2006-06-10
Crimen y papeles (inmigración en Alemania, y II)
ANDRÉS NEUMAN

Mientras dure el Mundial, hay que esconder a los nazis. Esa, dicen, es la consigna que recorre los servicios de seguridad y comunicación del Gobierno alemán. En la Alemania posterior a la segunda guerra, la xenofobia ha estado oficialmente tan proscrita como el nazismo. Parte de la política exterior de este país ha consistido en pedir disculpas (con razón) desde hace más de medio siglo, hasta el punto de que hoy continúa sin querer pronunciarse sobre las actuaciones militares de Israel. Tanta prevención es comprensible, pero a la vez genera contradicciones: del mismo modo en que, como antigua exterminadora de los judíos, Alemania no se sintió autorizada para denunciar los comportamientos denunciables de Sharon, tampoco parece dispuesta a enfrentarse a la evidencia de que ella también, como otros muchos países, alberga a grupos nazis.

Como ya habíamos señalado, la paradoja de esta insistencia en el arrepentimiento histórico es que puede alimentar el rencor de los sectores más nacionalistas. Los simpatizantes de la xenofobia en Alemania no son demasiados en términos estadísticos: en las últimas elecciones federales, la extrema derecha obtuvo menos del 2% de los votos. Con todo, esta cifra equivale a un millón de personas que, desde hace algunos años, parece añorar ciertas monstruosidades del pasado. Pero la precaución de los gobiernos alemanes ha sido tanta que, más que combatir la difusión de las antiguas ideas nacionalsocialistas, parece haber decretado su inexistencia. Quizá se trate de la repetición de un proceso que W. G. Sebald describió con hiriente lucidez en su ‘Historia natural de la destrucción’. Para levantarse del desastre nazi, explica Sebald, el Estado alemán y sus ciudadanos se sometieron a una especie de terapia nacional que pasaba por la aniquilación simbólica de todo pasado oscuro para emprender la construcción de un futuro brillante. Como si la destrucción del país tras la guerra no hubiera sido "el final de una aberración colectiva, sino el primer peldaño de una eficaz reconstrucción". Tanto fue el olvido forzado, dice Sebald, que la población civil alemana (incluyendo la que no apoyó a Hitler) no se creyó con derecho a lamentarse por la aniquilación de sus vidas y hogares, ni a sentirse también víctimas de la guerra. Llevado a su extremo, este borrón y cuenta nueva pudo conducir al país a la negación de su historia inmediata y sus influencias en la realidad presente. Puede que algo similar haya operado en el silencio que las autoridades alemanas han guardado sobre el voto xenófobo o las crecientes agresiones a inmigrantes. Como si, cerrando dolorosamente los ojos, se repitieran: eso aquí ya no pasa.

Otro tipo de amnesia y de violencia contra los inmigrantes es la que acaba de tener lugar en la frontera de EE.UU. con México. Estados Unidos, tierra de oportunidades, el país que se hizo grande gracias a sus extranjeros, está ahora gobernado por un vaquero demagógico que no duda en ordenar la movilización de diez mil soldados para reforzar la patrulla fronteriza y frenar la inmigración clandestina. Obviamente, en toda frontera debe haber controles: lejos de mí pregonar ingenuas utopías. Pero cuando un Estado poderoso y organizado como los EE. UU. recurre a su ejército para hacer labores policiales (ejército que se halla bajo mínimos a causa de la invasión de Irak), es que algo falla. Y lo que falla no son sólo las leyes o los controles, sino algo más profundo: si pese a los riesgos y la vigilancia tanta gente intenta cruzar las fronteras, es porque en sus países no tienen ni siquiera las migajas de la riqueza ajena. ¿Cuánto destina USA a la cooperación para el desarrollo? Menos que nadie. ¿Cuánto destinan los países más generosos? Ni siquiera el mísero 0,7 prometido hace años. En vez de darles vueltas a las leyes o llamar al ejército, bien harían los países ricos en comprometerse con el desarrollo real de esos países cuya materias primas esquilman y adonde trasladan sus industrias para multiplicar sus beneficios. La inmigración ilegal es directamente proporcional a los abismos económicos entre países colonizadores y países usufructuados. Y esto vale lo mismo para las espaldas tiroteadas en la frontera con México que para los africanos que se juegan la vida en el mar para acceder a España, y de aquí a Europa entera.

¿Y las mafias? Por supuesto, son una calamidad por combatir. Pero habría menos si se emprendieran más campañas de regularización: un extranjero que pueda aspirar a un trabajo legal difícilmente se jugaría la vida o se pondría en manos de los traficantes de personas. El otro día Acebes vinculó perversamente la delincuencia organizada con la avalancha de inmigrantes. Lo curioso es que también criticó la política de regularización. Pero, legalizados y con trabajo (esos trabajos que pocos españoles quieren hacer), muchos inmigrantes desesperados no delinquirían, dejarían sin clientes a las mafias y además estarían controlados. "España es el país más fácil para las mafias", declaró Rajoy, que últimamente vive en estado de emergencia permanente. ¿Lo dirá por su experiencia reciente en el Ministerio de Interior, cargo que también ocupó Acebes? Si tienen dudas, que se fijen en el hispano–brasileño Marcos Senna, que hará en la Selección lo que otros jugadores españoles más exquisitos no quieren hacer. Y a por ellos, oé.