2006-05-27
Crimen y papeles (inmigración en Alemania, I)
ANDRÉS NEUMAN



La semana pasada en Potsdam, muy cerca de la multiétnica Berlín, una banda xenófoba dejó en coma a un alemán de origen etíope. Casi al mismo tiempo, al salir de su coche, el diputado germano–kurdo Gyasettin Sayan sufrió los insultos racistas y la posterior agresión de dos jóvenes descerebrados que terminaron mandándolo al hospital con importantes heridas en la cabeza. Cabe subrayar que estos ataques tan salvajes como imbéciles suelen ser perpetrados por individuos jóvenes, cuando no adolescentes. De lo que se deduce no que la juventud sea proclive a la violencia, sino más bien proclive a la amnesia: cuanto más lejos nos quedan ciertas tragedias, más fácil se vuelve que repitamos los errores que condujeron a ellas. Puede que sea un tópico insistir en la importancia de la educación histórica; pero, por alguna razón no precisamente casual, en las bandas neonazis o las manifestaciones fascistas es raro ver a hombres de edad mediana. (Y, aunque se trate de una cuestión distinta, también sería interesante preguntarse por qué en esos grupos tampoco se ven mujeres.)

Estos incidentes han puesto en guardia al Gobierno alemán, que se dispone a enseñar la mejor cara del país con vistas al inicio del Mundial de fútbol. Campeonato para el que, valga recordarlo, Alemania presenta un equipo con numerosos jugadores negros o de apellidos nada germánicos. Exactamente igual que sucedió con Francia, que (mientras se recupera de las batallas campales en los barrios inmigrantes) suspira de nostalgia por aquel maravilloso equipo que conquistó como local el Mundial 98 y que estaba lleno de estrellas de origen africano. Cuando estuve en Berlín el verano pasado, coincidiendo con una serie de partidos de la selección alemana, me llamó la atención la actitud que mostraban en los bares los aficionados turcos: a pesar de llevar bastante tiempo en el país, o acaso por eso mismo, iban con cualquier conjunto que se enfrentase a Alemania. En los últimos cincuenta años, Alemania ha hecho un verdadero esfuerzo por corregir su historia y cambiar su imagen. Cualquiera que visite la capital alemana se quedará impresionado con la memoria viva de la Segunda Guerra y del holocausto judío, y con la actitud de contrición pública que aún mantiene el Gobierno. La paradoja es que esta actitud culpable puede generar también minoritarios pero radicales rencores nacionalistas.

Uwe Karsten Heye, representante de la iniciativa antixenófoba ‘Mostrar la cara’ y ex portavoz del Gobierno alemán, ha admitido que hay estaciones de tren y ciudades en Brandemburgo adonde él no iría con otro color de piel; un parlamentario de origen indio se apresuró a darle la razón. Estos días de conflictos raciales he recordado la película ‘El hundimiento’, extraordinario retrato de Hitler, de la obediencia que se disfraza de inocencia, y de los profundos efectos morales del totalitarismo. Quizás el momento álgido de la película sea cuando el dictador y la monstruosamente dócil Eva Braun contraen matrimonio poco antes de suicidarse. Cumpliendo con su labor oficial, el funcionario que los casa le pregunta a Hitler si es de raza aria pura y le pide los documentos pertinentes. "Señor", interviene entonces un oficial, "¡está usted hablando con el Führer!". Lo mejor de la escena es que, aunque la ceremonia queda formalizada, Hitler no llega nunca a mostrar sus papeles.

El mestizaje armónico no es un asunto fácil; la memoria justa tampoco. El Estado alemán nacionalsocialista, un poco a la manera de la España de 1492, se fundó negando la realidad de su identidad compleja para construir otra identidad uniforme y recortada que vinculase a la nación con una religión y una casta. Si durante el nazismo Alemania se amputó brutalmente una parte de sí misma, negando de esta forma sus raíces no germánicas, puede que la transformación democrática del país haya tenido que hacerse a costa del proceso contrario: negando cualquier síntoma de nacionalismo emergente, decidiendo por decreto que en Alemania ya no podían caber las exclusiones raciales, aunque las hubiera. El jefe del Gobierno brandemburgués, Matthias Platzeck, ha reconocido que el país había "minimizado e incluso negado el problema, temiendo que si hablábamos dañaríamos nuestra imagen". Tras el tránsito de negaciones opuestas que fue para Alemania el siglo XX, hoy la sociedad alemana, por fortuna diversa y quizá desconcertada, tiene un laberinto en la memoria. De la sinceridad con que sea capaz de mirarse a la cara y reconocer sus cicatrices dependerá buena parte de su identidad futura.