2005-11-13
Carta a un bebé real
Carta a un bebé real
Andrés Neuman


Querida criatura: me imagino que tú también estarás hasta las naricillas de que, cada vez que tu madre insiste en que eres un bebé tan real como los otros, la gente piense que se refiere a la hija de doña Letizia. No. Tú y yo sabemos que, por cesárea que hubiera, el parto meritorio fue el de tu mamá. Porque tú eres milagrosamente real, Gerard querido, y pesaste tres kilos y cuatrocientos gramos de realidad cuando viniste al mundo gracias a un embrión adoptado que llevaba congelado siete años. ¿No te parece una noticia?

Sí, Gerard, niño real, escucha: parece que has sido el primer bebé de la historia en suceder de esta forma. Ya sé que, cuando tu madre dice eso, los vecinos creen que habla de la sucesión monárquica. Paciencia. Pero eso, a ti y a mi, plim. Lo importante es celebrar que hace justo dos meses que te asomaste al mundo (raro mundo, ¿eh?) y que hace justo un año desde que el Instituto Marqués comenzó su programa de adopción de embriones en Barcelona. Esto sí que será una auténtica sucesión: sucesión de alumbramientos y vidas que nos permitirán alegrar un poco nuestra maltrecha tasa de natalidad, detener el envejecimiento de la población y hacer felices a muchas parejas infértiles.

Como me imagino que te interesa tu nacimiento, quizá te hayas preguntado si llevan algún tipo de control en el Instituto. Pues claro que sí, Gerard. En el centro Marqués, según me he enterado, atienden a mujeres menores de cuarenta y cinco años, sanas física y psíquicamente como tu madre, que quieran convertirse en receptoras de embriones congelados. No sé si te habrán contado que se lió una buena con los cambios en la Ley de Reproducción Asistida que hizo el actual Gobierno (para que te hagas una idea, te resumo: últimamente el asunto va de que el Gobierno intenta cambiar las cosas y los otros se escandalizan y montan un follón para intentar que todo siga igual). Ahora son las propias parejas en tratamiento de reproducción asistida las que pueden decidir el destino de los embriones sobrantes. En tu caso, parece que la pareja que te concibió en primera instancia estuvo de acuerdo en que tu madre recibiera tu embrión, ya que tanto lo deseaba: luego, en la tele, ella contó que el parto había ido muy bien y que al bebé lo había considerado suyo desde el principio. Encima, tal como aprenderás pronto, tu mamá se llama Eva. ¡No me digas que no encaja todo como en un cuento!

Ya sé que las cosas importantes como estas, cosas como la vida, la muerte, las guerras o las dictaduras, algunos prefieren dejarlas en manos de Dios, y que Él se las apañe. Ya lo irás viendo cuando crezcas: utilizan a Dios continuamente para no asumir sus responsabilidades terrenales o para justificar toda clase de atropellos humanos. Tú, tranquilo. Tú cree en lo que quieras y en quien quieras, y pórtate lo mejor posible. En el caso de los embriones que quedaban almacenados en los bancos de las clínicas, aparte de destinarlos a la investigación, se decidió que era justo incluir algunos en un programa de adopción. He escuchado a la doctora López Teijón (la ginecóloga que impulsó el programa de donaciones) decir que las mujeres que siguen este proceso llegan a la clínica sin preocuparse por cuestiones de raza o sexo, que van "con mentalidad de adoptar, saben que son embriones abandonados y no piden ningún dato sobre ellos". Pues oye, a mí me parece bonito que el destino esté sólo escrito a medias. Y que el amor de madre no sea meramente biológico, sino también psíquico, voluntario, emocional y práctico. Y que ese amor no sea como feudal, sino que vaya creciendo con la vida. Al fin y al cabo, hay familias de sangre que se pegan, se odian y hasta se matan. Por eso me gusta pensar que el amor, el de madre y cualquiera, se hace más que nace. Lo contrario que un rey.

Me he enterado, Gerard, de que tienes dos hermanos genéticos, que son los niños que tuvieron tus progenitores originales tras seguir el tratamiento de fecundación, del cual quedaron tres embriones vacantes: uno de ellos se convirtió en ti. Pero no te hagas ilusiones, porque es virtualmente imposible que llegues a cruzarte por la calle con tus hermanos genéticos. La asignación de embriones prevé que nunca coincidan las comunidades autónomas, y a veces ni el país. Así se evitan los encuentros extraños o incluso (¿te imaginas qué mala pata?) las consanguineidades casuales. De todas formas, querido bebé, te sorprendería saber que durante muchos años algunas dinastías (como la borbónica) casaban entre sí a los familiares para preservar la sangre. Qué cosas, ¿verdad? Pero a ti y a mí, plim. Tú también eres un pionero. Tú también vas a cambiar la sociedad en que vivimos. Así que puedes estar orgulloso de tu casta.

A propósito de la importancia de las castas, acabo de recordar lo que dijo un reportero en la puerta de la clínica donde doña Letizia acababa de alumbrar a Leonor, tu compi de generación. El reportero dijo: "aquí el número de periodistas duplica al número de ciudadanos". Y eso, querido Gerard, me dejó pensando: ¿de verdad a la gente le preocupa tanto la corona? ¿No habrá muchos hasta la coronilla? ¿Y si la presión de los medios y la imposición oficial fuesen mucho mayores que el verdadero interés de los ciudadanos? No me hagas mucho caso, a veces desvarío como un abuelito. Y por cierto, ¿sabías que hace poco descubrieron que, en vez de los 80.000 genes que se calculaba, el genoma humano tiene apenas 30.000? Nuestros genes no son numerosos, sino activos e inteligentes. Eso pasa con las estadísticas, que se fijan en las cantidades y no en las calidades, en los números y no en las razones. Eso pasa también en las escuelas (ya verás), donde el caudal de información importa más que su sentido, y donde las páginas de teoría y apuntes suelen estar por encima de la comprensión y la práctica.

Pero no quiero seguir agobiándote con cosas de mayores, querido niño. Además, como irás viendo, algunos encuentran más dignos de preocupación a los seres nonatos que a los nacidos que cada día mueren de hambre, enfermedad o guerras. Quiero pensar que las personas reales como tú, mi buen Gerard, lo haréis mejor cuando el mundo sea vuestro. Mientras tanto, descansa y dale un beso a tus padres. Adiós, Gerard. Y suerte.