2005-11-27
Dudas panhispánicas (acerca del diccionario, y II)
ANDRÉS NEUMAN



Hablábamos de las dificultades que entraña modificar la grafía de palabras extranjeras de uso corriente en nuestra lengua, reformas que pueden provocar un flash (o un ‘flas’, o las dos cosas) en la enceguecida ortografía de los hablantes. Ahora bien, el flamante ‘Diccionario panhispánico de dudas’ contiene numerosas decisiones oportunas y acertadas. Por poner un ejemplo, en muchos países latinoamericanos jamás se ha escrito (ni pronunciado) la tilde de ‘vídeo’, esa misma que tan natural resulta para los españoles. Ante esta disyuntiva, vistas las opiniones de las distintas academias, se ha acordado aceptar tanto ‘vídeo’ como ‘video’ pues, tras varias décadas de uso, en los países donde se emplea una variante resultaría casi imposible implantar la otra por decreto.

El diccionario panhispánico resuelve con buen juicio multitud de casos conflictivos. Uno no puede más que agradecer a los lingüistas tantos años de paciencia para unificar el criterio respecto a grafías superfluas y siempre dudosas como la de ‘glamour’ (que pierde con toda lógica la ‘o’ afrancesada para quedarse en un nítido ‘glamur’ que suena exactamente igual), para fijar de manera definitiva la ortografía de palabras como ‘escáner’, o para transportar a la música de nuestro idioma términos tan prescindibles como el omnipresente ‘e–mail’, el rimbombante ‘overbooking’ o el impronunciable ‘attachment’. Para el primero valdrá ‘correo electrónico’ y también, si echamos de menos el abreviado ‘mail’ inglés, siempre podremos limitarnos a decir ‘correo’ y dejar que el contexto aclare lo demás. Para la segunda palabra, tan incómoda para la fonética castellana, el diccionario nos ofrece la precisa ‘sobreventa’. Para la tercera, ojalá prospere la opción lógica de ‘adjunto’ (que es la que está imponiéndose) o la variante ‘anexo’, no menos latina.

La búsqueda de equivalencias autóctonas para las palabrejas relacionadas con la informática obedece a un desfase que ya era hora de mitigar: el contraste entre el formidable despliegue histórico, cultural y estético de nuestra lengua, y su peligroso retraso en incorporarse a las costumbres de los usuarios hispanohablantes de las nuevas tecnologías. Esta tendencia modernizadora (que nada tiene que ver con una pérdida de raíces y sí con un verdadero acto de amor a la lengua, pues cuando un idioma no sirve para nombrar el presente comienza a agonizar) se advertía ya en la última edición del diccionario académico, que incluía y adaptaba una lista de términos informáticos que circulaban sin matrícula por las autopistas de nuestro idioma. La pureza lingüística no existe en términos absolutos, como no existen la poesía pura o el amor puro, es decir, concebidos al margen del resto de las cosas, de la vida cotidiana y sus continuas transformaciones.

El escritor ítalo–argentino Rodolfo Wilcock, en su extraño libro ‘La sinagoga de los iconoclastas’, imaginó un diccionario capaz de ser leído de cabo a rabo, como una novela léxica cuyo argumento avanzase con cada nueva entrada. Así actúa también una lengua atenta. Por eso no coincido con los apocalípticos cuando afirman que por culpa de Internet (que, a propósito, ha de escribirse con mayúscula y sin artículo) hoy se redacta peor que nunca. Más allá de esta discutible convicción, que omite cómo las nuevas generaciones han vuelto a dedicarse a las relaciones escritas como no ocurría desde hacía décadas, si dicho diagnóstico fuera cierto, el problema estaría en la escuela y no en la informática. La Red del futuro no será más que un reflejo de lo que en la escuela aprendan sus usuarios, incluyendo desde luego su capacidad de selección y lectura rápida, aptitudes indispensables para navegar sin naufragios en este mar de información que nos anega (o, dicho sea en honor del signo @, que nos tiene arrobados). En este sentido, sería indispensable que los medios de comunicación se comprometieran a asumir las sugerencias académicas en sus criterios de redacción: hoy en día la mitad de la cátedra, para mal o para bien, la imparten ellos. Por eso ninguna política educativa debería darle la espalda a la sociedad mediática, sino intentar aprovecharla como material pedagógico.