2006-07-22
Lady Lennon y los escarabajos
Lady Lennon y otros escarabajos
Andrés Neuman

Esta semana se celebró en Almería el primer curso de verano español dedicado a los Beatles en un contexto académico. Organizado por la Universidad de Almería y su Ayuntamiento, y felizmente auspiciado por diversas instituciones, este encuentro ha sido la enésima prueba de que alta cultura y cultura popular pueden enriquecerse mutuamente. Y de que aquellos benditos Escarabajos, tan lejanos y tan próximos, siguen más frescos que la Coca–Cola.

Fue emocionante comprobar cómo la edad de los numerosos asistentes al curso iba desde los ilusionados, curiosos 15 años de dos muchachas hasta los resistentes, hermosos 82 años de Juan Carrión, un viejo profesor de inglés que supo ser a su modo tan moderno como su tocayo Lennon. El encuentro tuvo de todo: fantásticos conciertos, conferencias sobre armonía, letras, didáctica o cultura pop, coloquios, relatos, mucho entusiasmo y –como broche icónico– la visita de Cynthia Lennon, primera esposa del autor de ‘Strawberry Fields’, aquella joya compuesta en el 66 durante la estancia de John en Almería para rodar una extraña película antibélica de Richard Lester, ‘Cómo gané la guerra’. No en vano hoy existe, y funciona a toda música, una asociación llamada John Lennon Almería Forever.

Los dos invitados estrella fueron la viuda primigenia de Lennon y el mencionado profesor Juan Carrión. Don Juan (que a su avanzada edad detesta que lo llamen ‘don’) fue sin duda uno de los primeros profesores del mundo en utilizar las canciones de los Beatles para enseñar inglés a sus alumnos, lo cual comenzó a hacer en plena beatlemanía y en una época en la que España no era precisamente un país moderno ni conectado con la cultura pop. Fue una delicia escuchar a este señor elegante, católico y beatlemaníaco narrar su breve encuentro con Lennon en Almería, cuando fue a visitarlo para pedirle que rellenase los huecos de las letras que el mismo don Juan iba transcribiendo como podía cada vez que escuchaba una canción en Radio Luxemburgo. El profesor Carrión llegó tarde a la cita y Lennon, que lo esperaba jugando al fútbol con un amigo, lo recibió con amabilidad y completó a mano las letras. Imagino que Lennon quedaría gratamente sorprendido al recordar a sus sádicos profesores de Liverpool (que lo castigaban y le pegaban con una regla en los dedos para que no tocara la guitarra) y al ver cómo una década más tarde, en la España franquista, un modesto profesor de Cartagena aprovechaba sus canciones como material didáctico. Durante los años siguientes, en un gesto de nobleza tan sólo comparable a sus ataques de ira, Lennon continuaría mandándole a don Juan sus nuevos discos y partituras firmadas.

Cynthia Lennon es una mujer serena, jovial en sus modales y con una mirada directa y suavemente irónica. Nada más saludarla, uno comprende que la señora Lennon está de regreso de todas las leyendas. Sin dejar de ser cálida con los desconocidos que se le acercan, ella mantiene una media distancia saludable, como si ya hubiera visto la película cientos de veces y sólo aspirase a viajar en paz y a disfrutar de una vejez amable, lo más reconciliada posible con su agitada memoria. Gracias a la generosidad de los organizadores, pude colarme en la cena de bienvenida a Cynthia Lennon. Tuve ocasión de sentarme frente a ella y de acompañarla a fumar en la puerta del restaurante, cosa que ella no dejó de hacer entre plato y plato, protestando jocosamente por las leyes antitabaco importadas –según decía– de Estados Unidos y de su odiado Bush. Más que una mujer culta, me pareció una mujer despierta y sabia que había sobrevivido a una gigantesca montaña rusa. Una señora interesante, algo abrumada por una popularidad que sabe que no le pertenece a ella, dispuesta a eludir con buen gusto cualquier sensacionalismo y que –para mi sorpresa– aún parece conservar una íntima ternura hacia el recuerdo de su díscolo y no muy enamorado marido.

En sus recientes memorias, tituladas simplemente ‘John’, Cynthia Lennon mantiene esa misma actitud conciliadora, no se queja demasiado de las trapisondas de su genial y neurótico ex esposo, y hasta se permite incluir unas cuantas viejas fotos de Yoko junto a su hijo Julian en plan familia feliz. Durante el coloquio de la mañana siguiente, alguien le preguntó si no creía que había sido demasiado benevolente con John en su libro. Ella tomó aire, ensayó una sonrisa paciente y contestó: «En ese caso, tendré que escribir otro». Hubo risas, y todos festejamos ese destello de humor británico. Mientras la escuchaba hablar sobre los Beatles y sus carreras, tuve la extraña (y al mismo tiempo lógica) sensación de que, en realidad, Cynthia Lennon sabe mucho menos sobre ellos que cualquier fan de hoy en día: a ella jamás le ha hecho falta estudiar a fondo su historia, e incluso es posible que haya procurado evitarlo para mantener la cordura. Por eso había algo enternecedor y paradójico en la avidez con que todos atendíamos a sus palabras, como si en ellas residiera alguna verdad secreta acerca de los Beatles: ese inigualable grupo cuyos discos, estoy seguro, Lady Lennon ha tenido la sensatez de no escuchar demasiado.