2004-11-07
Nuestra/ su Constitución
Nuestra/ su Constitución
Andrés Neuman


Me detengo a observar una curiosa foto de la agencia EFE en la que aparecen varios líderes europeos en el balcón del palacio de Campidoglio, donde hace medio siglo los seis países fundadores de la Comunidad Europea suscribieron el Tratado de Roma, y donde hoy los veinticinco miembros de la Unión acaban de firmar la primera Constitución común. El hecho es sin duda histórico, por lo que el proyecto europeo tiene de colectivo, ambicioso y de largo aliento: por él han pasado ya (y sorprende pensarlo) centenares de presidentes, miles de ministros e infinidad de diputados y burócratas, sin que dejase de avanzar con mejor o peor rumbo.

Ahora bien: miro la foto de Campidoglio y, a pesar de su nombre, en tan ilustre balcón no me parece ver una balsa de aceite sino un mirador de incertidumbres y contradicciones. No sé si por casualidad o por astucia del fotógrafo, la imagen nos muestra a Chirac, liberal conservador, vuelto a su izquierda. Conversando con él vemos a Blair, laborista paradójico, vuelto hacia su derecha. El tercero es Schröder, socialista en problemas, con el ceño fruncido y un dedo índice señalando hacia abajo. A su lado Romano Prodi, cabeza de la Comisión, aparece un palmo más abajo que el resto. El plano continúa con Berlusconi, con el brazo derecho en alto como en los viejos tiempos europeos, saludando a una posteridad que lo olvidará pronto. Junto a él, al final de la foto y asomando la cabeza con una sonrisa incómoda, Zapatero parece dudar si acercarse al centro del balcón.

Desde luego, para mí es un alivio que estén juntos y hasta un poco revueltos, antes que enfrentados como antaño: << durante siglos la historia de Europa ha sido una historia de enemigos y conflictos. Hoy es una historia de amigos y socios, y esta Constitución refleja esa evolución >>, declaró el primer ministro holandés. Más allá de la relatividad de estas buenas intenciones, y de que hasta el momento los Gobiernos europeos se han comportado más como socios que como amigos, uno desearía que esto fuera cierto y que la Constitución sirviese como garantía de un auténtico progreso. Pero sucede que uno escucha a Prodi y le entran dudas: ¿por qué es necesario que los Gobiernos empleen << sus mejores capacidades persuasivas para convencer a sus Parlamentos y ciudadanos >>? ¿No sería más adecuado hablar de informar y debatir, que de insistir y persuadir? Dicho de otra manera, ¿no es preocupante que, a estas alturas, los propios impulsores del acuerdo den por sentado que habrá una fuerte resistencia? A veces pareciera que los Veinticinco tuviesen entre manos un trámite difícil, un molesto trance que superar, en lugar de una ocasión única para pensar de nuevo nuestra sociedad. Ojalá haya tiempo para reflexionar con calma: tan peligrosos me parecen los euroescépticos como los ‘neurópicos’.

Más sensato, Borrell habló de hacer un esfuerzo para superar << la ignorancia y la indiferencia >>. Sólo que para eso hará falta que nuestros políticos emprendan una verdadera labor divulgativa entre los ciudadanos, y que nos muestren con hechos por qué sería mejor comprometernos con la causa. A mí, personalmente, me ilusiona imaginar una Europa unida en lo político, lo económico y lo ético. Pero este admirable objetivo no lo facilitará cualquier Constitución, sino una buena Constitución. Y el texto suscrito en Roma deja flotando algunas preguntas de fondo: ¿cómo reducir el abismo entre la riqueza del Norte y el Oeste y la precariedad del Sur y el Este?, ¿cómo aspirar a ser lo mismo sin tener lo mismo? ¿No se está propiciando una excesiva autonomía del Banco Central Europeo? ¿Se está haciendo suficiente hincapié en la defensa de los servicios públicos continentales? ¿Cómo se protegerá, en la práctica, el tan mentado medio ambiente? ¿Cómo se integrará a los veinte millones de trabajadores inmigrantes que contribuyen a la prosperidad del continente sin disfrutar de ella? ¿Quién decidirá que el déficit público de un país resulta << excesivo >> (artículos 184 y 185)?, ¿se medirá con la misma vara a países con muy distintas urgencias? En materia de política exterior, ¿en qué dirección se concretará esa vaga << definición progresiva de una política común >> (artículo 16)? ¿Qué quiere decir el artículo segundo cuando afirma, desconcertantemente, que la Unión respetará siempre los derechos humanos, << incluidos los derechos de personas pertenecientes a minorías >>?, ¿acaso no estaban esas minorías incluidas desde un principio en los derechos humanos?

Demasiadas prisas, pocas respuestas. Por supuesto, el texto también presenta aspectos positivos y novedosos: la memorable declaración conjunta de un continente contra la pena de muerte (artículo 62), la estrategia coordinada para combatir el terrorismo y la asistencia en bloque a cualquier país afectado por un atentado (43), o la prohibición de expulsiones colectivas del territorio europeo (79). Así las cosas, el desafío radicará en ser capaces de cuestionar los argumentos del actual Tratado o sus mecanismos de representatividad, sin dañar nuestra incipiente (y necesaria) conciencia europeísta. Se trata de un equilibrio difícil, pero a la vez irrenunciable. Zapatero ha declarado que espera que España se sitúe en la vanguardia de la construcción europea. Sea en buena hora; mejor será eso que pretender situarse a la vanguardia de la OTAN, como hizo el anterior Gobierno. Aunque antes el PSOE tendrá la obligación de fomentar una auténtica discusión parlamentaria y cívica. No sería justo por parte del Gobierno llevarnos al referéndum planteándonos la decisión en términos maniqueos: estar a favor de esta Constitución sin reservas, o ser antieuropeos. No, no sería justo maniatarnos de ese modo. Claro que el primer maniatado ha sido Zapatero, que ha llegado a los postres de la Constitución sin haber podido participar en la indigesta cena de Niza. Estamos, en efecto, ante una oportunidad gigantesca. Por eso mismo habrá que afrontarla con rigor.