2006-04-15
Tercer primer mundo
Tercer primer mundo
Andrés Neuman

Nunca me ha gustado la expresión ‘Tercer Mundo’, porque detrás de su apariencia descriptiva (conjunto de países socioeconómicamente menos desarrollados) anida su esencia cínica (conjunto de países que están en ‘otro’ mundo y con el que no tenemos nada que ver). Cuando digo que esta expresión es perversa, no me refiero a la necesidad de mantener la corrección política y referirnos a África o Latinoamérica con el debido respeto y un pelín de piedad. Sino a que, efectivamente, parecemos haber llegado a pensar que los países más pobres no pertenecen a la misma humanidad que nosotros y que su historia no es la misma que la nuestra sino otra paralela, independiente, tercera en discordia. Pero la realidad es que sólo hay un mundo, uno solo que es este, que es múltiple, contradictorio y está lo suficientemente interrelacionado como para que admitamos que la historia del subdesarrollo de los países pobres no es en absoluto ajena a la historia colonialista de los países poderosos (incluyendo el nuestro) y a sus cadenas de producción.

Del mismo modo, el sospechoso adjetivo ‘tercermundista’ suele aludir a cualquier circunstancia desagradable, injusta o supuestamente impropia de los países del confort, esos que creemos del Primer Mundo y por lo tanto a salvo de los conflictos del Tercero. Sin embargo, este adjetivo es precisamente el que, de haber ocurrido en Venezuela, Bolivia o Marruecos, habríamos aplicado sin dudarlo a lo sucedido en Marbella, en nuestra bonita, soleada y cercana costa.

Lo peor de Marbella no es Marbella, sino sus antecedentes y parientes. Por un lado, hace ya veinte años que España venía consintiendo, fomentando y en algunos casos hasta aplaudiendo los fraudes, atropellos y mafias marbellíes. Por otro lado, no es Marbella un caso aislado ni excepcional, sino tan sólo una hipérbole pintoresca de lo que hoy ocurre en cientos de Ayuntamientos que se dedican a la especulación urbanística, la destrucción del entorno y el lucro irregular. Toda la España bienpensante se hace cruces cada vez que el presidente venezolano aparece en pantalla soltando sus demagogias populistas, a pesar de que Chávez es un líder tan legítimo como Bush y que, a diferencia de este último, ganó las elecciones con holgura, sin extraños cómputos de última hora y con una legión de observadores internacionales. Muchos se escandalizan cuando Chávez hace alguno de sus numeritos de caudillo (hasta cierto punto comprensibles en un país necesitado de reformas radicales, en el que por desgracia escasea la clase media culta y cuyo Gobierno sufre presiones de la oligarquía nacional y las potencias mundiales), pero yo me acuerdo entonces del famoso señor Gil, que no sé si descansa en paz. Y me acuerdo de sus atroces discursos, de sus aclamadas reelecciones en Marbella, de sus redadas de mendigos y de aquel exitoso programa suyo de televisión que tanta gracia nos hacía y en el que vociferaba desde una piscina rodeado de muchachas en bikini al mejor estilo Trujillo.

Casi nadie puso el grito en el cielo ante las bananeras apariciones de Gil, quien no fue un mero personaje público sino un poderoso señor que rigió los destinos de un importante Ayuntamiento y de uno de los clubes más prestigiosos de nuestro país, el cual llegó a ser allanado por la policía e intervenido judicialmente. Con el fallecimiento del señor Gil, se oyeron casi unánimes panegíricos en todos los medios privados y públicos en los que era entrevistado cada dos por tres, así como asombrosas loas a su carácter emprendedor, su humor y su carisma. Pues bien, ¿no trajeron aquellos polvos ‘tercermundistas’ estos lodos no menos lamentables en pleno corazón de nuestra primermundista y pija Costa del Sol, ese lugar donde veranean famosos, ricos e intelectuales?

Viendo las maniobras mafiosas del ex presidente italiano para eludir la cárcel o el asqueroso festival de animales disecados, obras de arte y fajos de billetes debajo del colchón en las mansiones de los muy europeos políticos marbellíes, me pregunto hasta cuándo seguiremos pronunciando sin inmutarnos la palabra ‘tercermundista’ y organizando debates nacionales sobre el humilde jersey a rayas del presidente de Bolivia.