2006-04-01
La botella vacía (sobre el botellón)
ANDRÉS NEUMAN



El problema del botellón, si queremos plantearlo como problema, no es tanto dónde o cómo, sino por qué. En las encuestas ciudadanas o los reportajes de la prensa local son muy frecuentes las preguntas del tipo: ¿el botellón te parece bien o mal?, ¿botellón sí o no? Más esclarecedor sería preguntar: ¿por qué crees realmente que se celebran botellones? Y acaso todavía más revelador sería trasladarles ese interrogante a los propios jóvenes que participan en estas concentraciones etílico–sociales. Tengo la intuición de que, además del precio de las copas, ir con los amigos y otras razones ya conocidas, un alto porcentaje de respuestas sería simple y devastadoramente: No lo sé. Respuesta que, lejos de no decir nada, nos proporcionaría una valiosa pista para entender el fenómeno. Más que con circunstancias externas (tarifas de los locales, falta de espacios alternativos, ausencia de políticas culturales nocturnas, todo ello verdad), pienso que el botellón masivo está relacionado con un vacío interior.

Por supuesto, si las ceremonias de alcoholemia callejera han de seguir celebrándose, es necesario que se hagan en lugares donde no se moleste a nadie y cuidando la higiene, que sigue siendo una de las asignaturas pendientes de nuestra sofisticadísima era virtual. Pero, ya puestos a pensar en soluciones, el botellón merecería un análisis más profundo. Cada vez que una multitud se congrega, conviene averiguar en torno a qué se ha congregado: un mensaje, una música, un placer, una idea, una protesta… ¿En torno a qué se congregaron, por ejemplo, los treinta mil jóvenes que abarrotaron hace unos días en Granada la explanada de la Huerta del Rasillo? Hay distintas contestaciones posibles, pero una de ellas es: en torno a la certeza del vacío, o sea, la certeza de que no tenían nada mejor o distinto que hacer. Como si, plenamente conscientes de su identidad masificada, los botelloneros acudieran a confirmarla con una resignación disfrazada de algarabía. O como si fueran a buscar alguna tenue sensación de pertenencia a una causa colectiva que no encuentran.

Desde una perspectiva despreocupada, podría pensarse que esos jóvenes sólo van a buscar placer y diversión, y que en esa pretensión no hay nada de malo. Pero entonces la pregunta sería: ¿y por qué los jóvenes buscan el placer bebiendo calimocho de pie entre treinta mil desconocidos, sin tener ni dónde mear? ¿Por qué eso y no ir al cine en grupo, o una fiesta privada en alguna casa, o una escapada a la playa, o (¡demonios!) un buen polvo en un sitio tranquilo? ¿Por qué esto cada fin de semana y no otras cosas? ¿Qué hay detrás de esta huida de cualquier intimidad? ¿Qué significa que los jóvenes (y no sólo los jóvenes: también sus padres cuando salen) elijan una muchedumbre sin objetivos concretos, en lugar de los grupos pequeños, los rincones y un plan más definido? ¿Cuánto miedo y cuánta desorientación se disimulan detrás de esas formas de ocio?

Otro factor importante, y complementario a la certeza del vacío, son los medios de comunicación. En la convocatoria para el macrobotellón granadino los mensajes de invitación incidían en el supuesto orgullo de aparecer en la tele, y en el desafío de competir con las cogorzas sevillanas basándose en un razonamiento cuya importancia no debería subestimarse: ‘si ellos son noticia, nosotros también’. Aparecer en la tele. Desafío. Montar el espectáculo. Convertirse en noticia. ¿No nos suena? ¿No hablamos de un código de valores paralelo al de operaciones triunfos, grandes hermanos y reality shows? ¿Y no es eso, al fin y al cabo, lo que el público adulto ve en la tele?
El botellón no es un simple problema de desorden u ocio cívico, sino un fenómeno cultural y un reflejo del costumbrismo mediático que nos rodea. Si la realidad es sólo lo que sale en la tele, si sólo existe aquello de los que nos informen los medios, si la opinión que tenemos es la misma que la del periódico que leamos, entonces no es tan raro que la posibilidad de convertirse de la noche a la mañana en actualidad nacional desate la euforia de treinta mil chicos anónimos. Tal vez en su fuero interno esos jóvenes sientan que la única manera de que la realidad los incluya, de que la actualidad los tenga en cuenta, de que la sociedad les preste atención, es organizándose para hacer bulto y decirnos algo sin decir aparentemente nada.

El botellón es un gran signo de interrogación etílica que se abre y se cierra cada fin de semana en las calles de nuestras ciudades. Espero que las respuestas empiecen a ser un poco más lúcidas que sus ebrios interrogantes.