2003-02-15
Copiones de la guerra
Copiones de la guerra
Andrés Neuman



Hace algún tiempo, a medio mundo le dio por discutir acerca de la intertextualidad. Hoy bien podríamos referirnos a una secuela lamentable que nos ha traído la globalización: la interbelicidad. No existe tal palabra, me dirán. Pero déjenme contestar que, en ese caso, es urgente inventarla, porque ya está más que instalada en el léxico secreto de los gobernantes. Hay quien opina que asistimos a una modalidad de guerra nueva y mucho más sutil en sus procedimientos destructores: tecnológicamente, es posible que así sea; pero, en lo que se refiere a su lenguaje, estamos más o menos donde siempre, así que quien se deja engañar por antiguas excusas es porque, en el fondo, quiere que lo engañen. A mediados del siglo XVI, un ilustre antecesor del emperador Bush mandó suprimir la palabra “conquista” de la legislación de las Indias. En su lugar, Carlos V sugirió a los conquistadores la palabra “pacificación”. ¿No les trae recuerdos?

Han pasado cuatro siglos y medio desde entonces. Y, según parece, con todos los avances técnicos que se quieran, los imperios siguen copiándose unos a otros. Me acuerdo de las palabras de Aznar en el Congreso, citando datos grises filtrados por la Casa Blanca: el mundo necesita que alguien lo proteja y, por seguridad, la paz está en la guerra. Ya sospechábamos que Aznar transcribe los discursos de Colin Powell, pero ¿de dónde copiará Powell sus informes? Comenzamos a saberlo: hace un par de semanas, el paradójico servicio de inteligencia británico le facilitó un informe sobre Irak que había copiado, gracias a Internet, de un artículo de Ibrahim Al Marashi, estudiante en California. Días atrás, el astuto secretario de Estado norteamericano había declarado, ante el Consejo de Seguridad de la ONU, que aquel informe doblemente copiado describía con exquisito detalle los engaños iraquíes. Y es que, para exquisiteces, nadie mejor que Powell. De hecho, el Gobierno estadounidense tiene a su gente bien advertida: su servicio de inteligencia asegura poseer informes confidenciales sobre un próximo atentado terrorista. A esto, en aquel país, lo llaman “alerta naranja”. Viendo cómo está el mercado, supongo que, de esta naranja bélica, al menos media se la habrán hurtado a otros.

¿No hay excelentes cítricos en California? Y, para colmo, Al Marashi es un nombre árabe. Mmhh. Sospechoso. A lo mejor este plagiado estudiante haya copiado su artículo de los servicios secretos iraquíes. Y tal vez Irak, como el mismo Aznar insinuó en su extraña intervención en el Congreso, se inspire a su vez en textos confidenciales de Al-Qaeda... De ser así, y fíjense por dónde, nuestro presidente estaría hablando, sin saberlo, por boca de Bin Laden. O de Sadam Hussein, que ahora es novelista y le halagará que lo copien. Nunca se sabe, en fin; el terror es global. Lo ha dicho Bush. Sin ir más lejos, he leído en Internet una encuesta en la que más del 80% de los participantes consideraba a los USA como el país más peligroso para la seguridad mundial. La encuesta la organizaba Time, una revista norteamericana.

El colosal absurdo de los copiones de la guerra no conoce límites. Mientras Francia y Alemania (dos países que saben mucho mejor que España qué significa intervenir en una guerra internacional) intentaban dar ejemplo de lo que debe ser la política exterior de Europa y el compromiso con la opinión de sus ciudadanos, nuestro Gobierno y el británico firmaban una carta en apoyo de la política norteamericana. Sin embargo, la posición oficial de la Unión Europea seguía siendo ni más ni menos que la emitida a finales de enero por todos sus ministros de Exteriores. Justo cuando tenían que copiarse, Aznar y Blair prefirieron ser originales. ¿Alguien puede explicármelo? Chirac, el conservador que derrotó a los socialistas, vive recordándole a Bush que deben desarmar a Irak sin declararle la guerra; a ver si nuestro presidente aprende a ser de centro sin mal gusto. En cuanto a Blair, cuidado: sus votantes se impacientan. Lo veremos pronto.

Según el Washington Post, Bush ha firmado una orden secreta (¿sí?) para que Estados Unidos aprenda a lanzar pronto ataques cibernéticos contra las redes enemigas. De ese modo, sus espías invisibles se introducirían en los sistemas informáticos de otros gobiernos e interrumpirían su funcionamiento cuando lo estimasen conveniente. No muy distinto, al fin y al cabo, es lo que intentó hacer TVE con los resúmenes de la ceremonia de los Goya: cortar la comunicación, interrumpirla, en el punto que el Gobierno estimara menos conveniente para sus intereses. Además del aplauso ciudadano, la presidenta de la Academia y buena parte del gremio de los actores han recibido críticas desde el PP y su entorno. ¿Cómo es posible censurar el sencillo ejercicio de la libertad de expresión al que todo ciudadano tiene derecho, se trate de un actor o de cualquier otro trabajador? En cuanto a que aquellas manifestaciones tuvieran lugar durante un acto público y televisado, es natural que así fuese: en el caso de personas de pública notoriedad, es precisamente entonces cuando las opiniones y el compromiso cívico cobran eficacia. Pretender que cada uno opine lo que quiera en privado, pero se calle en público, es una de las costumbres más antiguas de los gobiernos autoritarios.

¿Qué hacer ante tanta chapuza secreta, tanta mentira oficial y tanta falsificación internacional? Como mínimo, lo mismo que vienen haciendo los actores: saltar al escenario y opinar. Decirle no a la guerra, desde luego; pero también negarse al lenguaje impuesto. Con los símbolos -imágenes, palabras, gestos plásticos- también se hace política. O dejamos que otros nos escriban el guión, o actuamos como ciudadanos. O copiamos las informaciones, como les gusta hacer a los políticos de la interbelicidad, o pensamos y opinamos libremente. Si queremos que siga saliendo el sol, habrá que procurar ganárselo, lunes a lunes. Ojalá nuestro Gobierno abandone de una vez los papeles secundarios. A mí, personalmente, me gustaría pedirle que haga una sola cosa con la ONU: Hable con ella.