2006-04-29
Old Scotch Music
Old Scotch Music
Andrés Neuman

De paso por algunas ciudades escocesas, descubro que no sólo es gris este cielo indeciso, el fornido granito que preside las casas o la moderada gravilla de los jardines, sino también el tiempo. No transcurren igual los minutos tan al norte del mundo, como si la lejanía con el cinturón imaginario del planeta volviera su transcurso indiferente, más a su aire o –como dicen por aquí– más ‘on its own’. Y puede que ese ritmo propio haya tenido incluso consecuencias políticas.

Salvando las distancias que se quiera, igual que Euskadi e Irlanda del Norte suelen asociarse, uno advierte ciertos parecidos entre el nacionalismo escocés y el catalán. Un amigo escocés sostiene en broma que la identidad de su país consiste, más que nada, en no ser inglés. Así como en España se discute hasta qué punto la catalanidad es compatible con la españolidad y cuál va primero, aquí también funcionan códigos de corrección política a la hora de decir ‘británico’, ‘escocés’ o ‘inglés’, según dónde se esté o con quién se hable. La relación entre los hinchas de fútbol escoceses e ingleses recuerda bastante a la que mantienen los aficionados del Barça y del Madrid: mientras los escoceses tienden (en nombre de su diferencia) a apoyar a los equipos que se enfrentan a sus vecinos, los ingleses prefieren (en nombre de la unidad del reino del que ellos son el centro) apoyar condescendientemente a los ‘Scots’.

Detrás de esta actitud renuente (y, todo hay que decirlo, pacífica) hacia el vecino inglés se acumulan siglos de tensiones políticas, reivindicaciones y conflictos bilaterales. Desde 1997, sin embargo, con el regreso de los Laboristas y la celebración del referéndum que decidió por aplastante mayoría la creación de un Parlamento nacional, las relaciones se han distendido notablemente. Entonces se consumó lo que los escoceses llaman la ‘devolución’, es decir, la transferencia de competencias desde el Parlamento británico al escocés. El nuevo Parlamento fue inaugurado por la mismísima reina y funciona con atribuciones plenas, excepto en los asuntos de política exterior, defensa y seguridad nacional. Supongo que más de un miembro de ERC daría su carné del Barça por que algo parecido sucediera aquí. No por casualidad, el edificio del flamante Parlamento le fue encargado en su día al fallecido arquitecto catalán Enric Miralles. ¿Se imaginan al rey Juan Carlos bendiciendo un mega-estatuto para una Cataluña independiente? No, creo que no nos lo imaginamos.

En la coqueta Edimburgo, además de conocer el Parlamento o gozar de su ambiente teatral (toda la ciudad parece, de hecho, un inmenso escenario preparado para que el visitante participe de la obra), tuve ocasión de hacer un recorrido guiado por sus rincones literarios. Impresa en el reverso del ticket, una cita de James Kelman me sonó familiar: "Mi cultura y mi lengua tienen el derecho de existir, y nadie posee la autoridad para rechazarlo".

Rara ciudad es Aberdeen, fea y bonita, triste y alegre. Su barrio antiguo es precioso y tranquilo; sus avenidas, revoltosas y desangeladas. Esta dualidad acaso se remonte a su paradójica economía, que pasó de ser una de las más deprimidas del país a estar entre las más prósperas de toda Gran Bretaña, gracias al descubrimiento y explotación de petróleo en el Mar del Norte desde los años 70. En Aberdeen el tiempo parece hecho de una curiosa mezcla de pereza y prisa. Hoy no hay desocupación ni graves problemas sociales en esta amable ciudad y, sin embargo, debajo de la tierra late un cronómetro: todo el mundo sabe que dentro de veinte años las plantas petrolíferas dejarán de ser productivas. Esa es la amenaza que flota sobre las rubicundas cabezas de sus ciudadanos y que por el momento ellos prefieren ignorar, como ignoran el vuelo de las hostiles gaviotas que, provenientes del puerto, sobrevuelan la ciudad.

Luego de dar una charla en la Universidad de Aberdeen, me quedo conversando con dos alumnas de español; una es protestante y de Edimburgo, y la otra es católica e irlandesa. Este año la irlandesa asiste a un curso sobre historia y cultura del País Vasco. Ella me explica que entre sus amigos está mal visto tener el pasaporte británico, y que los habitantes de su ciudad natal, Londonderry, suelen llamarla ‘Derry’ para evitar que suene tan inglesa. Por su parte, su amiga escocesa afirma que no le importa que la llamen británica, aunque le molesta que los ingleses se llamen a sí mismos ‘ingleses’ y que a los escoceses los denominen ‘británicos’. En un momento de la conversación, les pregunto si cuando escuchan música, por ejemplo a Queen (que eran de Londres) o a los Beatles (que eran de Liverpool), sienten que esos grupos son propios o extranjeros. Entonces ambas se miran, sus caras se iluminan con una sonrisa y responden al unísono: "¡Nuestros!" Son, realmente, dos chicas muy simpáticas. Cuando nos despedimos, vuelvo a casa silbando ‘Nowhere man’.