2005-05-22
Queremos que se acabe (sobre el final de ETA)
ANDRÉS NEUMAN



Cuando el martes pasado vi la reacción de los parlamentarios del PP ante la moción sobre el terrorismo que acababa de aprobar el Congreso, supuse que el texto de dicha moción contendría algún ataque subrepticio, un tono excesivamente amable hacia los etarras o alguna clase de reproche dirigido al Partido Popular. En realidad, viendo a sus parlamentarios retorcerse en sus escaños y tirarse de los pelos, uno habría jurado que aquella moción era lo más atroz que había sucedido en el recinto de la democracia desde la irrupción de Tejero. Y, aunque me imaginaba que los parlamentarios del PP exageraban un poco (como, por otra parte, hacen todos los partidos), jamás pensé que me llevaría tal sorpresa al leer el dichoso texto.

En efecto, mi sorpresa fue mayúscula. Porque, al revisar el texto íntegro de la moción aprobada por el Congreso y que habla del terrorismo etarra y del supuesto final que podría tener en un futuro, me descubrí leyendo un texto extremadamente cauto, algo obvio y casi tibio, que se cuidaba mucho de señalar a nadie con el dedo, de dar por hecho nada ni, por supuesto, de ofrecerle nada concreto a ETA. Por más que lo intenté, me costó asociar la imagen indignada de los representantes del PP con aquella sencilla declaración conjunta que firmaron ocho de los nueve grupos parlamentarios y que, en puridad, no dice nada que no hayan dicho antes todos los demócratas, ni declara nada demasiado distinto de lo que piensa la inmensa mayoría de los ciudadanos.

Cito a modo de resumen: << Hoy (...), aunque ETA puede seguir atentando, es mayor que nunca su debilidad. (...) En ese ya largo camino, los avances producidos se han debido esencialmente a la firmeza democrática de la sociedad y a la acción sostenida de tres factores básicos de la lucha antiterrorista: la labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad, la cooperación internacional y la unidad y los acuerdos de las fuerzas democráticas (...) La violencia terrorista, es decir, el asesinato, las agresiones, la extorsión económica, la amenaza y cualesquiera otras formas de intimidación y chantaje, como métodos de una pretendida acción política, son moralmente inaceptables y absolutamente incompatibles con la democracia (...) A ETA sólo le queda un destino: disolverse y deponer las armas. Esta es la exigencia de la ciudadanía vasca y esta es también la actitud de la totalidad de los grupos parlamentarios del Congreso (...) Si se producen las condiciones adecuadas para un final dialogado de la violencia, fundamentadas en una clara voluntad para poner fin a la misma y en actitudes inequívocas que puedan conducir a esa convicción, apoyamos procesos de diálogo entre los poderes competentes del Estado y quienes decidan abandonar la violencia (...) La violencia no tiene precio político y la democracia española nunca aceptará el chantaje de la violencia. (...) Seguiremos apoyando al conjunto de las fuerzas y cuerpos del Estados: Guardia Civil, Policía Nacional y Ertzaintza, porque de su capacidad y eficacia depende la erradicación de la violencia, tal y como se está comprobando estos últimos años en la progresiva desarticulación operativa de la banda terrorista. >>

Hay que estar políticamente muy desesperado para no suscribir un texto tan general y prudente. Un texto que tan sólo formula una esperanza, un final civilizado para nuestro horror. Un texto que no deja de insistir en que la condición indispensable para cualquier tipo de diálogo con los terroristas sería su previa rendición incondicional. Un texto que ensalza y fomenta la acción policial contra ETA, mientras la banda siga existiendo. Y que, para colmo, reconoce el progreso antiterrorista realizado en los últimos años: o sea, sin lugar a dudas, también durante el Gobierno de Aznar. ¿Qué escandaliza tanto entonces a sus señorías del PP? ¿Qué cosa tan atroz insinúa el texto? ¿Qué oscuras concesiones encierran sus pasajes? ¿No estará la histriónica reacción del PP guiada por el temor político a que sea un Gobierno socialista el que encabece el proceso final de una larga lucha a la que, por supuesto, ellos han contribuido?

Rajoy, que en el debate sobre el estado de la Nación volvió a deleitarnos con su centrismo y su talante moderado, acusó al Gobierno de << traicionar a los muertos >>; como si esas desgraciadas víctimas hubieran sostenido en vida una misma opinión y posturas idénticas. Como si todas las víctimas hubieran sido del PP, y no de casi todos los partidos, ideologías, opiniones, orígenes y creencias. Tan víctima es Francisco Alcaraz, que apoya a los populares, como Pilar Manjón, que hoy se inclina por los socialistas. Tan víctima pudo haber sido Aznar, que afortunadamente se salvó por el blindaje de su coche, como lo fueron Lluch y Jáuregui, que antes de morir defendían posturas similares a las de Zapatero. O como Eduardo Madina, el parlamentario socialista que perdió una pierna en un atentado y que está de acuerdo con la moción aprobada por el Parlamento. Zaplana declaró que con esa moción los terroristas pensarán << que han merecido la pena sus crímenes y sus asesinatos >>. Omitiendo que con sus palabras el sutil portavoz del PP ha llamado cómplices de los asesinos a todos los demás partidos del Congreso, su respuesta esconde una falacia. Lo que el Congreso ha hecho es transmitirles a los terroristas exactamente lo contrario: que nunca se dialogará con ellos, por muchos atentados que cometan, hasta que dejen de perpetrarlos. Y que sólo una vez cumplida esta premisa básica que todos deseamos ansiosamente, sólo entonces se podría comenzar a hablar, a negociar los términos del desarme como se hizo en Irlanda, y a disolver para siempre ese espantoso mundo y su siniestra infraestructura.

El PP no deja de invocar la ‘unidad de España’, pero se niega a que el Gobierno incluya al resto de partidos en la lucha antiterrorista. Al PP le encanta la unidad de España, siempre y cuando no se le pregunte al resto de España qué opina. El PP sólo parece aceptar que los pactos antiterroristas lo incluyan exclusivamente a él, quizá con la intención de capitalizar el sentido de una lucha que nos concierne a todos. Lo más chocante es que, antes de hoy, hubo otros intentos de poner un broche dialogado a esta agonía nuestra. Algo similar hizo Calvo-Sotelo en el 1981. Más tarde lo intentaron Felipe González (Argelia, 1989) y también Aznar (en 1999: primero en Burgos, con representantes de Batasuna, y después en Zúrich, con la cúpula etarra). ¿Por qué Zapatero no ha de tener derecho a reiterar la tentativa, ahora que el azote terrorista parece estar pidiendo la hora? Y sobre todo: ¿no tenemos derecho los exhaustos ciudadanos a soñar con la paz, y -ya que estamos- con el fin de las luchas partidistas disfrazadas de empresas patrióticas?