2003-01-31
Coca-Cola y otros tangos (Argentina en el cartel)
ANDRÉS NEUMAN



Lo argentino, me dicen, está de moda. El otro día alguien me preguntó en qué se diferenciaba la cultura argentina de la española; yo no supe muy bien qué contestarle, porque las generalizaciones de esta clase suelen caer en el tópico o en la simplificación. Pero, por salir del paso, me atreví a conjeturar que el humor argentino es más afilado, más abstracto, más irónico que el español. Se trata ni más ni menos que de una costumbre: ironizar en Argentina es un modo cómplice de comunicarse, mientras que aquí puede interpretarse como un ataque o una ofensa. Por otro lado, debido a su mezcla cultural y a sus múltiples horizontes históricos, la clase media argentina –o lo que queda de ella- despierta curiosidad aquí, tal vez porque éste es un país mucho más monolítico, de tradiciones que han ido fraguando a lo largo de los siglos. La identidad española (o al menos la castellana, la central) parece sólida y segura de sí misma, mientras que la argentina es perpleja, está obligada a hacerse preguntas y a reflexionar sobre sí misma. De ese perpetuo cuestionamiento tal vez surjan ideas originales. Siempre hay una crisis, una división en el corazón de un argentino, ya sea íntima o política. Y ese espíritu paradójico, terminé de contestar, es distinto del espíritu épico y satírico español.

Ahora bien. Aun siendo ciertas éstas y otras diferencias, la súbita demanda de cultura argentina que viene produciéndose me parece menos compleja y, a la vez, un punto más sospechosa. Me gustaría poner el ejemplo de aquel anuncio de Coca-Cola cuya voz argentina causó tanto impacto entre los televidentes. A decir de los publicistas, su secreto radica en la cadencia del decir porteño, en la conocida seducción de su labia y en parecidas sutilezas ciertamente halagüeñas pero que, no nos engañemos, poco tienen que ver con aquella campaña. Pues habría que preguntarse si Coca-Cola ha descubierto justo ahora, en el pasado año, las bondades de nuestra musicalidad oral. ¿Habrá afinado de repente sus oídos el célebre refresco? ¿O será que, mejor dicho, una de las empresas más millonarias del planeta aprovechó con astucia la coyuntura para lanzar un doble mensaje subliminal? A saber: que, a pesar de su dudosa vocación social, la multinacional “apoya” al pueblo argentino en su difícil situación (en la bolsa moral de nuestros días, ya se sabe, la solidaridad cotiza alto entre los consumidores); y que el pueblo argentino, aunque esté prácticamente hundido en la miseria, sigue fiel a las tradiciones indispensables, como el refresco de toda la vida.

El evidente oportunismo de este anuncio sirve, en mi opinión, para ilustrar ese “boom” argentino en España. Que no es tanto que no exista, como que sus causas están siendo en parte manipuladas. Seamos claros: las empresas de capital español, incluidos los bancos, han dejado tirados a los ciudadanos argentinos después de años de negocios y recaudaciones demenciales. Los medios españoles no se han cansado de anunciar las “pérdidas” de dichas empresas a partir de diciembre de 2001 (cuando los cacerolazos y el corralito), pero no recuerdo que nadie anunciase en su momento, durante los años 90, el chollo inigualable y fraudulento que encontraron esas empresas en Argentina. Entonces el siniestro gobierno de Menem las obsequió con unas privatizaciones irregulares y a precio de saldo que no habrían encontrado en ningún otro país. ¿Saben los españoles que las facturas argentinas de Telefónica, por ejemplo, son más caras -¡en euros!- que las de aquí, pese a que los sueldos son más bajos? Claro que los principales culpables son aquellos gobernantes mafiosos; al fin y al cabo, los empresarios van siempre a lo suyo. Pero lo que me escandaliza es que luego, con la crisis económica, fueran tan pocas las voces de este lado que denunciasen cómo esas supuestas pérdidas estuvieron precedidas de ganancias fuera de lo normal y de lo ético. Mientras daba cobertura a dichas empresas, el gobierno español declaró que apoyaba a Argentina. Hasta hizo un anuncio alusivo en la televisión pública con ocasión del fin de año. Puras burbujas. Igual que Coca-Cola.

Es mi parecer que los dos casos mencionados se enmarcan en el mismo contexto de maquillaje para vender a la opinión pública la solidaridad con los hermanos argentinos, mientras en realidad se siguen a rajatabla los criterios de la plusvalía radical y de los negocios oportunos en las crisis vecinas. Relacionado con esto está también el auge del cine argentino. No digo que en mi país de origen, en efecto, hoy no se rueden muchas más –y mejores- películas que hace unos años. Pero las causas de este auge y de que crucen el Atlántico, además del maravilloso talento de las nuevas generaciones de cineastas y actores, son principalmente económicas: para una productora española se ha vuelto muy rentable coproducir en Argentina, porque los costes resultan mucho más bajos. Antes un euro valía un peso, y ahora un euro sale a más de tres; así que calculen. Claro que era preciso embellecer este fenómeno con eso de que ahora estamos ayudando a promocionar la cultura argentina, que hemos iniciado un diálogo intercultural con la otra orilla y no sé qué más pamplinas políticamente correctas. Lo cual no implica, desde luego, que además no sea cierto que existe en Argentina una conmovedora tradición, que es la del talento y la creatividad en los momentos de crisis. La capacidad de supervivencia de la cultura argentina, sus reflejos artísticos ante las desgracias, siempre han sido admirables y forman ya parte de la idiosincrasia nacional. En caso de miseria, se activa el ingenio del superviviente y se combina con la mejor cultura. Leo el último número de “Letra Hora”, la revista de la Sociedad del Psicoanálisis y la Cultura, editada en Buenos Aires. En el editorial su director escribe lo siguiente: “Esta tierra puede desaparecer. Podemos empobrecer más aún. Y más. Pero nadie puede arrebatarte las palabras”. El precio de la revista es de un peso; debajo, entre paréntesis, los editores agregan: “si son dos pesos, no nos ofendemos. Es por la revista, ¿vio?”. Es, de nuevo, la inteligencia y el humor como forma de salvación.

La obra de teatro “Arte”, por poner otro ejemplo reciente, llevaba años representándose en Argentina, pero sólo ahora ha llegado a Madrid, donde triunfa con todo merecimiento. En cuanto al excelente momento de la literatura argentina actual, sucede tres cuartas partes de lo mismo: por un lado, se trata más bien de que el público español está descubriendo ahora a importantes autores que escriben en su país desde hace años (Piglia, Saer, Fogwill, Aira, Fresán, Birmajer, De Santis...) Las editoriales españolas pueden comprar los derechos a buen precio, ahora que en toda Latinoamérica se ha tornado complicado publicar con regularidad y no digamos ya ganar dinero con los libros publicados. Pero por otro lado es innegable que existe una generación (o varias) de escritores que ha comenzado a dar sus frutos más brillantes y se abre paso a ambos lados del Atlántico. Tan miope sería omitir esta realidad como aquella otra.

A mí me gusta mucho un tango que dice así: “Cruel en el cartel... La propaganda manda cruel en el cartel... Se vende una ilusión... Se rifa el corazón...” No estaría de más recordar que, mientras actores sobresalientes de la categoría de Darín, Luppi o Sbaraglia dejan alto el pabellón argentino en las carteleras españolas, otros ciudadanos argentinos menos ilustres pero igual de dignos siguen padeciendo las necias cortapisas de las leyes de inmigración, que vienen cada vez peor, y más injustas. No sé si Coca-cola tendrá ganas de brindar por todos los sin papeles. A lo mejor un año de éstos.