2005-10-23
La fórmula del uno (Fernando Alonso y otras patrias)
ANDRÉS NEUMAN



Aunque en los últimos años había visto algunas carreras suyas y desde el principio me había impresionado como piloto, Fernando Alonso terminó de convencerme como personaje el día en que, inmediatamente después de proclamarse campeón del mundo, el muchacho se bajó del coche y –con menos arrogancia que sinceridad– dijo que aquel triunfo se lo dedicaba a los únicos que lo habían apoyado siempre: sus padres, su familia. Esta sencilla declaración podría haber sonado a tópico, si no fuera porque hoy en día los grandes deportistas acostumbran dedicar sus victorias a cosas tan abstractas como "la gente", "la afición" o incluso a países enteros, como si fueran líderes políticos o estadistas, en lugar de jóvenes voluntariosos que han visto cumplidas sus vocaciones personales. Lo más chocante es que esos mismos ídolos aparentemente tan identificados con una región o una nación, en cuanto son requeridos para opinar sobre cuestiones colectivas, huyen de la ocasión y se apresuran a señalar que son simples deportistas.

Obviamente, Alonso estará encantado con que millones de personas sigan cada Gran Premio en el que participa. Pero, no nos engañemos, todos vemos sus carreras porque Alonso gana, y no al revés. Si él hubiese sido ya no digamos un perdedor, sino tan sólo un buen piloto, los mismos que ahora rugen y enloquecen habrían cambiado de cadena con un bostezo de indiferencia. Otro tanto sucede con sus patrocinadores, que en su día no quisieron invertir en su talento y hoy lo exhiben hasta el tedio. Por eso el muchacho, tímido y a la vez intrépido, en vez de darse a la demagogia prefirió fabricarse un rincón de intimidad y saludar a los únicos incondicionales que ha tenido y tendrá en la vida. Luego vino lo de las banderitas al viento, lo de Asturias patria querida, las gracias a la afición y lo demás. Y bien estuvo. Pero eso ya formaba parte del show de masas. Una cosa es jugar debidamente al juego, y otra distinta es vender sentimientos. Que es lo que hace –entre muchos otros– el presidente del Barça, que además de colocar pancartas a favor del Estatut durante un partido o de manifestarse como si fuera el abanderado del sentir popular catalán, no dudó en incluir en la directiva a un cuñado suyo que era miembro de la Fundación Nacional Francisco Franco.

Así como los deportes de equipo plantean una ecuación social donde los intereses individuales deben armonizarse con las necesidades colectivas (por ejemplo: cómo encajar el lúdico y egoísta talento de Ronaldo dentro del orden táctico y las leyes defensivas del Real Madrid), los deportes individuales actualizan las metáforas románticas. Es sobre todo entonces cuando hablamos de hazañas, de Fulanito contra el mundo o de conquistas épicas. Los deportes solitarios, en definitiva, son los que más recurren a los héroes y a los ejemplos de superación. Se trata de la Fórmula del Uno: de la búsqueda constante del superhéroe que nos represente y guíe. De esta forma, un musculoso chaval ha pasado a encarnar nuestra proverbial furia (Nadal el Indómito), igual que antes un señor representó la caprichosa inventiva hispánica (Severiano el Genial) o un fortachón de pueblo nos confirmó que la humildad era uno de nuestros patrimonios (Induráin el Bueno). Dentro de este esquema de identificaciones, en ese cruce entre deporte e ideología, por lo visto a Fernando Alonso le ha tocado simbolizar los supuestos nuevos valores de la juventud española, más eficiente, competitiva, preparada y ‘jasp’ que nunca.

Como no es el interesado quien elige estas funciones, sino que es el sistema mediático quien señala al personaje según sus conveniencias, al aludido sólo le queda lidiar con su máscara como mejor sepa. Por eso me simpatiza la leve antipatía de Alonso, su actitud algo esquiva, que se parece a la reticencia de quien ha detectado pronto el rol grandilocuente que le han asignado y procura sobrellevarlo con la máxima discreción posible y el mínimo mal gusto. Supongo que pensando en ese papel de Joven Moderno que triunfa en el sofisticado e hipertecnológico mundo de la Fórmula Uno, el jurado del Príncipe de Asturias decidió otorgarle un prestigioso galardón que, aunque Alonso haya merecido en términos anuales, no ha venido a premiar como de costumbre toda una trayectoria o una carrera madura (entre los candidatos estaban campeones retirados como Carlos Sainz o Ángel Nieto) sino más bien una imagen, una obsesión de actualidad.

Casualmente, este año la entrega de los premios se ha confundido con las extrañas conmemoraciones de la batalla de Trafalgar. Más allá de que, en lo personal, toda conmemoración nacional en clave militar me incomode, pienso que organizar semejantes fastos para recordar una colosal derrota roza la desesperación. En un momento en que la democracia, la justicia social y la igualdad entre pueblos se discuten a diario, dedicarle tanto espacio a la muerte por la patria, los paladines y los cañones se me antoja un síntoma inquietante. Lo más curioso es que los argumentos utilizados en el aniversario de la derrota de Trafalgar y en la entrega del premio a Fernando Alonso fueron parecidos. A semejanza de los políticos e historiadores que se manifestaron ardorosamente sobre la batalla, el príncipe Felipe (que dentro del protocolo suele mostrarse más o menos sensato) elogió a Alonso porque "no sólo ha llegado a los niveles más altos, sino que ha enarbolado con orgullo las banderas de España y Asturias". Mérito, si me lo permiten, completamente anecdótico y relativo en un piloto a quien se premia por haber sido el mejor al volante. Su Alteza ensalzó el "valor" del campeón, cuyas cualidades convertirían al deporte "en un gran ejemplo cuando se ejerce de manera sacrificada". Valor y sacrificio: viejos principios con los que Alonso y "la joven generación de deportistas" estarían influyendo "de manera positiva en los hábitos de una sociedad".

Sospecho que todas estas soflamas pretenden compensar, por la vía populista, el miedo a afrontar serenamente problemas complejos como la estructura del Estado o el futuro del Estatuto catalán. Al respecto, muchos presidentes de comunidades no nacionalistas se han llenado la boca de cohesión territorial y solidaridad entre regiones. Pero ya ven que no necesitamos a Cataluña para dividirnos: en cuanto el Ministerio ha decidido desviar 18 hectómetros del castizo Tajo para evitar una catástrofe en otra zona de España, la indignación ha cundido en Castilla La Mancha, tierra del Quijote. Tanta heroica llamada a la unidad, ¿no obedecerá a nuestra incapacidad para construirla, día a día, con nuestras convicciones ciudadanas?