2003-02-29
No bombardeéis los símbolos
No bombardeéis los símbolos
Andrés Neuman


Oponerse a la guerra, oponerse a este desesperante trámite de una guerra en la que no se sabe a ciencia cierta quién es el agresor y quién el agredido, no significa renunciar a otra clase de batallas que se libran sin pólvora cada día que el sol se asoma a nuestro mundo (al menos, mientras no le disparen). La paz es una bellísima palabra, pero hay quienes desearían que la confundiésemos con el silencio o con el absentismo: por la paz también se lucha. Sin armas, con el alma.

El alma secreta de la batalla a la que me refiero es la palabra. Porque, guste o no, hace falta pelear por el sentido de las palabras, disputarse de nuevo sus connotaciones, ganarles a quienes buscan oscurecer los límites entre un símbolo y otro. De hecho, en ciertos frentes hace tiempo que la causa está perdida. Así como por ejemplo el PSOE ha conseguido adueñarse en España de la noble bandera del socialismo (hoy se los llama, simplemente, socialistas), o así como el PP ha sido capaz de hacer veloces malabarismos con sus dos manos derechas hasta lograr que el público no supiese dónde está en realidad el centro, de igual manera ahora nos encontramos ante una invasión ilegítima del territorio de palabras necesarias como desarme, paz, acuerdo... No les basta, parece, con bombardear al pueblo de Afganistán, Bagdad o de donde les plazca; además tienen que hacerlo en nombre de esos símbolos que en realidad vulneran. Enemigos del verbo, de la cultura humana.

No sé si han advertido que son precisamente los detractores de Bush los únicos que hablan de bombardeo, guerra, invasión, muerte. Porque, lo que es Aznar y compañía bélica, ellos se llenan la boca de consenso, paz, seguridad... Unos se atreven a nombrar la destrucción, porque conocen el auténtico sentido de las terribles palabras que invocan; otros prefieren utilizar banderas ajenas, porque nunca han entendido su significado profundo. Pero, aunque no lo entiendan, los sicarios del petróleo saben muy bien que, además de aviones, bombas, soldados y dinero, necesitan palabras. Con los símbolos, insisto, también se hace una guerra, o se defiende el derecho a seguir vivos. Bajo la tierra, el mundo está lleno de cadáveres y de metáforas caídas. Los símbolos no nacen después de los hechos, sino que están ahí, en su mismo origen. Nos sólo nos ayudan a explicar lo que sentimos o pensamos, sino que en cierto modo contribuyen a fundar esos sentimientos y reflexiones. Cuando sentimos la tristeza irreparable de la ausencia de un ser querido, solemos vestirnos de negro, le cedemos al color más oscuro la palabra de nuestra alma; cuando algunas mujeres argentinas sufrieron unas muertes distintas, unas ausencias atroces que requerían un nuevo símbolo, se anudaron un pañuelo blanco en la cabeza: así, todavía hoy, identificamos a las Madres de Plaza de Mayo.

Pues hete aquí que los desalmados (esto es, los sin alma) han intentado esquilmar también el tesoro simbólico de la poesía mística. Hemos sabido hace poco que las tropas estadounidenses piden sólo una cosa: “la noche más oscura”. ¿Reclaman los soldados a nuestro San Juan de la Cruz, aguardan tal vez un encuentro con la persona amada o con la divinidad? No: simplemente esperan la negrura para atacar mejor, para matar con éxito. Es tal la violencia emocional que produce esta apropiación de una palabra, noche, cuyos mundos simbólicos han nutrido a tantos artistas, que hasta el propio Almodóvar (un director que no se caracteriza por rodar películas lo que se dice críticas) aludió al atropello durante la entrega de los premios del cine británico. Invocó el director manchego una noche con luna llena, una madrugada plena de luz para oponerse, metafóricamente hablando, a las urgencias bélicas del ejército de Bush, el príncipe de las tinieblas. Creo que dio en la tecla.

Por todo eso era, es, y me temo que seguirá siendo necesario manifestarse de todas las maneras posibles. Valen pegatinas, música, sentadas, manifiestos, suspiros, poemas, dibujos, opiniones. La única condición sería respetar el fondo noble de las palabras que empleemos, cuidar de su sentido, intentar ser dignos de su significado. Me hace daño físico que Bush, Aznar o Berlusconi hablen de ley o de justicia, tanto como me daña que haya terroristas que, no conformes con matar por su cuenta, pretendan hacer cómplice de sus asesinatos nada menos que a la libertad. Ni unos, ni otros. No. Devolvednos el lenguaje; no os lo merecéis. Las tropas de esos líderes podrán encontrarse, en efecto, “con ansias”, y supongo que también esperan “salir sin ser notadas” cuando ataquen. Pero nunca, nunca lo harán “en amores inflamadas”. La diferencia es sólo medio verso, pero vale su peso en vida.