2006-04-22
Educación vial (la vida en bici)
ANDRÉS NEUMAN



Consciente de que el parlamento autonómico acaba de aprobar por aclamación el Pacto Andaluz por la Bicicleta, el cual declara solemnemente que el uso de estos vehículos es de utilidad pública y merece ser fomentado, y dándose cuenta por tanto de la sincera admiración que dicho transporte despierta entre los altos cargos de la Administración, el señor Ciclo bajó al trastero para desempolvar su bici. El señor Ciclo siempre había deseado usar menos su coche, pero una mezcla de pereza, costumbre y desconfianza le había impedido hasta aquel momento prescindir del suyo. Ahora había llegado el momento de realizar su vieja aspiración, y aquella mañana el señor Ciclo salió de su casa feliz y pedaleando.

Elegir la bici para desplazarse al trabajo –pensaba el señor Ciclo mientras se llenaba los pulmones de monóxido fresco– significa algo más que la saludable disciplina de hacer un poco de ejercicio diario. Ir en bici, además, contribuye a reducir la peligrosa contaminación de nuestras calles y sus insoportables niveles de ruido. Así que en cierta forma –concluyó satisfecho el señor Ciclo, colocándose unos auriculares para evitar que el tráfico le perforase los tímpanos– uno pedalea también para los demás, igual que otros escupen, ensucian o van en moto contra el prójimo.

Al llegar al primer semáforo, la cosa empezó a ponerse incierta. Si nuestro intrépido ciclista se situaba a la derecha, los buses le pitaban por invadir su carril. Cuando se cambiaba a la izquierda, los coches se impacientaban y proferían ciertas opiniones sobre la parentela del señor Ciclo que omitiremos aquí por razones de estilo. Al cabo de doscientos metros, el señor Ciclo comprendió que lo más práctico sería circular justo entre los dos carriles, procurando que los retrovisores de los vehículos que pasaban zumbando a ambos lados no le desestabilizaran el manillar ni su inestable teoría del transporte ecológico.

Al margen de los frenazos constantes, los zigzags suicidas y algún que otro susto, todo marchó razonablemente bien hasta que llegaron las vallas. Dispuestas a lo largo de toda la avenida, las vallas de la obra impedían cualquier maniobra lateral, obligando al señor Ciclo a encajonarse entre los guardabarros de dos automóviles y a rezar para que el vehículo de delante no frenara de repente ni el de atrás acelerase más de lo debido. Al pasar junto a la fosa principal de la obra, que preveía la construcción de una galería comercial de tres plantas, dos aparcamientos públicos de setecientas plazas y un centro de salud subterráneo destinado a la reinserción de los ex fumadores, el señor Ciclo leyó un disco amarillo que decía ‘Circule con precaución’ y, unos metros más adelante, otro disco rojo que rezaba ‘Levántese con rapidez’.

Hecho un saludable manojo de nervios, el señor Ciclo se detuvo frente a las puertas de la oficina, descendió de su bicicleta y sintió un vigorizante escalofrío: no hay nada como jugarse la vida para empezar el día bien despierto. Después de un merodeo infructuoso por los alrededores del edificio, sin hallar un lugar apropiado donde encadenar su vehículo, entró a la oficina con la bicicleta al hombro para fichar a tiempo. Al verlo llegar pálido y con la cabeza entre las ruedas, el portero lo llamó con un silbido y le rogó en voz baja que lo acompañara. Intrigado, el señor Ciclo siguió al portero a través de pasadizos y escaleras hasta llegar a un trastero oscuro y húmedo muy parecido al de su propia casa. Cuando el portero encendió la luz del trastero, el señor Ciclo vio una bicicleta reluciente apretada en un rincón. "Es la mía", confesó el portero, y una discreta lágrima le pedaleó por la mejilla. Entonces los dos hombres se abrazaron largo rato sin saber por qué, y el señor Ciclo supo que ya nunca volvería a ir al trabajo en coche.