de San Juan, Alicante.

En la concurrida playa de San Juan, una niña de siete años llamada Lucía jugaba en la orilla del mar cuando inesperadamente recibió una potente mordedura en la mano izquierda, que le quedó medio deshecha: un pez golfar, especie que acostumbra atacar a otros peces más pequeños, la había confundido con una de sus presas. El pez golfar es una criatura no muy grande, aunque voraz y depredadora. Las explicaciones oficiales apuntan a que el pez golfar (que no sé si provendrá del Golfo Pérsico o del Golfo de Aqaba, al sur de Israel) pudo equivocarse de víctima a causa de la espuma removida por la mano de la niña. El caso es que soltó la dentellada sin dudarlo, y Lucía acabó ingresada en el Hospital General de Alicante. Las versiones oficiales del Gobierno israelí se parecen bastante a las de este accidente: la humareda nos nublaba la visión, los objetivos se movían, las presas no eran esas, no quisimos atacar a aquellos niños.

Entre el pasmo horrorizado de los padres de Lucía y la indiferencia del resto de bañistas, tan sólo una persona acertó a reaccionar inmediatamente: un inmigrante africano que vendía pareos bajo el sol militar del mediodía. El oscuro vendedor de pareos vio el ataque, soltó su cargamento, echó a correr hacia la niña, la sacó del agua y se la llevó a toda velocidad al puesto de socorro. Tras su modesta y providencial intervención, el inmigrante se dio a la fuga sin esperar siquiera a recibir el agradecimiento de los padres de Lucía. Lógico: este casual benefactor africano, el discreto vendedor de pareos, era uno de los muchos inmigrantes ilegales que llegan en cardúmenes a nuestras costas, y tenía miedo de que lo detuvieran. En cuanto a los veraneantes de la playa de San Juan, parece ser que se dedicaron a ejercer plenamente el derecho al descanso de los ciudadanos legales: muchos no vieron el accidente de la niña, otros no supieron qué hacer, y otros se dedicaron a mirar. «En una hora punta como las 13.30», declaró el padre de la niña, el africano anónimo fue «el único en socorrerla». Es importante subrayar la procedencia del salvador ambulante, porque eso es lo primero que hacen las noticias cuando algún extranjero comete un delito.

El alcalde de Alicante salió a dar una rueda de prensa para tranquilizar a la población, e insistió en que lo sucedido era una desgracia aislada. No sé si en sus planes inmediatos entrará localizar al vendedor de pareos para legalizarlo. O para deportarlo a su país. Ya se sabe que la civilización tiene sus reglas y sus métodos de pesca. Mientras tanto los herederos de Sharon, que pertenecen a la especie carnívora de los Bush, se mueven por los conflictos bélicos como pez golfar en el agua. Este verano los mares de Oriente siguen tiñéndose de rojo, de víctimas erradas, de dentelladas desiguales. No quisiera pensar que Europa se comporta igual que los plácidos bañistas de la playa.