2005-05-15
Looking for Fidel
ANDRÉS NEUMAN



Viendo el segundo documental sobre Cuba rodado por Oliver Stone (quien, a la vista de las circunstancias, tal vez se sintiera culpable por el panegírico a Castro que supuso el primero), hay algo que queda claro: que la CIA o la disidencia financiada por un lado, y los abusos autoritarios del régimen por el otro lado, se necesitan desesperadamente. Ambos extremos, revolución y conspiradores, encuentran una justificación en los atropellos del otro. Cuantas más injerencias haya de los Estados Unidos en la política interna cubana, más pretextos encontrará el dictador para reprimir, endurecer el control público o recortar las libertades ciudadanas. Y viceversa: qué mejor excusa que un satánico régimen comunista para ejercer la intervención y el espionaje militar en una isla que jamás podrá atacarlos.

Por supuesto, el objetivo del castrismo no es acabar con las conspiraciones, sino alimentarlas (y promocionarlas) moderadamente para seguir teniendo patente de corso. Para ello, el régimen requiere la ayuda inestimable de jóvenes más o menos cándidos y comprensiblemente descontentos con el neoliberalismo, así como de la mayor cantidad posible de intelectuales extranjeros, alejados de la isla y desconocedores de su vida cotidiana. Por esa misma razón, lo mejor que puede hacer la UE por el pueblo cubano es conseguir el final del cruel bloqueo al que sigue sometido: sería una manera eficaz y humanitaria de dejar sin argumentos a la dictadura. En el documental de Stone, ‘Looking for Fidel’, el espectador tiene ocasión de contemplar a un enérgico Castro en primer plano, exhibiendo unos increíbles reflejos mentales y su proverbial astucia dialéctica, pronunciando sentencias del más ejemplar fascismo: «Las prisiones son las universidades del delito», «Yo soy un jefe moral para mi pueblo», «Los cubanos no creemos en Amnistía Internacional», etcétera. Lo más curioso es que los fanáticos castristas y los fanáticos del imperialismo yanqui han terminado empleando el mismo lenguaje. Ambos cultivan un patriotismo que se antepone a cualquier otra razón (el buen americano que debe comprender la guerra con Irak, o el cubano leal que debe aceptar un régimen opresivo), ambos han construido un totémico Eje del Mal situado en la acera de enfrente, y ambos consienten la defensa ‘preventiva’ ante dicho eje maligno.

En el documental de Stone, Castro no deja de señalar con su largo dedo hacia el imperialismo de Estados Unidos, empleándolo como argumento ante cualquier pregunta incómoda o cuestión relacionada con los derechos humanos. En efecto, buena parte de la disidencia cubana está directa o indirectamente financiada por el Gobierno norteamericano. Pero sería interesante preguntarse qué alternativas le quedan a un periodista o activista a quien el régimen de su país le impide publicar una opinión contraria o manifestarse de manera crítica. Si la prensa cubana permitiese (como hoy se permite en España, gobierne la derecha o la izquierda) expresarse contra el Gobierno, muchos de esos disidentes no necesitarían padrinos extranjeros. Ahora bien, quienes se alinean sin matices con la política exterior ‘libertadora’ de los Estados Unidos, incurren en un desliz de memoria, cuando no de cinismo: los Gobiernos de ese país han financiado regímenes mucho más sangrientos e implacables que el de Castro, llegando a becar y a entrenar a sus golpistas y torturadores: Chile, Argentina o Egipto son sólo tres terribles ejemplos. Lo que Estados Unidos persigue no ha sido nunca la implantación de la democracia en el mundo, sino de cualquier régimen que le permita hacer negocios y expansionarse.

Algunas escenas de ‘Looking for Fidel’ dan escalofríos. Por ejemplo, la grotesca y sádica pantomima de los condenados por secuestro de aviones, vestidos de presidiarios y sentados en una mesa redonda ante el propio Castro, abogados y cámaras, siendo instados por el dictador a «ser sinceros» y a «expresarse con libertad». Lo justo no era rodar esa humillante escena de supuesta imparcialidad, en la que los condenados no podían sino estar aterrados y temer las consecuencias de sus palabras: lo justo sería que un jefe de Estado no interviniese jamás en primera persona en un proceso judicial (que, por cierto, entonces acabó con cadenas perpetuas y ejecuciones).

Además del consabido control de la opinión pública, Castro defiende explícitamente la censura televisiva: no sólo impidiendo la recepción de determinado canales, sino justificando el silencio impuesto a la oposición interior con el argumento de que «no le vamos a dar la televisión a los que quieren conspirar». A mí me parece que la izquierda es otra cosa. ¡Si pensaran sus defensores comunistas en España cómo, sin advertirlo, se aproximan a los métodos franquistas! Con el argumento de la conspiración, Castro tampoco niega los requisamientos de ciertos libros y librerías. Me viene a la mente el desolador recuerdo de la policía de Videla, entrando en las librerías de Buenos Aires para requisar libros sobre el comunismo o la revolución cubana... Cuando la Patria (y no la ética o los derechos civiles) es la gran Causa que justifica las decisiones de un Estado, ese Estado es una dictadura. La gran paradoja del discurso de Castro es que, por un lado, en el documental se jacta de la «valentía», la «conciencia» y el «compromiso» de su pueblo. Sin embargo, por otro lado Castro teme y prohíbe cualquier contacto de esos ciudadanos con ideas distintas, como si fueran súbditos o infradotados, en lugar de individuos convencidos de una causa y sobradamente adoctrinados.

Viendo la película de Stone, además de indignación, he sentido la tristeza de un antiguo proyecto socialista traicionado, cuyos meros vestigios sirven para avivar nuestros deseos de un mundo mejor repartido: en Cuba los índices de mortandad infantil, de sanidad pública, de alfabetización y de igualdad entre etnias superan a la mayoría de los países que llamamos democráticos. ¿Hacía falta una dictadura para conseguirlo? ¡En absoluto! Pero, igual que no es lo mismo criticar las atrocidades castristas que apoyar el bloqueo a Cuba, reconocer sus conquistas sociales no implica ser cómplice de todos sus atropellos. Tampoco sería ético ampararnos en Castro para complacer nuestra conciencia y ocultar que muchos Estados ‘libres’ permiten y hasta fomentan la desigualdad, el hambre, los problemas de vivienda, la competencia desleal, la censura empresarial o eclesiástica, la manipulación mediática o la acumulación de los recursos en manos de cuatro banqueros. Precisamente para no imitar a Castro, es mejor no justificar nuestras injusticias señalando a otros regímenes. Espero no padecer jamás en mi vida a un dictador de ninguna especie; pero dudo que, fuera de la oprimida Cuba, la libertad esté garantizada como por arte de magia. La injusticia no siempre es extranjera. Y no hay santos, jefes morales ni siglas que nos eximan de la responsabilidad de seguir sospechando.