2005-07-17
Guerra y disimulo (los atentados de Londres)
ANDRÉS NEUMAN



Este atroz 7–J nos ha dejado (además de comparaciones insostenibles con el 11–M español: entonces ni las reacciones del Gobierno y la oposición, ni el ánimo previo de la ciudadanía y la opinión pública, ni el momento electoral, ni la situación del terrorismo interno eran asimilables al contexto inglés) interpretaciones contradictorias que convendría analizar. Sin caer en oportunismos, y renunciando por tanto a establecer en un sentido u otro cualquier paralelo nacional, puede decirse que ha habido dos maneras opuestas de interpretar el atentado: como resultado del odio general del fundamentalismo islámico hacia la civilización occidental, o como una consecuencia directa de la intervención en Irak.

Aunque a la vista de los hechos la famosa foto de las Azores haya podido tener su influencia, a mí no me convence del todo ninguna de las dos versiones. En mi opinión existe un tercer enfoque de esta tragedia, que no incurre en la simplificadora inmediatez de atribuirle a la (ilegítima) invasión de Irak cada paso que dan Al–Qaeda y sus satélites, y que tampoco se limita a una visión de fábula hollywoodiense según la cual una civilización inocente (la nuestra) recibe los crueles ataques de otra civilización malvada y carente de cualquier lógica.

De todas las opiniones leídas y escuchadas, me ha llamado la atención la idea de que Inglaterra es sobre todo un paradigma de tolerancia y representa la esencia de esos valores democráticos libres que tanto detestan Bin Laden y compañía. Siendo cierto que estos últimos no pueden sino calificarse como asesinos de masas, y que Inglaterra es sin duda un país culto y con una admirable tradición parlamentaria, me sonroja un poco este resumen conformista de un país que también ha sido un imperio invasor y que hasta bien entrado el siglo veinte conservó importantes colonias lejos de su territorio. Y un país que sigue siendo el mayor aliado mundial de la superpotencia norteamericana y de la feroz política exterior de Bush. ¿Significa esto que Londres ‘merecía’ estas desgraciadas muertes civiles? Válgame el cielo: en absoluto. Ni ellos, ni Madrid, ni Nueva York, ni nadie. Pero, si Occidente persiste en su demagógica complacencia, si continuamos empeñados en este victimismo hipócrita y en las versiones morales para menores de edad, lo único que conseguiremos es seguir balbuceando: “¿por qué a nosotros?”, sin acertar a explicarnos nada.

En un artículo publicado en un importante periódico de tradición progresista, un analista político argumentaba que la anunciada alianza de civilizaciones contra el extremismo (oportunamente promovida por la ONU, a iniciativa de los Gobierno español y turco) carecía de sentido teniendo en cuenta que una de las partes “no quiere civilizarse”. Ante esta clase de afirmaciones categóricas, no puede uno dejar de preguntarse de dónde se supone que salieron genocidas como Hitler, Stalin, Milosevic, Videla o Pinochet: ¿del corazón del Magreb? ¿De las inmediaciones del Golfo Pérsico? ¿De algún oscuro desierto de arena? Demasiada gente habla como si Occidente, nuestro moderno Occidente, no hubiese generado recientemente regímenes totalitarios y fanatismos tan o más destructivos que el de Sadam Hussein.

Los fanatismos violentos de cualquier clase son siempre inaceptables, pero no ‘inexplicables’. Una cosa es que abominemos los atentados de Al–Qaeda, y otra muy distinta es que nos encojamos de hombros y concluyamos que no tienen sentido o que nadie ‘civilizado’ ha participado en su formación. Esto, más que una ingenuidad, es casi un disimulo. Aunque nada justifique un asesinato en masa, ello no impide que podamos intentar comprender cómo ha sucedido un hecho tan terrible o las diversas causas que han contribuido a que sucediera. En este sentido, pienso que convendría considerar que, más que un simple choque de civilizaciones o de códigos morales, estamos ante un choque de economías y de políticas exteriores. Quien se crea a pies juntillas eso de que los integristas se proponen destruir sin más “nuestro modo de vida” y “nuestra cultura” está siendo, sin saberlo, cómplice intelectual de algunas de las causas que propician estos sanguinarios atentados.

Además de ser caldo de cultivo de células terroristas, la mayoría de los Gobiernos de los países catalogados como extremistas han sido financiados o consentidos por las potencias occidentales, que han lucrado con ellos vendiéndoles armas o aprovechando sus recursos naturales, que ya empiezan a escasear en nuestras exhaustas tierras. Muchos de esos países, además, han sido militarmente invadidos (y sin consenso internacional), económicamente asfixiados a través de la usura bancaria o, en el mejor de los casos, abandonados a su mísera suerte por los Gobiernos ‘civilizados’ de turno. En estas condiciones, no es extraño que una parte de la población de esos países desarrolle un rencor hacia ese paraíso de supuesta justicia que llamamos Occidente, y que una mínima porción de ese rencor se dirija hacia el terrorismo. Sería una imprudencia no aceptar de una vez por todas que nuestra escasa solidaridad con determinados países o el empeño de las altas instituciones económicas por ejercer de acreedores implacables de países moribundos, no hace otra cosa que proporcionarles a los líderes terroristas más coartadas colectivas para su negra labor.

Dentro de este panorama de nula autocrítica, otra de las falacias que no alcanzo a comprender es el propio concepto de Occidente como entidad unitaria. Pero, ¿quiénes son Occidente? ¿Gran Bretaña o Bolivia? ¿Francia o Rumanía? ¿Estados Unidos o Nicaragua? ¿Defienden todos ellos unos mismos intereses? ¿Comparten decisiones? ¿Representan lo mismo? ¿Por qué todos sospechamos que Al–Qaeda jamás pondrá una bomba en La Paz o en Bucarest? Y quien comparta esta sospecha, ¿no debería admitir que por lo tanto el problema no es sólo cultural sino también económico, no sólo de ámbito religioso sino también de dominio político? Lo peor es que, mientras nos quitamos la venda de los ojos, unas muertes civiles siguen valiendo más que otras: esta semana, en la oriental y ocupada Irak, un brutal atentado suicida contra un convoy norteamericano acabó con la vida de veintitrés niños. El hecho de que la democrática prensa occidental haya lamentado y cubierto mucho menos esas inconcebibles muertes que las de Londres, ¿cómo deberían interpretarlo los iraquíes?