2006-06-24
Florentino y la galaxia (la caída del Madrid)
ANDRÉS NEUMAN



En mitad de la euforia mundialista (y en vísperas, ojalá, de que el sufrido Granada CF ascienda) va librándose mientras otro espectáculo futbolístico menos edificante: la campaña electoral para la presidencia del Real Madrid, que está durando más que la del Estatuto de Cataluña. A una semana de las elecciones madridistas, las numerosas candidaturas continúan discutiendo acerca de la imparcialidad del club ante el proceso, desconfiando de la junta electoral (que parece apoyar a uno de ellos, el pez gordo Villar Mir), tratando de impugnar el sufragio por correo y hasta reclamando la presencia de peritos calígrafos. Pido disculpas a los lectores culés y a las lectoras saturadas de balón, pero me gustaría referirme al celebérrimo presidente que originó la actual confusión merengue.

No sé a ustedes, pero a mí desde un principio Florentino Pérez me cayó fatal. Su cara de cura adinerado, sus modales de ministro y sus respuestas siempre evasivas y demagógicas me despertaban un recelo natural. Esa mezcla de seguridad cósmica y humildad impostada me resultaba irritante, demasiado política. Ciertamente, al contratar a Valdano como director deportivo en contra de las preferencias de sus compañeros y amiguitos del antiguo Gobierno del PP, Pérez demostró cierta independencia de criterio. Sin embargo, no menos cierto es que Valdano, Camacho, Del Bosque o Sacchi se marcharon del club más o menos quemados y con la misma sensación de que sus opiniones eran continuamente desatendidas por el poder omnímodo del señor presidente.

Digámoslo claramente: el Real Madrid, que desde hacía años era un club ahogado por las deudas, se saneó de repente gracias a un pelotazo urbanístico de proporciones ‘galácticas’ encabezado por Florentino y ejecutado por Gallardón; maniobra económica que a muchos hinchas del Madrid nos causó una ambivalente mezcla de alivio y profunda vergüenza ajena. Esa fue la piedra angular que permitió la modernización de las estructuras del club, su giro rimbombante en la política de fichajes y, por decirlo así, su definitiva globalización. El mayor mérito de Florentino Pérez era también su faceta más peligrosa: sus contactos directos con el más alto poder político y empresarial lo convertían en una figura que podía atraer los máximos beneficios institucionales para el club, pero también en alguien muy propenso a confundir el fútbol con la política y el madridismo con una campaña de evangelización de masas. Que fue lo que, por desgracia, terminó haciendo Pérez.

Recuerdo el día en que escuché al señor Pérez decir, en uno de sus múltiples discursos, mítines u homilías, que toda España debía sentirse orgullosa del Madrid, y que todo español de bien debía alegrarse por sus triunfos porque el club era un patrimonio de todo el país. Eran otros tiempos, claro: el club aún no se había convertido en esa perfecta máquina de perder que es ahora. Pero lo preocupante era que por entonces ganábamos, y la proverbial prepotencia madridista se encontraba en su apogeo. A mi gusto, Pérez resultaba simbólicamente nocivo en la medida en que, por debajo de su innegable capacidad emprendedora y su sofisticación organizativa, encarnaba la quintaesencia del Madrid más anticuado: la identificación entre españolidad y madridismo, entre competencia deportiva y unidad nacional. ¿Pero por qué demonios un hincha del Barça iba a tener que sentirse orgulloso de que el Madrid le ganase una Champions? ¿Qué sentido tenía pedirle a un aficionado atlético que, en nombre de no sé qué absoluto hispánico, aplaudiera los triunfos de su eterno rival? En este sentido, las buenas maneras de Pérez eran una fachada: su discurso sereno y su voz pausada pronunciaban un discurso dogmático, cerrado, sacralizante.

El estilo de Pérez (máxima mesura en las formas y máxima soberbia en el fondo) llegó a su paroxismo al renunciar intempestivamente a la presidencia del club en plena temporada, con títulos aún en juego y en un momento de particular inestabilidad. En lugar de ser honesto y decir: hasta aquí he llegado, señores, estoy cansado de tanto lío y ya no puedo más, el galáctico presidente recurrió una vez más al paternalismo: se iba de pronto, sí, pero sólo por el bien del equipo; se marchaba sin avisar antes de concluir la temporada, pero lo hacía por pura estrategia, para que el club despertase. Sus poco verosímiles explicaciones no incluyeron apenas análisis autocríticos (el club llevaba tres temporadas sin ganar ni la Copa del Rey y había tenido tres entrenadores en dos años) y sí una extraña conclusión: su único error había sido ‘malcriar’ a sus jugadores y no haber sabido ‘enseñarles’ a mantener la ilusión. Uno pensaba que la disciplina deportiva y la motivación de los jugadores era cuestión del entrenador (de alguno de los cinco que tuvo Florentino), pero el presidente nos hizo ver que estábamos equivocados: eso también era función suya. Dicho de otra manera, los entrenadores que contrató pintaban poquísimo.

Preguntado hace unos días por las elecciones del club, el señor Pérez, ya más repuesto, tuvo el cinismo de declarar que si se presentara hoy seguramente ganaría. Pero que no pensaba hacerlo porque no le parecía el momento y tenía otros planes. Menos mal, muchas gracias, y que le vaya bonito. Le peor de todo es que le creo: si Florentino se presentara, ganaría de nuevo. Y eso ya no es culpa suya. Sino, como casi siempre, de los silenciosos electores.