2006-01-21
No fumarás
No fumarás
Andrés Neuman

Han pasado veinte días desde la entrada en vigor de la ley antitabaco: técnicamente hablando, un paquete de días. Días dorados –rubios– para los que detestan el humo, y pesarosos –negros– para quienes gozaban fumando en cualquier parte. Como este tema altera –o mejor dicho enciende– a más de uno, conviene ser comprensivos a la hora de opinar.

Personalmente, estoy a favor del fondo pero no de la forma. Hay dos maneras de contemplar la nueva ley: una es insistir en el ‘anti’, en la prohibición misma, y la otra es hacer hincapié en el ‘pro’, en sus beneficiarios. Como este es un país católico, hemos optado por centrarnos en la prohibición y nos hemos enzarzado en discusiones escolásticas acerca de si el tabaco es malo o digno de perdón, pecaminoso o santo, mortal o venial. Si la normativa se contemplara como un reconocimiento hacia quienes no fuman, me daría por satisfecho: se trata de una ley antitabaco, no de una ley antifumadores. Pero tengo la sensación de que desde uno y otro bando se ha tergiversado fanáticamente su sentido. Claro que la campaña gubernamental tampoco ha contribuido demasiado a su esclarecimiento.

Unas semanas antes del comienzo de la ley, el Ministerio difundió un lema que me pareció significativamente errado. Al final del anuncio, una voz paternal y con ínfulas de Pepito Grillo les susurraba a los fumadores discrepantes algo así como: "en el fondo, sabes que es por tu bien". Esta búsqueda de la mala conciencia puede ser eficaz con los arrepentidos, pero también una irritante provocación para los fumadores sin complejos, pues es tanto como decirles: como no sabes cuidar de ti mismo ni tomar tus propias decisiones, tendremos que ayudarte y protegerte de tus vicios. Por muchas advertencias que se publiquen, cada cual dispone de su salud como le parece y sigue los hábitos que le dé la gana, sean o no perjudiciales. No es tanto la salud del fumador adulto y consciente lo que la norma protege, como la de los millones de ciudadanos que no tienen la culpa de que otros fumen. Por eso pienso que la estrategia del Gobierno debería haberse centrado en una sola idea: la del respeto al otro.

Lo verdaderamente pedagógico de la ley es su factor de consideración hacia el prójimo, ese valor cuya ausencia nos induce a mear en la calle como si fuera nuestra, dar gritos de madrugada porque si estoy de fiesta todos tienen que aguantarse, o aparcar en doble fila y que el de detrás se fastidie. A la ley del tabaco debiera importarle un rábano si fumar es malo, como sin duda es malo beber más de dos cubatas, tomar demasiado el sol o hincharse de churros. La cuestión es otra: mis pulmones son míos (y mi estómago, y mi polla); pero los pulmones ajenos son sagrados y no tengo derecho a importunarlos, ni a llenar de humo la cara o la ropa de quienes no quieren que lo haga. Que el debate público no se haya centrado en este sencillo aspecto dice mucho del estado de nuestra convivencia. Y, si me apuran, es toda una radiografía política.

La intolerancia no se mide por los cigarrillos que uno consuma. Se puede ser intolerante fumando y no fumando. Algunos fumadores cínicos, en lugar de hacer autocrítica y aceptar que su impunidad en los lugares compartidos debía acabarse, han preferido consolarse inventando una épica: ahora fumar es militar en el placer y en el prestigioso bando de los perseguidos, y no hacerlo es puritano e inquisitorial. Tampoco falta el listillo que objeta: ¿y el humo de los coches qué?, como si el cigarrillo fuese un medio de transporte colectivo o una fuente de energía. Por otra parte, algunos no fumadores histéricos han aprovechado para vengarse redoblando su vigilancia o estigmatizando moralmente el tabaquismo. Espero que jamás lleguemos a la demencia de esos países donde te miran mal no por fumar donde esté prohibido, sino por ser fumador.

Mirado con optimismo, quienes sufrían por el humo tendrán al fin la posibilidad de elegir un lugar despejado si así lo desean. Los demás seguirán fumando en los locales permisivos que, no nos engañemos, son y serán mayoría. Y los grupos mixtos, cuando salgan, podrán ejercitarse en la democrática costumbre de decidir por mayoría o incluso de alternar los lugares, un día con y otro sin humo. ¿Llegaremos a entendernos? ¿Cumplirán la normativa los locales de más de cien metros? Qué incertidumbre. Me muero por un cigarrillo.