2005-01-02
Interpretando a Sontag (I)
ANDRÉS NEUMAN



No estaba la vida pública de Estados Unidos, nuestro imperio de cada día, como para darse estos lujos. La pérdida de Susan Sontag, observadora radical y moderna, se antoja particularmente inoportuna en un momento en que su país se encuentra más necesitado que nunca de miradas distintas. En España, en mayor o menor medida, la mayoría de ciudadanos aceptó que el atentado del 11-M tuvo un componente de (siniestra) represalia política. En Estados Unidos, cuando Sontag se atrevió a formular una idea similar tras el 11-S, numerosos medios de comunicación se echaron a su cuello inteligente.

Sontag representa una manera de prestar atención a la realidad, una ética de la curiosidad de la que muchos quisiéramos ser discípulos. No sólo fue una activista política de admirable independencia, sino también una crítica interesada en asociar las distintas artes y los distintos lenguajes en una misma urgencia: la de entender. Como lectora, tuvo el don del viaje: jamás dejó de interesarse por las letras foráneas (tanto europeas como latinoamericanas) y de contribuir a su divulgación en un mercado editorial tan poco permeable a las extranjerías como el norteamericano. Según Sontag, la literatura nos transporta, nos vuelve dichosamente extraños, modifica nuestro lugar.

Para la autora de ‘La enfermedad como metáfora’, mirar era un placer, una obligación y una sospecha; sus dos libros de ensayos sobre fotografía son una consecuencia natural de esta inquietud. En el discurso de recepción de su merecido Premio Príncipe de Asturias, tras los agradecimientos, esta mujer certera, lúcida e incómoda se apresuró a añadir que la escritura es un logro individual y que por tanto los premios no deben ser otorgados de manera paternalista, obligando al escritor premiado a representar a determinadas identidades nacionales o a ciertas comunidades marginadas u oprimidas. << Esto implica >>, dijo Sontag, << que no se haga uso de la literatura para respaldar fines ajenos a ella: por ejemplo, el feminismo. (Hablo como feminista.) >> Una de las grandes virtudes intelectuales de Susan Sontag fue la de aunar su incansable militancia progresista con el combate del pensamiento políticamente correcto.

En estos tiempos en que el periodismo de guerra se identifica demasiado fácilmente con la épica humanitaria, Sontag supo poner el dedo en la llaga (o en la retina): ¿las cotidianas imágenes del horror nos comprometen con el dolor ajeno o, por el contrario, acaban provocando en nosotros un distanciamiento estético, una atroz costumbre? Por eso mismo, porque el compromiso puede ser independiente pero nunca ingenuo, dudo del argumento con que la astuta Sontag justificaba su tendencia a postergar su obra de ficción en beneficio de su labor de crítica social: aunque ella hablaba de una especie de altruista servicio cívico, sospecho que más bien Sontag obedeció siempre a su vocación principal, que no era otra que observar la realidad próxima y pensar continuamente acerca de ella.

Raras cosas he leído esta semana acerca del legado de esta escritora. Henry Allan opinó enigmáticamente en ‘The Washington Post’ que a Sontag << se la veía fuerte para ser una intelectual >>. Charles McGrath, ex director del suplemento literario de ‘The New York Times’, comentó que parte de su atractivo consistía en sus ropas negras, su voz sensual y su famoso mechón blanco. También se hablado mucho de su superación del cáncer, innegable coraje que no la distingue, sin embargo, de otros muchos enfermos valientes que nunca han salido en los periódicos. Incluso Carlos Fuentes, buen amigo suyo, la definió como << la mujer más inteligente >> que había conocido, como si la inteligencia pudiese dividirse en dos categorías, la masculina y la femenina. Personalmente, sin negar la importancia que en su momento pudo tener el que una intelectual feminista no renunciase a la fortaleza, la sensualidad o la belleza física, creo que hoy el siguiente paso sería dejar de sorprenderse por ello y de subrayarlo como algo excepcional. Dicho de otra manera, a estas alturas de la historia el mejor homenaje que podemos hacerle a Susan Sontag es releer sus magníficos libros.

Eso he intentado hacer con el que quizá sea su más relevante libro de ensayos: ‘Contra la interpretación’, publicado por primera vez en 1966. En la jugosa nota a la nueva edición, Sontag resume su idea de escritor: << alguien que se interesa por todo >>. En este texto, escrito treinta años después de la publicación del libro, la autora emprende un diálogo entre su revolucionaria juventud sesentista, presidida por un fecundo << sentido de la posibilidad >>, y su más contemporánea experiencia de la posmodernidad, que la lleva a una revisión (nada claudicante) de aquellos principios. Próxima al mejor Umberto Eco en su análisis culto de la hasta entonces poco estudiada cultura de masas, Sontag supo alumbrar lo nuevo (cine de vanguardia, ‘happenings’, la estética ‘camp’, la moda) sin caer en el esnobismo de menospreciar el tesoro siempre vivo de los clásicos. Sontag fue uno de los mejores ejemplos de la modernidad artística tal y como la definió Baudelaire: esa mitad cambiante cuya otra mitad es eterna. Su mestizaje estético nunca la condujo al simple relativismo, sino a una efervescente amplitud de miras: << Ciertamente, hay una jerarquía. Si debo elegir entre The Doors y Dostoievski, entonces -naturalmente- elegiré a Dostoievski. Pero, ¿tengo que elegir? >>

Uno de los aspectos más vigentes de ‘Contra la interpretación’ es la explícita influencia que el cine tiene en su concepción de la literatura. Mientras escribía estos textos, Sontag iba a ver una o dos películas al día. Hay quien todavía piensa que la literatura es un ámbito puro y autónomo que puede contaminarse con los efluvios populares del cine. Pero la realidad es que el cine ha educado nuestra sensibilidad visual, y desde ese aprendizaje todos imaginamos y escribimos. El problema consiste, más bien, en que hoy apenas se escribe desde el influjo del séptimo arte como fenómeno estético; sino que se prefabrican argumentos más o menos eficaces para su posterior conversión en guión cinematográfico. Pero de esta película, y de otras, seguiremos conversando la semana que viene. Mientras tanto descanse en paz, curiosa, releída Susan Sontag.