2005-03-27
El último relincho (sobre la estatua de Franco)
ANDRÉS NEUMAN



Muchos han hablado ya sobre la estatua. A favor. En contra. Indiferentes. Indecisos. ¿Y entonces por qué yo? ¿Para qué otra voz más? Bueno, después de tanta discusión, creo sinceramente que mi punto de vista era necesario. Y que es hora de darlo. De abandonar las anteojeras. De dar rienda suelta a mis opiniones. Por si no me reconocen, me presento: soy el caballo de don Francisco. El mismo. El de la Plaza de San Juan. El que callaba. El que aguantaba quieto.

No sé si debería empezar protestando. O discutiendo. O contando la verdad desde que don Francisco me montó sin consultarme. A mí la política me pone nervioso y a veces me dan ganas de dar coces, como hace todo el mundo. En fin. Supongo que lo mejor será empezar por la madrugada del jueves.

Imagínense. Cuarenta y cinco años de paciencia. Uno, qué quieren que les diga, ya se había resignado. Mi destino era ese. Siempre la misma historia. Siempre la misma plaza y el mismo jinete. Pero de pronto, ¡quién lo iba a decir! Una sábana caída del cielo. Unas luces muy intensas. Los ganchos en las patas. Los tirones de riendas. Las voces. Las sirenas. Las cinchas alrededor del lomo. El milagro de movernos. El vuelo de la grúa. El aterrizaje brusco en el camión. El vaivén de los acelerones. Imagínense. Don Francisco trinaba, bufaba y relinchaba. Naturalmente, sólo yo lo entendía.

Nos llevaron a un almacén cerca de una autovía. Aparcaron. Nos bajaron del camión (sin demasiada delicadeza, la verdad) y volvimos a tocar el suelo. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que ya no nos vigilaban. Entonces comprendí que había llegado la verdadera hora. Todos decían que nos había desmontado, pero yo sé muy bien lo que es montar y desmontar. Mientras los policías se fumaban un cigarro y don Francisco les pedía explicaciones a voz en cuello, tomé la decisión más importante de mi existencia. Derribé a don Francisco. Y galopé. Galopé rápido. Huí del almacén. Crucé la autovía de Barcelona. Salí de la ciudad buscando el campo. Y nadie me siguió.

Desde aquella madrugada he estado prófugo. Y, la verdad, no tenía pensado intervenir en este lío. Pero uno escucha cosas y, no sé cómo decirlo: uno será caballo, pero no está sordo. Por ejemplo, el alcalde de Santander. Parece que dijo que, puestos a retirar a don Francisco, también habría que quitar los escudos de la República porque ambas cosas << son preconstitucionales >>. Ya sé que la verdad no suena igual cuando la dice un jinete que cuando la dice su montura. Pero hombre, señor alcalde: ¿cómo va a ser lo mismo conmemorar un régimen democrático y democráticamente elegido, que conmemorar a alguien que dio un golpe de Estado y que impuso su régimen por la fuerza al cabo de tres años de guerra civil? Cualquier animal entiende la diferencia. Y no se ofenda, que me refiero a mí.

Sé que otros han dicho que, para bien o para mal, el Caudillo es << una parte de la historia de España >> y que por eso no era justo quitar su estatua. Vale, don Francisco y un servidor equino pertenecíamos a la memoria de la gente que paseaba por la plaza. Pero ¿y los cerdos? ¿Y los buitres? ¿Y las alimañas? ¿Y los ladrones, los violadores, los asesinos? ¿No forman también parte de la historia del país? ¿Por qué no les levantan un monumento a todos ellos? Sé que el señor Rajoy dijo que el actual presidente se equivoca, que es << un irresponsable >> y << resucita el pasado >>. Quisiera recordarle con todo respeto al señor Rajoy que errar es humano, pero herrar es imperdonable y sólo lo hacen los vaqueros y los dictadores. Si quieren mi humilde opinión, mucho más irresponsable fue dejar que don Francisco siguiera cabalgando sobre un viejo y pobre caballo treinta años después de su muerte. ¿Resucitar el pasado? ¡Pues más resurrección que esa!

Hasta el mismo Piqué, que siempre ha tenido cara de jinete a la antigua, se ha mostrado a favor de bajar del caballo a don Francisco. Seguramente él, igual que tantos otros, piense que lo habría que desmontar es la cúpula de su partido. Piqué dijo que los símbolos que chocan con el espíritu constitucional << ya no tienen cabida >>. Hombre, cabida tienen: pero pesan lo suyo y terminan rompiéndote las ancas. En eso estoy de acuerdo con la Fundación de don Francisco, que insiste en que el Caudillo fue << uno de los grandes >>. ¡A mí me lo van a decir, que soporté cuarenta y cinco años (seis años más que cualquier español) la tiranía de sus orondas posaderas! El problema es que los muertos pierden cuerpo, pero no kilogramos. En el caso de don Francisco hay que tener en cuenta las condecoraciones, las armas y la conciencia.

Luego parece que Zaplana dijo que el actual Gobierno era << el más radical de la historia democrática >>. Historia democrática: por eso mismo, digo yo, nos arrancaron de raíz a mí y a mi jinete. De todas formas, por larga que sea la democracia siempre habrá individuos con más memoria que un caballo o un elefante: mientras nuestro camión se ponía en marcha, un centenar de memoriosos vino a despedir a don Francisco con el brazo en alto. Todos aullaban el ‘Cara al sol’ bajo la luna y en plena madrugada. A eso le llamo yo estar literalmente trasnochado.

Aunque este sea mi último relincho, quiero decir bien claro que una estatua no es un simple testimonio histórico: es un acto de homenaje. Y, por mucho que algunos quieran hacerse los osos, el homenajeado don Francisco fue tan dictador como Hitler o Mussolini. Dudo que en Alemania o Italia estén bien vistas sus estatuas, ni siquiera las ecuestres. No hablamos de jefes de Estado sino de jefes de establo.

Hay quien opina que el conjunto artístico de la Plaza de San Juan ha quedado incompleto. Para cubrir el hueco, se ha decidido convocar un concurso de ideas: me preocupa que el concurso quede desierto. La historia humana es así de bestia. Unos sufren como mulas y otros hablan como borregos. O, por así decirlo, algunos ladran porque otros cabalgamos.