2006-03-11
Los manifestantes (Francia patas arriba)
ANDRÉS NEUMAN



Francia está patas arriba, o tendida boca arriba como el herido durmiente de Rimbaud. No sé qué dirán ahora los que quisieron hacer pasar los episodios de violencia con los hijos de inmigrantes por una consecuencia de la multiculturalidad: ahora no son ellos los que se levantan. Meses antes, en plena inspección del Comité Olímpico, los camioneros cortaron las carreteras de París en señal de protesta. Camioneros que no eran negros ni mestizos. Pero sí tan franceses como estos.

Lo que está en jaque en Francia es uno de los tesoros que distinguen a Europa de otras potencias: el llamado Estado de Bienestar, que actualmente se encuentra en estado de malestar. Algunos lo denominan Estado de Derecho, cuando lo que quieren decir más bien es Estado de derechas. El crecimiento macroeconómico puede ser beneficioso para un país, pero con demasiada frecuencia esconde la disociación de macro y microeconomía, la distancia sideral e inmoral entre los números rozagantes de la Administración o las grandes empresas por un lado, y los números pequeños, asfixiados e inciertos de los trabajadores de clase media para abajo. Que son (aunque a los demócratas profesionales se les olvide) la mayoría de la población.

El miércoles llegué a París, y tuve suerte de que fuera miércoles porque el martes no habría podido aterrizar a causa de la huelga de los controladores aéreos, que tampoco son magrebíes ni mucho menos comunistas. No me pilló la huelga en el aeropuerto, pero sí en las facultades: esta semana los universitarios del país se manifiestan contra la nueva ley del bienhablado y conservador Villepin, encargado del trabajo sucio que Chirac ya no puede o no se atreve a hacer. La nueva ley, la CPE, reconoce legalmente la explotación juvenil. Con el pretexto de fomentar el empleo, la CPE permite a las empresas pagar a los trabajadores menores de 26 años unos sueldos por debajo del mínimo y despedirlos cuando les dé la gana. Si (según los expertos) la economía de los países ricos suele crecer, si se supone que las democracias occidentales progresan más que retroceden, ¿cómo es posible que ese avance empeore la calidad del trabajo, endeude a las familias y tampoco mejore la situación de los países pobres?

Esta paradoja no la aceptan los cientos de miles de universitarios que se echan a la calle en toda Francia. Al llegar a Rouen, la preciosa y melancólica ciudad gótica donde quemaron a Juana de Arco por ser más guerrera que virgen, encontré la Facultad de Letras prácticamente vallada por los bancos y mesas apiladas en las puertas. De nuevo en París, el taxi en el que iba no pudo llegar al hotel porque las manifestaciones habían cortado las calles y la policía, numerosísima y con cara de estar dispuesta a todo, no dejaba pasar el tráfico. Fue una extraña experiencia completar el trayecto a pie, arrastrando mi cursi maleta de ruedecitas a lo largo del Boulevard Saint Michel, la avenida del edificio principal de la Sorbona y las batallas campales del mayo francés. La Sorbona estaba tomada y rodeada de pancartas. Una joven muchedumbre gritaba, tocaba tambores y hablaba por sus móviles (he ahí una novedad de las manifestaciones contemporáneas: pueden organizarse mejor gracias a las innovaciones de las mismas empresas que en parte las provocan).

Turista casual del levantamiento, mapa en mano como un memo, con más ganas de una ducha que de una revolución, de pronto me dio vergüenza pasar de largo de la marcha de unos manifestantes entre los que, en otras circunstancias, podría haber estado yo mismo. Así que desvié mis ruedecitas, me acerqué a la puerta invadida de la Sorbona y me quedé una hora haciendo bulto, mezclado entre los estudiantes y tratando de entender las letras de sus canciones. Algunos manifestantes repararon en mi equipaje y me sonrieron, creyendo que yo era un activo estudiante que había vuelto de viaje corriendo para estar con sus compañeros. ¿Cómo explicarles que estaba allí sin querer, que era un extranjero que los observaba, que en realidad iba a mi hotel y que además debía, un par de días después, dar una civilizada conferencia sobre el cuento hispanoamericano en la misma universidad que ellos habían ocupado? Viajar es una cosa muy, muy rara.

Mientras me daba la aplazada ducha, pensé que mucho más raro se sentiría un estudiante francés en las manifestaciones españolas. En Francia, las últimas movilizaciones han sido por la precariedad del empleo o la política de inmigración. En España hoy preferimos salir a la calle para protestar por las bodas homosexuales, la palabra ‘nación’ en el Estatut o los intentos del Gobierno de que ETA abandone las armas. ¿Tan solucionado tenemos todo lo demás, que ya sólo nos queda por hacer lo que a Rajoy le molesta? ¿Tan bien estamos aquí? ¿O tanto nos engañamos?