2005-07-03
Todo el mundo en Berlín
Todo el mundo en Berlín
Andrés Neuman

Una década después de la derrota de Hitler, mientras Alemania resurgía de sus cenizas, el ensayista Werner Bock, desde su exilio en Argentina, recordaba la desconfianza de Goethe hacia los nacionalismos exacerbados y citaba unas palabras suyas sobre la invasión napoleónica, ocurrida poco antes de que España fuera también ocupada: "Yo no odiaba a los franceses, aunque di gracias a Dios de que nos hubiésemos librado de ellos… ¿Cómo podía odiar a esa nación que figura entre las más cultas de la tierra y a la cual debo una parte tan grande de mi formación? Como hombre y ciudadano, el poeta amará a su patria, pero la patria de sus fuerzas poéticas es lo bueno, lo noble y lo bello, que no está unido a ningún país particular, y que él tomará allí donde lo encuentre".

En 1932, año del centenario de la muerte de Goethe y con el país a punto de iniciar su desastre, Thomas Mann elogiaría en un discurso la actitud crítica del gran clásico alemán, en cuyo pensamiento había mucho más compromiso con la nación y deseos de progreso que en el ciego endiosamiento de los nacionalistas fanáticos. Sobre aquel profético discurso de Thomas Mann, comenta Werner Bock en su libro ‘Momento y eternidad’: "Ahora el pueblo alemán, que ha recibido una dura enseñanza, tendrá que prodigar esfuerzos para ascender a la altura que Goethe había escalado".

Sería injusto no reconocer los esfuerzos que desde entonces ha hecho Alemania por aprender de su vertiginosa historia. De visita en Berlín hace unos días, me conmovió la voluntad de hacer memoria del Estado alemán y su constante autocrítica, avivada ahora que se cumple el sesenta aniversario de la caída del nazismo. Hoy en Berlín abundan los letreros históricos, los monumentos en señal de duelo y las conmemoraciones del holocausto. En muchos rincones de Berlín se respira una mezcla de dolor pasado y de alivio presente, y el estado de ánimo público se resume en una memoria tensa. Las jóvenes generaciones han crecido con el peso del espanto nacional, lo cual contribuye a que el olvido se haga más difícil; aunque también a que, como reacción, en algunos sectores extremistas surjan las ansias por acabar con esa vergüenza y compensar tanto arrepentimiento colectivo. Ojalá que, en ese juego de fuerzas, en Alemania siga imponiéndose siempre la sensatez respetuosa y el compromiso con la paz europea que hoy rigen su política.

Más allá de los grupúsculos radicales (que tampoco faltan en Francia), Berlín es una ciudad unida, mezclada y tan vanguardista como lo fue en sus años de esplendor. Nadie que haya paseado por los diferentes barrios berlineses puede dejar de admirar sus veloces contrastes, sus cambios de perfil, su amplitud de miras. Desde su reconstrucción, Berlín se ha convertido en un doble museo: por un lado están sus fabulosas pinacotecas, y por otro lado está el insólito paisaje de su arquitectura, a caballo entre las avenidas de Nueva York y una Grecia futurista. Además de su desconcertante atractivo y de su energía cultural, en Berlín uno disfruta de la variedad de ritmos: podemos habitarla como un turista nervioso, como un sajón clásico, como un bohemio, un exquisito o un estudiante juerguista.

De paseo por Kreuzberg, un fascinante barrio de inmigrantes, universitarios y gentes de la noche, quiso la casualidad que en aquel momento se estuviera jugando un partido de fútbol entre Alemania y Argentina por la Copa Confederaciones. Al pasar junto a la puerta de un bar en el que transmitían el partido, no pude evitar la tentación de entrar un rato, tras prometerle a mi compañera de viaje que no me movería de mi asiento ni celebraría los goles de Argentina. El local estaba bastante concurrido. Los parroquianos seguían con atención el encuentro; me fijé en un viejecito miope que se había sentado muy cerca del televisor y no pestañeaba. Otros fumaban o jugaban a las cartas. Nos acercamos a la barra y pedimos una bebida. Sólo entonces caímos en la cuenta de que se trataba de un bar turco. Había algunas pipas, relieves de escayola y teteras de plata. Un gigantesco póster de Penélope Cruz presidía las mesas de juego. Pensé que la curiosa circunstancia de haber viajado desde Granada hasta Berlín para ver un partido de Argentina en una especie de tetería bajo un póster de Penélope Cruz, representaba muy bien nuestra cultura globalizada en general y el mestizaje berlinés en particular.

Al principio, frente al televisor y con la copa en la mano, no me atreví a manifestar mis preferencias. Sin embargo, algo extraño sucedía: en el bar se formaba un murmullo creciente cada vez que atacaba Argentina, y se hacía el silencio cuando Alemania se acercaba al área rival. Tardamos poco en comprobar que la clientela, que era en su totalidad turca o al menos extranjera, estaba deseando que ganase la selección argentina. Cuando Riquelme le hizo un túnel a un fornido centrocampista alemán que se había abalanzado sobre él, el viejecito miope rompió su encorvado silencio y soltó una risita vengativa. A partir de ese momento, comencé a jalear las jugadas de Argentina y a lamentarme cada vez que fallábamos una ocasión, cosa que varios parroquianos celebraron palmeándome la espalda. "Es curioso", me dije, "pero en este bar turco de Berlín me siento casi como si estuviera fingiendo que voy con Argentina". Los turcos gritaban como latinoamericanos furiosos, los jugadores corrían de un lado a otro y yo observaba la escena entre perplejo y divertido.

Al final, como si al balón le hubiese dado un ataque de diplomacia, el partido concluyó con empate a dos. Cuando Alemania marcó un gol gracias a un tal Kuranyi (apellido no muy germánico que digamos) y luego otro en un remate de un negrito llamado Asamoah, pensé que afortunadamente Alemania no era lo que había sido. Los parroquianos se pusieron en pie. Los jugadores se saludaban en el césped: un defensa argentino, muy rubio y apellidado Heinze, se intercambiaba la camiseta con el negrito Asamoah. Pagamos nuestras consumiciones dejando una buena propina. La camarera nos sonrió. Penélope Cruz me guiñó un ojo y afuera, en las calles de Berlín, comenzó a caer una lluvia tranquila.