2005-01-09
Interpretando a Sontag (y II)
ANDRÉS NEUMAN



En un artículo reciente, Francisco Umbral se refirió al impulso hedonista de los ensayos de Susan Sontag. El perspicaz Umbral (que cuando no opina sobre política lanza ideas reveladoras) resumía así el efecto benéfico que aquellas teorías tuvieron en los jóvenes lectores españoles: Sontag los invitó a cambiar la idea de la lectura como estudio por el de la lectura como placer. Lo cual, en una sociedad esencialmente represora como la franquista, no era poca revolución.

La mojigatería de aquella España tenía su correlato intelectual, y ambos moralismos confluían: si la sexualidad era transmitida como culpa y castigo, el aprendizaje cultural debía realizarse desde la severidad y el orden. En toda escuela totalitaria, sea de la tendencia que sea, leer es una forma de catecismo. Su objetivo no es fomentar la creatividad, sino la obediencia. No el gozo, sino la disciplina. Esto aproxima trágicamente las figuras del cura, el policía y el profesor. De ahí que la actitud con la que Susan Sontag enfocaba el arte resultara tan contestataria.

En efecto, los agudos ensayos de ‘Contra la interpretación’ son un manual del desprejuicio estético. En realidad, este provocador título no se opone a toda forma de interpretación, sino a cierta manera rígida de entenderla. Lo que estos ensayos se proponían era refutar la idea del mensaje único: esa supuesta verdad que todo texto escondería y a la que el lector, también supuestamente, llegaría mediante la adquisición de unas determinadas claves previas. La joven Susan Sontag (brillante alumna en Berkeley, Chicago y Harvard, y saturada de academicismos) buscaba un sofisticado regreso a la naturalidad: detenerse primero en lo evidente, en la profunda superficie de las formas. Esta vuelta al ‘cuerpo’ de la obra no implicaba que ya no hiciese falta desvelar sus sentidos ocultos (Coetzee ha dicho que un escritor es un << notario de lo invisible >>); sino que era urgente aprender a mirar de nuevo, empezando por lo más cercano.

De acuerdo con esta idea, existirían dos maneras de leer: una, segura y pautada; otra, directa e imprevisible. En su disputa con los viejos contenidos, Sontag sostuvo que muchas veces << la interpretación supone una hipócrita negativa a dejar sola a la obra. El verdadero arte tiene el poder de ponernos nerviosos. Al reducir la obra de arte a su contenido para interpretarlo, domesticamos la obra >>. Semejante manera de entender la estética contenía altas dosis subversivas, pues cualquier libro, película o cuadro se convertía en una aventura para el público, en una oportunidad de ser inmediatamente modificado. Desde luego, esta teoría del conocimiento sensual, abanderada además por una crítica mujer, resultaba inseparable de un momento particularmente inquieto (y añadamos que envidiable) en la historia de la sexualidad occidental como lo fueron los años sesenta.

Pero en la postura de Sontag hay también un factor de poderosa actualidad, y que se relaciona con el agobio que cualquier lector experimenta hoy en día ante la creciente avalancha de datos, opiniones y advertencias previas con que la sociedad lo obsequia hasta asfixiarlo. Nuestro mundo está archicodificado: todo remite a todo. Y en ese océano de informaciones, como anticipó Sontag, suelen naufragar tanto el objeto analizado como el criterio personal del analista. << La nuestra es una cultura basada en el exceso, en la superproducción. Las condiciones de la vida moderna se conjugan para embotar nuestras facultades sensoriales. >> Idéntico razonamiento vale para explicar nuestra indiferencia ante la diaria abundancia de imágenes terribles: estas no nos ilustran, nos sepultan. Igual le sucede a un lector cuando al entrar a una librería siente el desasosiego, casi la náusea, de contemplar las infinitas pilas de libros, y advierte cómo su curiosidad merma en lugar de multiplicarse.

Ante esta problemática (que no ha hecho más que acentuarse), Susan Sontag escribía en ‘Contra la interpretación’: << lo que ahora importa es recuperar nuestros sentidos. Debemos aprender a ver más, a oír más, a sentir más. En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte >>. Cualquier poeta estaría de acuerdo con la seductora Sontag en que la apatía no se remedia con efectos especiales, sino con pequeñas, intensas emociones. La clase de atención que le prestemos a un objeto es casi más importante que el objeto mismo. << Es posible ver qué es ‘lo dicho’ y permanecer impasible >>. Mirar es, en última instancia, una cuestión de compromiso ético.

Sontag era demasiado lúcida como para derribar un dogma para erigir otro. La erótica del arte también tenía sus contradicciones y sus rutinas, como no dejaría de observar la propia autora décadas más tarde. En la nota a la edición de 1996 de ‘Contra la interpretación’, Sontag señala melancólicamente que buena parte del arte considerado transgresor terminó legitimando falsas transgresiones, de corte consumista. << Puede que los juicios del gusto expresados en estos ensayos hayan triunfado. Pero no los valores subyacentes a estos juicios. >> Aquel llamado a la espontaneidad, aventurero e inconformista, quedó en buena parte diluido en el facilismo y la superficialidad. Como si, en realidad, la transparencia no fuese posible. Como si cualquier gesto o dato simple estuviese fatalmente condicionado, para bien o para mal, por otros intereses.

Lo que hemos perdido en utopía, en absoluto, lo hemos ganado en certeza de la complejidad. Tal vez esa sea una de las pocas clarividencias de nuestra época: la desconfianza. Y tal vez sea ese el único punto en que el ensayo de Sontag ha envejecido: en su fe un tanto ingenua en la imagen, en cierto tipo de experiencia estética no mediatizada (¡nosotros, tan mediáticos!) y en la capacidad de aislamiento del individuo. Aun así, pese a la desconcertante velocidad de la Historia, el primer gran libro de Susan Sontag continúa admirándonos por su vitalidad y enseñándonos a sentir de modo más inteligente. Sería buena idea volver a interpretarlo.