2005-03-13
No me gustó Clint Eastwood

No me gustó Clint Eastwood
Andrés Neuman


Para no estropearles la sorpresa a los lectores que aún no la hubieran visto, he esperado un tiempo prudencial antes de referirme a la aplaudida ‘Million dollar baby’. Pero ahora que han pasado las semanas, las críticas y los premios, tengo que confesar algo terrible. Algo que nadie en su sano juicio y con amigos cinéfilos debería admitir nunca: que no me gustó nada, pero nada, ‘Million dollar baby’.

Es más. La detesté. Lo siento de verdad. Yo quería que me gustase. Incluso puedo argumentar en mi descargo que la anterior película de Clint Eastwood, ‘Mystic River’, me pareció excelente. Pero esta última, qué quieren que les diga, me hizo pasar un mal rato a cambio de muy pocas satisfacciones. Por eso, antes de que me arreste el sheriff del condado, me gustaría exponer mis razones.

Reconozco que, en este caso, me cuesta separar el guión de la película en su conjunto. El argumento está basado en un libro de relatos que Jerry Boyd publicó bajo el seudónimo de F. X. Toole y que ahora se edita en España. Ignoro cuánto hay de ese libro en el guión final, pero sí sé que el resultado me pareció un compendio de los peores lugares comunes de la América conservadora. Quizá lo más desagradable sea, en mi opinión, el sadismo con que (una vez más) Clint Eastwood somete a un personaje femenino a una lenta y obsesiva tortura física. Hillary Swank es una chica abnegada, humilde, obediente, fiel y sufridora: un modelo perfecto para que un padre recio como Clint la proteja, la instruya y le dé todo aquello que ella no tiene ni conseguirá nunca sola (incluyendo el dinero, la vida y la muerte). Aunque se trate de algo subjetivo, como espectador no pude evitar sentir un molesto regodeo, una demora innecesaria en el dolor físico de nuestra boxeadora. Innecesaria, porque en términos argumentales no necesitábamos ver primeros planos de tabiques rotos (que papá Clint endereza), de piernas gangrenadas o de lenguas deshechas para hacernos una idea de la situación del personaje.

¿Y para qué acumular tanta desgracia, tanta sangre y sufrimiento en una bella e ingenua muchacha? Me temo que está claro: la película es el relato de una inmolación, de un martirio resignado (y casi vocacional) de una mujer que se ha atrevido a superar sus límites impuestos. Lo más enojoso no es como acaba ella, sino esa desesperante resignación con que todo el mundo (incluida ella misma) acepta su tragedia. Pese al absurdo y rocambolesco accidente que el guión le obliga a sufrir, nadie, en ningún momento, habla de mala suerte. Nadie se rebela, siquiera de palabra, contra el penoso infortunio de la chica del millón de dólares. Todo comprenden que así es la vida y musitan oraciones con el ceño fruncido. Pese a que la reacción más humana en estos casos es empezar preguntándose ‘por qué a mí’ o resistirse a aceptar la realidad, aquí nadie se lamenta del sinsentido del accidente: acaso porque, en el fondo, los recios personajes principales intuyen un sentido en lo que le ha pasado. Como si, tarde o temprano, una chica con semejantes ambiciones estuviera fatalmente destinada a estrellarse y al desmantelamiento (en este caso, un desmantelamiento literal).

Por supuesto, todo el mundo está triste por ella. Pero su tristeza es sumisa y tiene algo de lección moral. De hecho, el entrenador Clint no tarda en hacer planes casi entusiastas para llevarse a su pupila a casa e iniciar una nueva vida juntos, ella paralítica y él cuidando de ella. Qué quieren que les diga, a mí todo me olía a sadismo y patriarcado. Lo saludable hubiera sido que, cuando estaba sana y pletórica, Clint se acostase con ella, como en el fondo ambos deseaban. Pero, como él mismo dice cuando ella tiene un arrebato de euforia y brinca sobre él con las piernas abiertas, << ¿tú sabes qué edad tengo? >> Así que, a falta de un deseo feliz entre una joven y un atractivo veterano, el espectador tiene que conformarse con el retorcido amor paterno-filial-deportivo-cristiano de Clint Eastwood, besándola postrada y llamándola << mi sangre >>. Todo esto, mientras la película intenta inducirnos a admirar la entereza de la abnegada chica, de papá Clint y de su fiel amigo negro, que le aconseja a la pobre que se sienta satisfecha por haber llegado tan alto durante unos meses.

En cuanto al boxeo, la cosa tampoco me pareció brillante. Sus metáforas me sonaron manidas y previsibles: aquello de << en el boxeo todo es al revés >> me recordó, y pido disculpas, a Forrest Gump comparando la vida con una caja de bombones. La voz en off encargada de sumergir al espectador en el fascinante mundo del boxeo, no deja de soltar obviedades cuasi militares acerca de la obediencia, el sufrimiento, la tenacidad y la fe en nuestros sueños. Si uno piensa en obras maestras como ‘Toro salvaje’, el rodaje en el cuadrilátero resulta monótono y poco original. Por lo demás, cualquiera que conozca las reglas del boxeo tendrá dificultades para creerse el desarrollo de los combates y el personaje de la boxeadora malvada, a quien le habrían retirado la licencia mucho antes de pelear por el título.

Luego están los personajes secundarios, que (salvo ese estupendo enclenque llamado Peligro o algo así) me parecieron simplones y maniqueos: el negro malo que humilla al débil, el negro bueno que le da una lección al malo, la inverosímil madre que sólo quiere el dinero de su hija, el representante avaricioso, la boxeadora malísima y sin escrúpulos... Hasta el médico se me hizo inverosímil. Y está, sí, el desenlace, reconozco que bien resuelto. Pero, gustándome la sobria contención y la dignidad de la escena final, no dejo de pensar que la cuestión de la eutanasia está metida con calzador. Si el mérito de la película fuera la valentía para tratar este tema, me pregunto qué pintaba la hora y media anterior. Puede que Amenábar no haya tenido la elegante dureza de Clint Eastwood para despedir a su personaje. Pero al menos se atrevió a tratar la eutanasia como una cuestión ideológica sobre la que reflexionar, y no como un súbito elemento dramático. Tampoco sé si la fábula del perro sacrificado era el mejor ejemplo para empezar a debatir.

Por lo demás, estamos de acuerdo: las actuaciones de Clint, Morgan y Hillary son espléndidas. El gimnasio es impresionante y tiene un punto teatral muy expresivo... No lo niego. Pero entiéndame, sheriff: hay cosas que un hombre no debe callar. Por eso, señor sheriff, ahora puedo entregarme. Sólo le ruego que me dé un calabozo que no sea muy frío.