2006-05-06
El hombre hipotecado
El hombre hipotecado
Andrés Neuman

Me desperté estremecido por un temblor insólito más abajo del vientre. O eso pensé yo, más abajo del vientre, antes de que una sospecha esperanzada me empujase a despojarme del edredón y mirar lo que cubría. Oh, lo que cubría. Oh, lo que vi entonces: una flaca, preciosa y disponible pierna igualita a la mía, a la que tuve antes de pedir la hipoteca.

Asombrado por mi descubrimiento, corrí hasta el escritorio (miento: fui a la pata coja, ya me entienden) y consulté mis papeles del banco. En ese momento empecé a ver más claro, entendiendo por claro todo lo que se puede ver con medio ojo más intereses ópticos anuales. En efecto, aquella misma mañana acababa de cumplirse otro año exacto de pagos. Di un salto de alegría (con el natural tropiezo derivado de la circunstancia de poseer un solo miembro inferior) y traté de reflexionar. Evidentemente aquello era un progreso, aunque no debía precipitarme. Según mis cálculos renales (que permanecían intactos), me restaban seis años para recuperar la otra pierna, y otros dos años más para completarme el muñón del mismo lado. Era, por así decirlo, un pequeño avance para mi banco pero un gran paso para mí.

Poco después, sin embargo, porque la vida es perra y además te ladra, escuché en la radio una noticia que vino a enturbiar un tanto aquella sensación de plenitud: el euribor había vuelto a subir. Y, según aseguraban los diecisiete expertos reunidos en la tertulia, seguiría subiendo durante el próximo semestre. A mí, a pesar de todo, el euribor me gusta. Además de ser una abstracción fascinante, tiene la virtud de ser el único sustantivo que, acento más o acento menos, rima con ‘estribor’. Y eso, cuando estás por ejemplo en mitad de un soneto sobre el mar y la imaginación tiende a la baja, puede hacerte un servicio incalculable. En términos médicos, por otra parte, es bastante evidente que el euribor es un indicador que guarda estrecha relación con los ácidos úricos. De lo cual se deduce que si usted, lector, se mea en los pantalones cada vez que las tasas suben, no debe preocuparse en absoluto: es un síntoma inocuo y absolutamente normal.

Eludiendo las descripciones inoportunas, confieso que eso fue lo que me sucedió a mí cuando escuché la noticia en Onda Cero Patatero, que emite unos programas estupendos sobre la bolsa y las finanzas. Fue entonces cuando comprendí lo poco que duran las buenas noticias: hacía apenas un rato casi había llorado de felicidad al comprobar que me había hecho acreedor de mi vieja pierna, y poco después ya estaba lamentando la inoportunidad de su reaparición al haberme orinado. Me lavé como pude, me cambié los pantalones (que, había que reconocerlo, al menos con una pierna me quedaban muchísimo mejor) y pedí un taxi porque estaba a punto de llegar tarde al trabajo. El trabajo, no sé si esto lo han leído antes, dignifica al trabajador, armoniza una sociedad y da dolor de espalda. No era mi caso, claro, porque en mi banco las hipotecas de tipo variable te restituyen la columna vertebral cuando el resto de miembros han sido íntegramente abonados.

Tras una estimulante jornada laboral, volví rápido a casa para disfrutar a solas de mi recuperada extremidad. El tacto de la pierna era estable como un tipo fijo y corriente como una cuenta. Era la mía segurísimo, la hubiera reconocido entre un millar. Pensé en llamar a una amiga para celebrarlo juntos, pero luego recordé la cláusula genital del crédito y preferí abstenerme: detesto quedarme a medias. Cené ligero y me acosté enseguida. El descanso fue aceptable. Como cualquier persona hipotecada, di vueltas en la cama hasta quedarme dormido. A lo largo de la noche tuve un sueño feliz: soñé que a la mañana siguiente me despertaba con la otra pierna en su sitio, y que echaba a andar tranquila y desinteresadamente por este pequeño apartamento que cada día me pertenece un pelín más.