2006-02-04
El árbol (urbanismo catastrófico)
ANDRÉS NEUMAN


Iba yo por la calle asfaltadita y cementona de lo más contento, porque a mí las grúas, los andamios y las zanjas me euforizan y me llenan los pulmones de progreso, iba yo encantado de la vida cuando de pronto algo inaudito me sobresaltó llenándome de congoja. Pido disculpas a los lectores si alguien se siente ofendido por lo que voy a decir, pero al fin y al cabo somos adultos y estamos acostumbrados a escuchar obscenidades. Así que ahí va, y que el cielo me perdone: ahí mismo, frente a mí, sin previo aviso ni consulta ciudadana, insolente, altivo, impune, en mitad de la avenida, había un árbol. Sí, como lo oyen.

Al principio pensé que era una broma, que se trataba de alguna manifestación de esos niñatos ecologistas a los que tanto les gusta montar teatrillos, discutir sobre el ozono o preocuparse de las ballenas, o que tal vez era fiesta y el Ayuntamiento lo había instalado allí temporalmente mientras duraran las celebraciones. Pero no, señores míos, nada de eso: me acerqué con prudencia al arbolito, le miré las raíces y tuve que rendirme a la evidencia. Aquella cosa llevaba allí bastante tiempo, y nadie se había dado cuenta. Así va España. Pura negligencia.

Ni corto ni perezoso, llamé a Urbanismo y efectué la correspondiente denuncia. La señorita que me atendió se mostró bastante educada, pero se le notaba que no acababa de creerme. Le juré que era cierto, que en la Avenida Seca, entre el Cubo Desierto y el Centro Comercial Mongópolis había visto un árbol enterito, en pie y sin vigilancia, y que si tenían dudas enviaran al menos una excavadora para comprobarlo ellos mismos. La señorita tomó nota de mi denuncia, me dio las gracias y colgó. Pues bien. Hete aquí que desde entonces han pasado tres días y ni noticias, ni medidas urbanísticas, ni recalificaciones del suelo, ni nada. Ahí sigue el arbolito, campando a sus anchas y a la vista de los niños.

El único recurso que me queda, entonces, es emplear estas nobles páginas antes de que ocurra alguna desgracia. Porque las desgracias son así: las ves venir, las ves venir, y de pronto un día ocurren y todo el mundo se echa la mano a la cartera. Pues bien, que conste en acta: en una de las ramas había un nido. ¡Un nido! Era pequeño, sí, era discreto, pero estas cosas siempre traen consecuencias. Así que ya lo saben. Luego, cuando los polluelos crezcan y se pongan a cantar a voz en grito, no digan que nadie les había avisado.

Vamos a ver si nos enteramos: como todo en esta vida (menos el Real Madrid), el suelo es de quien lo compra, igual que el aire, los ríos y las capas tectónicas. Insinuar lo contrario sería atentar contra la iniciativa privada, que como todo el mundo sabe es lo que alimenta a un país y lo hace crecer. La prueba, sin ir más lejos, está en los empresarios constructores y sus emprendedores compañeros de la política: observen sus barrigas, mírenlas fijamente, y díganme si sus iniciativas privadas no las han alimentado y hecho crecer año a año. Así que ya está bien de remilgos: cada uno en su casa (que para eso están las hipotecas) y la calle, a subasta. Que se fije un precio y a ver qué pasa. Modestamente, yo mismo estoy pensando en comprar una baldosa de la Avenida Seca. ¿Adivinan cuál? ¡Sí, esa misma! Si las autoridades no hacen nada, pienso tomarme la justicia por mi propia mano.

Señor concejal de Urbanismo, en estas entrañables fechas de nieves y reformas quiero darle las gracias en nombre de todos los ciudadanos de bien por seguir siendo tan incansable, expeditivo y rumboso. Nos hace usted felices al salir, inmensamente felices todas las mañanas. Prometo suicidarme por la tarde.