2005-07-31
Enciclopedias son para el verano

Enciclopedias son para el verano (I)
Andrés Neuman


El verano es una estación indulgente. ¿Quién no se hace promesas en agosto sabiendo que difícilmente las cumplirá? Las vacaciones no sirven sólo para descansar del trabajo, del trajín de nuestras obligaciones habituales (excepto si eres articulista). Las vacaciones también sirven para darnos el lujo de perder la eficacia. Es decir, para volvernos irresponsables sin que tenga consecuencias ni que nadie nos reproche nada. Por eso los buenos propósitos estivales se parecen tanto a los navideños: lo de menos es que sean sinceros. Lo importante es que alivien nuestra mala conciencia por las asignaturas pendientes.

No sería exacto decir que cada verano incumplimos nuestras expectativas. Esa dulce negligencia es uno de los componentes de la felicidad. Resultaría monstruoso, recién finalizado nuestro calendario laboral, afanarnos en completar una segunda agenda para los días de descanso. Más vale dar una morosa caminata sin rumbo fijo por algún paseo marítimo, que obsesionarse con aprovechar el tiempo saliendo de excursión a toda prisa o acumulando compulsivamente una cita tras otra. Como todos los años, en septiembre los medios nos dirán obviedades sobre el natural estrés de la vuelta al trabajo. Quizá sería mejor reflexionar acerca de otro síndrome mucho más retorcido: el horror al vacío del verano, el estrés del ocio inquieto. Nada más saludable que tener la ocasión de ver pasar las horas sin angustia. El poeta Carlos Pardo se hacía esta pregunta en un astuto alejandrino: "¿Cómo recuperar mi tiempo y malgastarlo?" A veces uno desearía regresar a los días pasados no para hacer más cosas, sino para volver a perderlos con más placer, como quien contemplase el tranquilo rebaño de las nubes o la siesta deslizante de un reloj de arena.

Una de nuestras típicas promesas vacacionales es la de devorar los libros que no tuvimos tiempo de leer durante el resto del año. Cosa que, por supuesto, no logramos hacer ni por asomo. Antes yo elaboraba ingenuas listas de lecturas de verano, como si, al anotar los títulos, ya estuviera acercándome a sus páginas. Más escarmentado, ahora me conformo acudiendo de vez en cuando a alguna biblioteca o curioseando en un par de librerías. En estas fechas de tardes panza arriba, una excelente forma de dejar pasar el tiempo es leer al azar diccionarios o enciclopedias. Me gusta practicar este ejercicio con una de las obras más hermosas jamás editadas, y con toda probabilidad la más releída de España, que no es el ‘Quijote’ sino el diccionario de la Real Academia. Hojeándolo a media siesta no sólo se aprenden muchas cosas sin esfuerzo, sino que se descubren curiosos deslices.

Numerosos lectores del Diccionario advirtieron que hasta 1992, fecha de su penúltima edición, un ‘dólar’ no era uno de esos célebres billetes verdes que circulan en Estados Unidos, sino una extraña moneda de plata empleada también en Liberia y Nueva Zelanda. En aquella edición, publicada mientras España celebraba una moderna Exposición Universal y unos brillantes juegos olímpicos, una ‘alcaldesa’ no era una política municipal sino la esposa del alcalde. Ahora, en la edición de 2001 (que es el año que Kubrick eligió para augurarnos los más sofisticados y lejanos avances técnicos), he encontrado otras palabras que llaman la atención. ¡Qué gracia me hace cuando algunos, para esgrimir que un matrimonio o una nación deben ser tal o cual cosa, dan la definición del DRAE, como si este fuera una Biblia inmutable e impermeable a los cambios sociales! La actual edición del Diccionario ha corregido las definiciones de dólar y de alcaldesa. Ahora bien, sorprende ver que la definición de ‘jueza’ sea "mujer que desempeña el cargo de juez". ¿Por qué no conceptuarla por ella misma, sin necesidad de remitirla al oficio masculino, diciendo por ejemplo "mujer con potestad para juzgar y sentenciar"? Otro tanto cabría hacer con ‘fiscala’, descrita como una mujer "que ejerce el cargo de fiscal"; lo cual equivaldría a decir que una camionera, en lugar de ser una fémina que conduce un camión, es una tía que hace de camionero. A diferencia de estos casos, para la Academia una ‘poetisa’ no es una mujer que ejerce de poeta sino sencillamente la que "compone obras poéticas".

Hablando de consultas, la principal acepción de ‘web’ que nos da el Diccionario es aún bastante vaga, por no decir nula: "red informática". Curiosamente, es la misma definición que se ofrece al internauta en la estupenda, completa y utilísima web de la Academia. Como filólogo arrepentido que soy, me parecería injusto no reconocer los esfuerzos que nuestra vieja y querida Academia ha hecho por modernizar sus servicios, sus definiciones y su relación con los demás países de habla hispana. Aunque aún le queda trabajo. Detengámonos por ejemplo en la palabra ‘honor’. Su tercera acepción (no se lo pierdan) es "honestidad y recato en las mujeres, y buena opinión que se granjean con estas virtudes". Del honor o el recato de los hombres no se dice nada. Ahora echémosle un vistazo al vocablo ‘promiscuidad’, que se nos presenta con una insólita restricción: "convivencia con personas de distinto sexo". Por lo visto los gays, aunque puedan casarse, todavía no tienen derecho lingüístico a ser ligeros de cascos. Ni tampoco –los pobres– a cometer adulterio; que, según especifica la Academia sospechosa e innecesariamente, se trata de un "ayuntamiento carnal entre una persona casada y otra de distinto sexo que no sea su cónyuge". ¿No habría quedado perfecta la definición omitiendo lo del distinto sexo?

De todo hay en el libro de los libros. Incluso observaciones psicológicas, y no siempre halagüeñas. El amor, por ejemplo, es contemplado como un sentimiento del ser humano que nace "de su propia insuficiencia". En esto la Academia se abona a la desdichada teoría de la media naranja, esa terrible concepción del individuo como alguien cojo y manco que no podrá hacer nada bien sin su otra amada mitad. La segunda acepción de ‘amor’ es en cambio bellísima, entusiasta y optimista: "sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear". Por un afortunado lapsus afectivo de los redactores, la primera definición está enunciada en tercera persona y alude al ser humano en general, mientras esta segunda definición, mucho más alegre, está escrita en primera persona del plural y nos incumbe a todos. ¡Cuánta poesía inesperada hay en los diccionarios! ¡Y cuánto tiempo, en verano, para hojear nuestra lengua y malgastarla!