2005-08-21
Contra los récords

Contra los récords
Andrés Neuman


Conste en prensa esta humilde y sin duda inútil queja: a muchos nos importa un comino cuánto tiempo llevaba un equipo sin empatar a tres en no sé qué trofeo de verano, y nos importa un rábano pelado desde cuándo un tenista de 19 años no jugaba una final contra otro de 35, y nos preocupa menos que un tomillo en flor saber exactamente cuántas veces en el último semestre ha saltado un centímetro más esa señorita rusa con pértiga que es bastante guapa y no recuerdo cómo se llama. Una cosa son los espectáculos deportivos, que a mí personalmente me encantan, sus movimientos plásticos, la inteligencia en equipo y la emoción de la velocidad, y otra cosa muy distinta es esta obsesión lela por las estadísticas, las marcas y los récords de la información deportiva, que viene a ser la mitad de la información general.

Paralela a este abuso de los números –como si por sí mismos, sin análisis ni interpretación de ninguna clase, nos enseñaran algo– corre actualmente la obsesión por las medallas en cuanto campeonato participe algún atleta español. Desde hace algunos años, tal vez desde Barcelona 92, la opinión pública española parece haber decidido, como Aznar cuando viajó a las Azores, que ya es hora de que nuestra gran nación se mida obligatoriamente con las grandes potencias, clave banderitas allí por donde vaya y se codee continuamente con los más ricos y ganadores. No tengo nada contra nuestros triunfos deportivos: al contrario, estoy deseando que la selección de fútbol gane algo alguna vez, o (más fácil) que Fernandito Alonso se proclame campeón de los volantes y el torito Nadal se convierta en el maestro de las raquetas. Pero las competiciones deportivas deberían servir para gozar con el juego y alegrarse si uno gana, y no para confirmar no sé qué delirios de grandeza o no sé qué solemnes expectativas patrióticas.

En los últimos mundiales de atletismo, me disgustó la manera en que los medios se echaron las manos a la cabeza porque no ganamos una pila de medallas y no batimos un montón de récords. Parece que perder no estaba previsto ni en nuestras peores hipótesis. Y un país que llega a creer que su obligación es ganar siempre corre el riesgo de convertirse en una sociedad prepotente y presuntuosa. Lo que los indignados críticos deportivos expresaron no fue la simple decepción por que el equipo español no rindiese a su mejor nivel; lo que parecían estar insinuando era algo parecido a: "¿cómo un país que ha llegado a ser tan importante como el nuestro puede quedar estadísticamente tan lejos de los mejores y ser superado por otros que son tan poca cosa?".

A los deportistas en general, y a los atletas en particular, se les exige un imposible: que por un lado sean modelos de conducta y sanidad para los jóvenes (cuya educación debería estar en manos de sus padres), y que por otro lado rompan marcas, pulvericen récords y superen límites. Qué hipocresía la nuestra: esperamos que los atletas lleguen adonde nadie ha llegado jamás, pero les damos la espalda en cuanto se dopan para cumplir con tan desmesuradas expectativas. Si pierden jugando limpio, los condenamos. Si han hecho trampas para ganar, nos ofendemos. A nadie le importa que correr un Tour de Francia en verano, por ejemplo, implique de por sí un esfuerzo sobrehumano (y ya no digamos quedar primero): simplemente esperamos que uno de los nuestros consiga la victoria y que lo haga con naturalidad, sin estímulos extras, cuando en esas condiciones lo natural y humano sería desmayarse en los Alpes o llegar el penúltimo a la meta. A mí me gustaría que la prensa y el público se aclarase. Si los deportistas están obligados a realizar proezas sobrehumanas, entonces que les permitan doparse o al menos no finjamos escandalizarnos cuando lo hacen. O, si los deportistas son personas normales y deben jugar limpio, entonces permitámosles perder y seamos comprensivos con sus limitaciones humanas.

La sociedad de espectadores que formamos entre todos ha empezado a perder la sensatez y a desvirtuar el sentido de la competición. Es como si el neoliberalismo hubiera contagiado a la ideología deportiva: ya no queremos vencer para sentirnos un poco más felices, sino para elevar nuestros números y mejorar el balance. Ganar no parece un placer, sino un deber con la estadística. Si –además de cifras– el atletismo de alto nivel manejara principios, lo honesto sería volver todas las marcas a cero para empezar a registrarlas de nuevo, o al menos renovarlas cada década. Ese sería el único modo de que los atletas cumplieran con el doble mandato de mantener la pureza moral y batir continuamente récords históricos, muchos de los cuales fueron conseguidos mediante el dopaje. Claro que entonces el márketing del récord perdería acciones.

En efecto, hace mucho que el deporte no es sólo deporte. Pero hay una diferencia entre las metáforas y las banderas: las primeras son fruto de una mirada asociativa, síntomas de inteligencia; y las segundas son actos de simplificación que pretenden vender esencias. Entiendo que el deporte sea una metáfora colectiva que cumple la antiquísima función de los relatos épicos. Esta función es antropológica, universal y nos concierne a todos. Ahora bien, manipular el deporte para que coincida con determinados intereses empresariales, políticos o religiosos significa descuartizar su sentido y disputarse los restos como buitres.

Recuerdo que en las últimas olimpiadas un judoka iraní, que era campeón mundial y abanderado de su país, se negó a enfrentarse a un judoka israelí para mostrar su apoyo al pueblo palestino. Me imagino que en Irán lo considerarían un héroe. A mí me pareció una lástima. Y una ocasión perdida: el deporte, esa cultura que presume de ser universal, podría ser una oportunidad para que todos los países convivan bajo unas mismas reglas, una ocasión para que un hombre corriendo sea sólo y nada menos que un hombre. Las fronteras dependen también de nosotros, de nuestras costumbres. Igual que los récords son un fin mezquino para el deporte, las nacionalidades no deberían ser la base para interpretarlo. Es posible apuntar a valores más altos y compartibles: el sentido lúdico, el esfuerzo, la pasión, el talento, el respeto a unas normas. Como ha escrito Jorge Valdano, hoy en día –con el auge del mestizaje, la inmigración, la importación y exportación de deportistas y los cambios permanentes de nacionalidad– el que vaya a un estadio de fútbol para insultar a los extranjeros no es un xenófobo, sino un perfecto idiota.