2005-02-20
A solas en los cines
A solas en los cines
Andrés Neuman


Las tres últimas veces que he ido al cine, he sido el único espectador de la película. Es cierto que era tarde: prefiero las sesiones nocturnas, o golfas, o desveladas. Los días laborables, a las malas horas, la ciudad está desierta. Das un paseo hasta el cine y, en lugar de cruzarte con una multitud, hablar por el móvil, avanzar entre el ruido general y preocuparte de las colas, llegas hasta tu butaca sumergido de antemano en un silencio interior, impregnado de oscuridad callejera y con un poco de frío en las piernas: el estado ideal para recibir una ficción. Al salir del cine, nada distrae tus meditaciones. La ciudad sigue quieta como un argumento nuevo, y su desolación prolonga los decorados de la película hasta la misma puerta de tu casa.

Todavía no sé si es un castigo o una recompensa a mis gustos cinematográficos, que tienden a evitar los incendios en cadena, los asesinos con complejo de Edipo, las parejas de policías negros, las amas de casa vocacionales, los secuestros infinitos, las bodas con merengue y los karatekas frenopáticos. El caso es que, en las últimas semanas, he estado siempre a solas en el cine. Al cortar mi entrada, el acomodador me puso cara de Bela Lugosi y luego miró al taquillero, que se encogió de hombros. Yo apreté mi entrada única, murmuré << perdóneme >> y me perdí en la sala, en un mar de butacas sin cabeza. Es extraño, inquietante y particularmente intenso no compartir la sala más que con la propia sombra. A quien le ha ocurrido, lo sabe. La proyección comienza y en una hora y media nadie ríe, llora ni suspira. Te han contado una historia sólo a ti, y al encenderse de nuevo las luces te desperezas y sientes un asomo de duda, ¿ha sido cierto o no?, ¿lo he visto o lo he soñado? Y, como no hay a quién preguntarle, te deslizas hacia la calle y te alejas del cine mirándote los zapatos.

Igual que la realidad, la ficción tiene sus reglas y sus pequeñas liturgias. Dicen que el cine educa, y yo estoy muy de acuerdo. Pero no tanto por el contenido de las películas, sino por la ocasión que el cine nos brinda de compartir un espacio, un silencio y una historia con los demás. Cada vez que acudo al cine y no me quedo a solas, compruebo con tristeza el escaso valor que le concedemos a los símbolos, como si estos no fueran la antesala de las realidades de carne y hueso. Difícilmente un colectivo sepa unirse en torno a una idea y llevarla hasta el final, si no es capaz de respetar las emociones del prójimo durante noventa minutos de quietud. También es improbable que una sociedad respete a sus individuos, si la mayoría de los cines desprecian la intimidad de sus espectadores. A horas tempranas, es habitual coincidir en las salas con grupos o parejas que en lugar de concentrarse en la película se dedican a alborotar, masticar a boca abierta, charlar sobre otra cosa o comentar estruendosamente cada escena, como si ellos no formasen parte del ritual ni de la historia que sucede a ambos lados de la pantalla.

Tan descorazonadora como la escasa sensibilidad del público es esa terrible costumbre, cada vez más extendida, de abrir bruscamente las puertas y encender las luces antes de que la película finalice del todo. Los títulos de crédito, que no por capricho van siempre acompañados de música, le proporcionan al espectador tres o cuatro minutos de aterrizaje, reflexión y sosiego. Pasar del compromiso con una ficción visual al reencuentro con nuestro personaje cotidiano requiere una transición, un delicado pasillo en el que nos jugamos el sentido de la película, el vínculo entre ambos mundos. Aunque también sea un negocio, una sala de cine es un lugar de narrativa y metáforas, y no debería regirse por los mismos principios que una hamburguesería o un hipermercado. ¿Tanto les costaría a los cines esperar un instante, proteger ese recogimiento asombrado en el que quedan flotando los espectadores cuando el mundo proyectado se funde en negro? Al romper esa membrana, al interrumpir esa fugaz sedimentación, se maleduca a los espectadores (y son millones cada semana) indicándoles que lo que han visto no merece ninguna ceremonia, que somos demasiados como para quedarnos pensando, que hay prisa y se aglomeran los del siguiente pase. Y así se van borrando un poco más las mentes, se siguen perforando las frágiles memorias.

Un mal espectador rara vez pueda ser un buen ciudadano. El cine no es solamente un entretenimiento, sino una compleja ficción pública. No es extraño que cada vez más gente se crea pasivamente lo que cuentan la televisión, los periódicos y nuestros políticos-actores. O que no preste atención a lo que ve, lee y escucha. O que lo olvide pronto. El mes pasado fui al cine Aliatar, uno de los pocos cines de Granada que aún ofrecen películas de calidad y programan estrenos más allá del Hollywood rabioso. Aún era temprano y la sala estaba llena. En mitad de la película, el proyector se estropeó y los subtítulos comenzaron a temblar de manera ostensible. Nadie, absolutamente nadie, pronunció una palabra ni se levantó para comunicar el fallo al personal del cine. Esperé un cuarto de hora: nada había cambiado. Indiferente, el público parecía conformarse con ver media película borrosa. Me decidí a abandonar mi asiento. Localicé a un empleado y le expliqué lo que sucedía. Él puso cara de Bela Lugosi y luego otra más triste. Nos quedamos conversando un rato. Entonces me contó que el cine Aliatar corría serio peligro de cerrarse. Que las distribuidoras y los grandes multicines mantenían un monopolio organizado. Que así era muy difícil resistir. Luego me prometió que subiría a la sala de proyecciones a ver qué podía hacerse. Yo le di las gracias, regresé a mi asiento y, suspirando, volví a sentirme a solas en el cine.