2005-06-26
Protestas razonables (contra la pobreza)
ANDRÉS NEUMAN



Hoy, en Madrid, tendrá lugar una manifestación contra la injusticia global. El frente convocante, la Alianza Mundial contra la Pobreza, está formado por más de un millar de ONGs, sindicatos, asociaciones civiles y también católicas (estas últimas, como ciudadano laico, sí me parecen dignas de elogio; aunque por desgracia no son ellas las que ocupan las altas jerarquías de la Iglesia). Además de la manifestación, se organizarán actividades en más de cien países con el objeto de exigir, en vísperas de la reunión del G-8 en Escocia, que se adopten medidas inmediatas contra la miseria mundial.

La iniciativa de este necesario frente ha sido denominada ‘Pobreza cero’, parafraseando con ironía el adagio del ‘déficit cero’ que tantos gobiernos esgrimen cínicamente como un logro perfecto, omitiendo que ningún presupuesto público puede aspirar a la perfección si no contribuye a eliminar las desigualdades internas y externas que padecen millones de personas. Muchos ministros razonan como un padre de familia que comprueba satisfecho el balance de su cuenta bancaria, mientras sus hijos y nietos no tienen para comer, vestirse y educarse. No creo que un Estado deba dirigirse a la bancarrota en nombre de objetivos nobles: eso sería pan para hoy y hambre para mañana. Pero los países desarrollados están lejísimos de ese extremo: más bien viven escatimando dinero en labores educativas y humanitarias, mientras despilfarran de manera patológica en presupuestos militares, publicitarios, protocolarios y especulativos. ¿Qué mejor balance podría ostentar el mundo ‘civilizado’ para la próxima década, que la aproximación al horizonte de pobreza cero?

"No pedimos una utopía, sino que se cumplan los compromisos", ha explicado Lucía Sala, presidenta del Consejo de la Juventud de España. En efecto, las reivindicaciones sólo pasan por el cumplimiento de acuerdos internacionales ya suscritos. Hace un lustro, en plena fiebre pija por el efecto 2000 en nuestros ordenadores, casi doscientos jefes de Estado se comprometieron en el programa Objetivos de Desarrollo del Milenio, que se proponía reducir los índices de pobreza en quince años. Expirado un tercio de aquel plazo, los datos son igual de alarmantes. Sólo cinco espeluznantes ejemplos: de continuar así, en la próxima década morirán 45 millones de niños, 250 millones de subsaharianos sobrevivirán (o no) con un dólar al día, y 100 millones de menores no estarán escolarizados. Hoy el 10% más rico del planeta sigue disfrutando de las tres cuartas partes de las riquezas, y la expectativa de vida en los países pobres es de unos 38 años (que es menos de lo que lleva Fraga mandando en nuestro país).

Los objetivos del plan 2015 eran la reducción del hambre a la mitad, la universalización de la enseñanza primaria, la reducción de la mortandad infantil, la lucha contra la propagación del sida, el paludismo o la tuberculosis, y la búsqueda de un auténtico desarrollo sostenible: se juega, en definitiva, el futuro del planeta y de sus habitantes. Por eso espero que los mismos madrileños que últimamente han ejercido su derecho a manifestarse contra dos resoluciones tomadas democráticamente por nuestro Parlamento, acudan hoy en masa a las calles para indignarse tanto o más por esta tragedia mundial que ningún pueblo ha decidido ni votado. Tampoco faltará quien considere que hablamos de nimiedades, en comparación con el gravísimo problema de con quién se casa el vecino o de qué sexo son los cónyuges.

Ante el argumento de la justicia social, ciertos economistas tuercen el gesto, como el maestrillo que se impacienta ante la ignorancia técnica de sus aprendices. Sin embargo, hace poco un suplemento semanal publicó una entrevista con Jeffrey Sachs, economista reconocido en todo el mundo. Y resulta que Sachs, que está lejos de ser un comunista o un soñador, ha publicado ‘El final de la pobreza’, libro en el que defiende la posibilidad real y concreta de conseguir un mundo mejor repartido sin perjuicio de nadie, siempre que exista voluntad política. Decía el economista Sachs en aquella entrevista: "Es escandaloso que en el siglo XXI haya gente tan fabulosamente rica que no sabe qué hacer con su dinero, y otra que muere porque carece de comida, agua potable y atención médica. Esta es la pura realidad". La realidad tiene esa trampa: no la percibimos según su gravedad, sino según nuestra costumbre. Por eso muchas veces terminamos aceptando como males necesarios lo que son, simplemente, injusticias innecesarias.

Por lo visto, el estudio de las ‘inescrutables’ leyes económicas puede conducirnos... al sentido común. Sin tecnicismos ni disimulos, Sachs explica: "Antes solíamos culpar a los pobres porque tenían la piel negra o practicaban otra religión; ahora, por tener hábitos culturales indeseables o líderes corruptos. En los países de África donde trabajo, el problema no es tanto la corrupción, como los mosquitos que transmiten la malaria, las sequías crónicas y la enorme distancia a la que vive la gente de los mercados regionales e internacionales. Los problemas prácticos son tan importantes como los políticos y los culturales". Entre otras medidas, Sachs recomienda alcanzar el famoso 0,7 del PIB para ayuda al desarrollo (aportación que sólo cumplen en Escandinavia y los Países Bajos), crear un impuesto específico sobre los ingresos superiores a los 200.000 dólares anuales, y cancelar la deuda externa de los países en bancarrota: África gasta cuatro veces más en el pago de su deuda que en atención sanitaria.

El ‘libre comercio’ tampoco ha ayudado a los países africanos y latinoamericanos, que después de seguir las directrices del FMI y del Banco Mundial están igual o peor. Muchas potencias se comportan paradójicamente: primero dejan que determinados países se hundan y luego, cuando se convierten en un polvorín o generan terrorismo, esas mismas potencias que escatimaban las ayudas se dedican a invertir en infraestructura para defenderse de ellos. Hace años que Estados Unidos no estima oportuno ampliar las ayudas: su Gobierno está muy ocupado gastándose los cuartos en Irak, donde en dos semanas invierte lo mismo que en África en un año entero. No se trata de perder el sentido práctico, sino de fomentar otra manera de ser prácticos: "Donar menos del 1% de tus ingresos es algo factible. Bush ha recortado los impuestos a los ricos en un 3% y aumentado el gasto militar en un 2%. Esto es, ha entregado un 5% del presupuesto al Ejército y a los ricos, ¿y dice que no puede permitirse dar un 0,7% a los pobres del planeta?", razona Sachs, que no ha nacido en Bolivia. ¿Cuánto da EEUU? Alrededor de un 0,15. ¿Y la Italia del millonario Berlusconi? Un porcentaje parecido. ¿Y Japón, esa potencia industrial? Apenas un 0,2. Alemania roza el 0,3. Francia da algo más: un 0,4, y el Reino Unido se acerca a esa cifra. ¿Y España? Nosotros no llegamos al 0,25%. ¿Y si saliéramos a la calle por eso? ¿Qué dirán Acebes y Rajoy? ¿Y la Conferencia Episcopal? ¿Y Aquilino Polaino? Cuánta intriga.