2004-10-24
Kerry: el otro, el mismo
Kerry: el otro, el mismo
Andrés Neuman


La imagen del candidato John Kerry regresando triunfal de cazar gansos en Ohio nos da una idea bastante exacta -como dijo Borges- del tamaño de nuestra esperanza. Tamaño, en este caso, francamente pequeño. Contemplemos la fotografía del personaje. Paso vivo. Gorrita militar, diseño béisbol. Chaqueta a juego y no muy a medida. El puño en alto en señal de victoria. Sonrisa bien ensayada y, por supuesto, de frente a los fotógrafos que afortunadamente pasaban por allí, por los campos de Ohio, a las seis de la mañana. Al candidato demócrata se lo ve acompañado de otros tres tipos muy amables, cada uno de los cuales sostiene una escopeta y un ganso rígido, pesado y acaso perplejo por tan ilustre muerte. Así que ya lo sabemos. Kerry lo ha conseguido: es el idóneo. Jamás vacilará en sus decisiones. Es valiente. Infalible. Ha cazado tres gansos.

El tamaño de nuestra esperanza es en efecto pequeña, pero no porque Kerry carezca de posibilidades de ganar las elecciones. Sino porque, precisamente, podría ganarlas. Y porque además uno, melancólicamente, sabe que Kerry es lo menos malo que podría sucederle al mundo. La verdad es que John está currándoselo a fondo: ¿quién no se rendiría ante alguien capaz de abatir tres astutos plumíferos en cuanto sale el sol? Claro que Dick Cheney, actual vicepresidente y sesudo rival, no ha tardado en neutralizar la maniobra de Kerry con una idea de admirable complejidad y altura: « creo que compró una nueva chaqueta de camuflaje para la ocasión », razonó Cheney, « lo que me hizo preguntarme: ¿con qué frecuencia va a cazar gansos? ».

Esta inquietante objeción sólo podía ser obra de una mente acostumbrada a hilar fino. Sí. La campaña no podía estar más caliente. El vicepresidente Cheney tiene toda la razón: puede que las tres piezas de la foto hayan caído por los disparos de Kerry y no de sus fornidos ayudantes; pero, ¿acostumbra realmente cazar gansos? Y, en el caso dudoso de que el candidato demócrata tenga tan buena puntería como dice, ¿exactamente de cuántos gansos y cuántos disparos estamos hablando? Tengamos un poco de rigor intelectual. El votante americano está educado en democracia y no se deja engañar al primer golpe de efecto: así que, ¿siempre gansos, o a veces gansos y otras veces sólo perdices? ¿Kerry les dispara de cerca, cuando descienden un poco, o les acierta en pleno vuelo por las nubes del alba? ¿Prefiere gansos jóvenes (que por lo general son confiados e inexpertos) o se atreve con los ejemplares más crecidos? ¿La chaqueta de Ohio era prestada o la usa desde joven? ¿Su escopeta es normal o pesa menos? Los ciudadanos del mundo tenemos derecho a saber. El debate está siendo apasionante.

Lo frustrante de no ser ciudadano del Imperio es que uno asiste ansioso a un proceso electoral en el que no podrá participar, aunque luego padezca todas sus consecuencias (que serán malas o peores). Además, recién salidos como estamos los españoles de una elecciones nacionales, agota volver a soportar las declaraciones vacías y mecánicas de los candidatos o las falacias de las encuestas, que como siempre varían según el día, la empresa de consulta y las noticias más recientes. El sufragio es un método sin duda admirable, pero la industria electoral parece cada vez más repugnante. Su extenuante propaganda proyecta ante la sociedad-mercado unos candidatos-producto (en este caso dos), para que el aturdido ciudadano-consumidor compre un amo que dure cuatro años. Sé que hay sistemas mucho peores que la democracia liberal. Pero esta que tenemos, en su actual versión de hipermercado, tiene menos vuelo que los gansos de Ohio.

Nueve de cada diez habitantes del mundo están deseando que Kerry gane las elecciones, o al menos que Bush las pierda. Al mismo tiempo, sin embargo, casi todos los que estamos incluidos en ese noventa por ciento sabemos también que el próximo presidente de los Estados Unidos será alguien que de todos modos saqueará a sus deudores, invadirá países cuando le convenga, defenderá los intereses de las multinacionales más explotadoras y mantendrá la pena de muerte. Alguien, en definitiva, poco recomendable para el progreso humano. En esa paradoja política nos hemos habituado a sobrevivir. Evocando de nuevo a Borges (y pidiéndole excusas por mezclarlo en este asunto), puede decirse que Kerry es el otro y el mismo. Y en él tendremos que confiar ahora con resignada esperanza. Pobres gansos.