2006-05-13
Nobleza for sale

Nobleza for sale
Andrés Neuman

La nobleza británica, oh my Lord, no es la que era. Ni siquiera para los escándalos, lo cual a los plebeyos nos ofende: como ciudadano normal, lo mínimo que uno espera de un conde verdadero o de un príncipe como Dios manda es que esconda secretos terribles. Hace cuatro siglos, por ejemplo, la extraña reina María de Escocia fue coronada siendo un bebé, se casó con seis años, emigró, regresó, conspiró para matar a su marido, se fugó con su amante, fue encarcelada por su propia prima Elizabeth y más tarde ejecutada por ella. El trono pasaría a su hijo James, quien nunca llegó a conocerla pero que, por supuesto, colmó de honores su memoria y le hizo un lugar en la sagrada abadía londinense de Westminster. ¡Eso era linaje, y no los devaneos de Carlitos con Camila!

En la actual Europa, que de tan posmoderna ha conseguido ser ultraburguesa y monárquica a la vez, la nobleza ha tenido que transformar su anacrónica esencia para subsistir. Las familias reales más astutas, como la española, se han reconvertido a la política y la diplomacia de Estado para poder seguir jugando algún papel colectivo. Otras, como la inglesa, nadan en el desconcierto precisamente por no haberse decidido a abandonar ciertas tradiciones. Al respecto, especialmente curioso es el caso del clan de los Macleod, la familia más antigua y poderosa de las maravillosas islas Skye, al oeste de Escocia.

Los actuales Macleod tienen tanto abolengo que sus tatarabuelos aún son mencionados en todos los libros de Historia. Dueños de buena parte de las islas, los Macleod han vivido ininterrumpidamente en el mismo castillo durante siglos: hoy se trata de uno de los castillos habitados más antiguos del mundo. Allí sigue residiendo el ‘chief’ del clan número 29, John Macleod de Macleod. Alejada ya de la alta influencia política, la familia ha tenido que reconvertirse al turismo masivo para mantenerse. Al llegar al mítico castillo vivo de Dunvegan, cuyas primeras piedras datan de la Edad Media, lo primero que llama la atención es la relativa precariedad de su fachada, sus burdas cañerías exteriores y los infectos aseos para los turistas. Hay algo ambiguo y triste en caminar por sus vastos jardines, que en las partes más visitadas aún conservan cierta grandeza (una cascada, un puente de madera, minuciosos diseños florales), mientras en las demás empieza a reinar el descuido y la desolación.

Resulta fascinante recorrer las cuatro o cinco estancias del castillo abiertas al público como una atracción histórica, mientras el resto permanece habitado y cerrado a los extraños. En el viejo escritorio el visitante puede hojear una muestra pública de la biblioteca de los Macleod y comprobar que el arte de la diplomacia británica consiste en una mezcla de lucidez, humor negro y cinismo político: libros sobre el catolicismo conviven con autores protestantes, símbolos del nacionalismo escocés, grandes clásicos ingleses, la biografía de Zweig sobre la reina María e incluso un ensayo sobre el nacionalismo indio. Esto no impide que, un par de metros antes, cuelgue una foto de un recio batallón escocés (con faldita y piernas cruzadas) en la ex colonia británica india, ni que por toda la casa haya cuernos de elefante, ni que uno de los ‘chiefs’ pose orgulloso en un antiguo retrato militar frente a unas tiendas de campaña en la India.

La reconversión turística de los Macleod los ha llevado a hacer concesiones que, siendo ofensivas para sus antecesores, paradójicamente se han hecho para mantener viva su dinastía. Así es como el noble castillo de Dunvegan se alquila para bodas: por un precio suponemos que respetable, la feliz pareja puede darse un banquete en el lujoso cenador donde cuelgan, uno por uno, los solemnes retratos de los veintinueve jerarcas del clan. El último retrato, que parece peor que los anteriores, muestra al actual ‘chief’ con impecable atuendo tradicional e insólitamente sentado sobre un radiador. En los alrededores del castillo se alquilan embarcaciones para avistar focas y en los sótanos, además de la típica tienda de souvenirs, puede verse un documental barato (¡en cinta, no en dvd!) presentado por el propio John Macleod, también autor de la guía turística del castillo. Pero quizá lo más inverosímil sean las mazmorras. Haciendo gala de ese extraño humor histórico propio de los británicos, cuando el visitante se acerca a las celdas empieza a oír gemidos, toses y ahogadas peticiones de socorro: es la grabación que, junto a los muñecos que yacen en la fosa, amenizan este siniestro sector del castillo.

Quizás este fenómeno histórico, que podríamos llamar ‘mercadotecnia azul’, sea tan o más fascinante que el propio castillo de Dunvegan, que merece la pena visitar. A la entrada, una suerte de ama de llaves con joroba, sonrisa distinguida y edad incalculable corta los tickets y saluda al visitante. Al salir de las nobles dependencias de los Macleod, uno puede reponerse de la caminata parando en el restaurante situado frente a los jardines. Que es, cabe advertirlo, un vulgar restaurante de comida rápida. Aunque ya se sabe que la sangre azul siempre ha soportado muy bien el colesterol.