2005-09-18
Ni tampoco princesas (debates sobre la prostitución)
ANDRÉS NEUMAN



La semana pasada se publicó en este periódico un interesante reportaje sobre las prostitutas que hacen la calle en Granada. El escenario es familiar para cualquiera que conozca la ciudad: el burgués y respetable Paseo del Salón que, como una metáfora involuntaria, da un giro y se entenebrece por las noches para dar paso a todo aquello que llamamos mala vida.

Entre los respetuosos y equilibrados retratos que la periodista Gloria de la Torre hacía en aquel reportaje, tres me interesaron especialmente. Uno era el de una inmigrante venezolana que lleva diez años viviendo en España y dedicándose a la prostitución. En su país de origen la esperan su marido y su hija de cinco años, a quienes les envía todo el dinero que puede. Esta mujer contaba que ya se habían comprado una casita y que planeaban montar una peluquería, oficio que ahora no le es posible ejercer porque a sus 43 años nadie querría contratarla. Esta mujer tuvo diversos empleos aquí, pero finalmente se decidió por la calle: "estuve en una cafetería. El sueldo no llegaba a 900 euros, la jornada superaba las 12 horas con un solo día de libranza, y tenía que volver a piernas de madrugada porque no había autobuses". Hoy puede ganar en una noche unos 120 euros (es decir: en poco más de una semana, y con muchas menos horas, iguala el salario mensual de la cafetería) y, cuando cruza la calle al final de su jornada, dice sentirse "una señora". Refiriéndose a las condiciones laborales, añade: "necesito dormir, pararme a pensar, pasear, descansar de vez en cuando". Analizando sus circunstancias, uno se pregunta: sin que cambien los actuales parámetros salvajes del mercado laboral, ¿tendría esta mujer una vida mejor si le prohibieran prostituirse?

El segundo caso que me llamó la atención es el de una chica que se hacía llamar Penélope y que, como aquel personaje, tejía y tejía en espera de su objetivo. Decía prostituirse provisionalmente (como Candela Peña en la película ‘Princesas’) hasta reunir el dinero suficiente para conseguir "lo que quiere todo el mundo: un piso, un coche y un trabajo estable". Creo que parte del rechazo social a la prostitución no proviene sólo de las mafias ni de los terribles abusos que genera desde su clandestinidad, sino que además se cuela un componente moral, ideológico o religioso que la anatematiza. Por eso estoy seguro de que las miradas cotidianas sobre las prostitutas molestan a más de uno: en el fondo detestamos la idea de que quieran lo mismo que nosotros y que sus objetivos familiares se parezcan a los nuestros, porque eso de algún modo nos las acerca, cosa que no estamos dispuestos a tolerar: preferimos imaginárnoslas sórdidas, lejanas y oscuras. En este sentido (quizás en otros no tanto), la película de Fernando León acierta al poner en primer plano la intimidad de los personajes.

El tercer caso que me interesó era el de una transexual de Valencia que, de paso por Granada, contaba cómo los empleos a los que podía aspirar le parecían "un abuso". Así que ella se gana la vida a través de un anuncio en el periódico, recibe a los clientes fijos en su propio piso y, si la racha es mala, baja a la calle hasta completar sus ingresos. Este procedimiento es bastante similar al de cualquier trabajador autónomo: publicidad, local propio, clientela y balance de ganancias. Claro que su fuerza de trabajo es su cuerpo. Pero no otra cosa alquilan, y a cambio de mendrugos, los sufridos obreros de la construcción y muchos agricultores. Cuando algunos critican la prostitución en sí misma, tengo la sensación de que disimulan. O sea, de que hablan como si lo único degradante que hubiera en el mundo laboral fuera pactar una tarifa por irse a la cama con los clientes; como si la explotación no tuviera múltiples, humillantes y agotadoras manifestaciones en ramos mucho mejor vistos que el negocio del sexo. Por eso me parece una hipocresía proponer la abolición directa de la prostitución (último refugio laboral para mucha gente) en lugar de cuestionar las verdaderas bases del fenómeno, que suelen ser el paro, la precariedad del empleo y la cotidiana explotación laboral. E insisto: lacras como las mafias, el tráfico de inmigrantes (verdadera esclavitud moderna), la atroz presencia de menores o la falta de prevención sanitaria se combatirían con mayor eficacia regularizando el sector, y no negándolo empecinadamente.

Hay quienes defienden la inmoralidad intrínseca de la prostitución, pero no aclaran a qué deberían dedicarse las personas que se prostituyen ni por qué no tienen derecho a elegir el medio de vida que más les convenga. Otras opiniones reducen la prostitución a la violencia de género, punto de vista que les niega a las mujeres (me refiero a las que tienen papeles y voluntad adulta) la plena soberanía sobre su propio cuerpo y que, además, deja sin explicación el creciente número de hombres prostitutos. En efecto, cada vez son más los anuncios de muchachos que ofrecen sus servicios en la prensa, esa prensa que leemos todos los días y contra la que nadie se manifiesta por recibir dinero a cambio de dicha publicidad. Los periódicos se parecen al Paseo del Salón: según por dónde los miremos, o a qué hora, nos dan una noticia u otra de la realidad que transitamos.

También podrían centrarse las iras en el tercer eslabón de la cadena: la clientela, casi siempre omitida o postergada en los análisis, y a la que –junto con la película de León– nos referiremos con más detalle en la siguiente y última entrega de esta serie. Podrá argumentarse que hoy en Suecia, ese país admirable, se persigue a los clientes. Personalmente, no estoy seguro de cuánta justicia y cuánto puritanismo hay en esa medida. Pero en todo caso, y antes de valorarla como posible modelo, primero habría que igualar los índices suecos de bienestar, empleo y cobertura estatal. De lo contrario estaríamos volviendo a caer en el disimulo. "¿Cómo te llamas?", le preguntan a Cayetana, uno de los personajes principales de ‘Princesas’. "Eso depende", contesta ella. Eso mismo parece suceder con su oficio: unos las llaman putas y otros trabajadoras del sexo. ¿Es necesario verlas siempre como propiciadoras del vicio o como frágiles e inocentes víctimas? ¿Como mujeres malditas o princesas inmoladas? Quizá, cuando se acabe el disimulo, puedan dejar de caminar entre estos extremos tópicos y recuperar sus nombres familiares.