2005-11-20
Dudas panhispánicas (acerca del diccionario, I)
ANDRÉS NEUMAN



La publicación del ‘Diccionario panhispánico de dudas’, ansiosamente esperada durante años, constituye un acontecimiento digno de buenas lenguas y mejores celebraciones. Son muchos los motivos por los que urgía un libro de estas características, que partiera del tesoro común de nuestro idioma y ordenara sus riquezas sin partir de antiguas jerarquías nacionales: una especie de mapa sin centro, capaz de orientar al hablante curioso por los ramificados caminos de esta lengua que hablamos y nos habla, y por su caleidoscópica realidad. (¿O deberíamos decir ‘calidoscópica’? Menos mal que hay diccionarios.)

Cualquier iniciativa panhispánica ha de empezar aceptando que la irreductible diversidad de nuestra lengua anida incluso en su nombre, que oscila entre llamarse español y castellano en función de una combinación de factores que van del centralismo al regionalismo o de la expansión multinacional a la reacción anticolonial, según dónde nos situemos. Pero, precisamente a causa de esta compleja multiplicidad, se hacía cada vez más necesario un proyecto común como el monumental ‘Diccionario de dudas’, fruto del encomiable esfuerzo conjunto de todas las academias nacionales a un lado y otro del Atlántico. La incuestionable utilidad de esta obra es tanto conceptual (unirse en las similitudes, más que disputar por las diferencias) como práctica (evitar la lenta balcanización gramatical de un idioma que emplean veintitantos países). Conviene tomarse muy en serio el potencial cultural y humano de la que es de hecho, y puesto que no parece que el resto del planeta vaya a ponerse a aprender chino mandarín, la segunda lengua del mundo.

Dicho lo cual, creo que vale la pena examinar algunos aspectos de este imprescindible diccionario panhispánico. Por poner un ejemplo, tengo mis serias dudas (nunca mejor dicho) acerca de la obstinación con que las academias proponen equivalencias hispánicas a cuanto vocablo de origen extranjero sale de nuestras bocas y plumas. La intención es loable, pero demasiadas veces el resultado es aparatoso y su funcionalidad, escasa. Se me hace inverosímil que alguien piense que dejaremos de decir ‘blog’ para proferir ‘ciberbitácora’, vocablo (¿o vocablog?) poco económico y de una considerable cacofonía. Prueben a pronunciarlo: ciberbitácora. Ay, qué lío de labios. Algo parecido me sucede con propuestas como la de sustituir el cotidiano, específico y arraigado ‘thriller’ por perífrasis como ‘película o novela de suspense’. La cual, además de fatigosa, recurre a un vocablo poco unánime como ‘suspense’, que tiene en Latinoamérica la extendida variante de ‘suspenso’. Como solía decir don Quijote, que tan natural y fluida prosa gastaba, suspenso se queda uno ante semejantes escorzos. ¿O debería haber escrito Don Quijote, con mayúscula? Menos mal que hay diccionarios de dudas.

Podrían citarse otros ejemplos, como la recomendación de evitar, en el ámbito de la economía, la sintética fórmula ‘stock options’ por las más extensas y bifurcadas ‘opciones sobre existencias’ u ‘opciones sobre reservas’, según el caso. O como la propuesta, a estas alturas de la costumbre, de abandonar el ‘footing’ o el ‘jogging’ (que más que simples esnobismos son ya vocablos impregnados de connotaciones geográficas, económicas, sociales y hasta irónicas) por el aséptico ‘aerobismo’, que suena a ciencia física y que a mí, no sé a ustedes, me parece un ejercicio lingüístico anaeróbico. Es decir, que me deja con la lengua afuera. Pienso que las batallas concretas por determinados extranjerismos frecuentes están perdidas de antemano. Y que, por muy castizas que suenen algunas fórmulas alternativas, resultaría más realista y provechoso poner el acento en la educación del gusto, el reforzamiento del sentido común y el refinamiento del oído a la hora de emplear los vocablos, sean de origen extranjero o de acuñación autóctona.

Quizás la clave esté en buscar la elegancia, la exactitud y la suavidad en el decir (tal como sugerían los gramáticos renacentistas del castellano), independientemente del pasaporte de las palabras que empleamos. De lo contrario, podríamos llegar al malentendido de considerarnos respetuosos con la lengua por soltarle a un amigo, tan castellanamente, joyitas como esta: "Es una película de suspense corriente, pero ha batido marcas de taquilla. Está basada en un superventas. La actriz parece más joven, ¿se habrá hecho un estiramiento? Pura mercadotecnia… Aunque siempre es mejor que quedarse en casa viendo un programa de sucesos o que salir a hacer aerobismo". Si un amigo me dijera algo así, más que seguir su consejo e ir al cine, me iría corriendo a buscarle un psicólogo.

Tampoco creo que sea necesario desprestigiar el uso de palabras similares a ‘filme’, palabra de origen inglés que ha generado numerosos derivados hispánicos como filmoteca, filmografía, filmación o filmar; cosa que una bella palabra de étimo latino como ‘película’ no ha conseguido. Si un anglicismo ha dado muestras de validez como raíz o lexema en nuestra lengua, ¿por qué no iba a ser un sustantivo tan digno y prioritario como el que más? La evolución de un extranjerismo y su capacidad de adaptación y creación en la lengua de acogida siempre es un misterio: lo que se dice un ‘thriller’ lingüístico.

Por lo demás, no estoy seguro de que la mejor forma de hispanizar nombres como Bangladesh sea escribiendo ‘Bangladés’, pues esta grafía parece provenir de un hábito de pronunciación sobre todo propio de España, y que es el mismo que provoca que un hablante español tenga dificultades para pronunciar palabras inglesas como ‘flash’, ‘show’ o ‘shower’, mientras que un hablante chileno, argentino o colombiano suele articularlas con facilidad. Puestos a aceptar ‘Bangladés’, habría que empezar a escribir ‘sóu’ cuando nos refiramos a un espectáculo, o ‘esmás’ cuando hablemos de un golpe de tenis. En definitiva, temo que revisar la ortografía de ciertos extranjerismos ya muy incorporados a nuestra habla cotidiana nos conduzca a… un ‘soc’ nervioso. Y continuamos la semana que viene. ¿‘Oquéi’?