2004-10-08
La autocrítica (el congreso del PP y Gallardón)
ANDRÉS NEUMAN



Bueno, muy bueno, el congreso número quince del PP se cerró igual que se había abierto. O, mejor dicho, nunca llegó a abrirse, si por congreso entendemos un espacio de debate, reflexión y -en el caso de un partido que ha pasado de una mayoría absoluta a una derrota- verdaderos cambios. Escuchando las ardorosas intervenciones de sus máximos dirigentes, que naturalmente han sido todos buenos, buenísimos, he pensado en el flaco favor que nuestra clase política -y no sólo el PP- le hace a la inteligencia pública. Cuando se quiere hacer balance, las modalidades elegidas suelen ser dos: o bien una pasmosa ausencia de autocrítica, o bien una variante casi más irritante, que es la falsa autocrítica.

Mucho se ha hablado de la intervención de Gallardón, el bueno, buenísimo alcalde de Madrid, y de su << severa autocrítica >>, tal y como algún periódico ha llegado a calificarla. En numerosas tertulias he escuchado comentarios acerca de la valentía, la franqueza y las cejas preocupadas de Gallardón, único peso pesado capaz de reconocer errores, recapacitar, ir contra lo establecido, etcétera, etcétera. Por momentos me pareció que, en lugar de Gallardón, estaban hablando de un mártir de las misiones.

¿Qué osó decir el bueno, buenísimo ponente Gallardón? Agárrense, que la subversión es de aúpa: dijo que el fallo no había estado en << el magnífico proyecto >> del PP, sino quizás en haber olvidado que << tan importante como la confianza en los valores que inspiran >> dicho proyecto era << la eficacia para materializarlo en el modo de transmitirlo >>. ¿Siguen ahí, lectores? Pues hay más: intrépido, también se atrevió a insinuar que << el exceso de optimismo >> (que, como todo el mundo sabe, es un pecado de los gordos) estuvo generado << por tantos éxitos de gestión >> del Gobierno, triunfo que habría llevado al partido a no realizar << el esfuerzo necesario para hacer ver el atractivo >> del proyecto y de una gestión << quizás algo distante >> aunque sin duda << buena, muy buena >>. Demoledor, ¿verdad?

A ver si lo he entendido: según Bueno Buenísimo, la gestión de la catástrofe del Prestige fue sensacional, sólo que no se trasladó adecuadamente a la desorientada ciudadanía. La intervención en Irak fue extraordinaria, aunque quizá sobró un pelín de optimismo. Las armas de destrucción masiva, esas que nuestro presidente juró solemnemente ante el Congreso que existían, eran una evidencia pero, por un malentendido, faltó calor humano. El manejo del accidente del Yak-42 estuvo realmente de cine, sólo que hubo un leve error de transmisión. La información que el Gobierno fue suministrándonos tras los atentados del 11-M fue transparente, ejemplar y harto desinteresada, sólo que la sintaxis no acompañó del todo a Aznar y Acebes... Y así los ocho años, ya les digo. Gallardón estuvo tremendo.

Les confieso que mi frase favorita es esa del atractivo del Gobierno, que según el alcalde madrileño no supo hacerse visible. Según esta Teoría Autocrítica, el Gobierno de Aznar era muy guapo, pero no se le notaba o no lo hacía valer, como el anuncio de champú. Y es francamente curioso, porque uno, de puro tonto que es, habría jurado que el problema era el contrario: el de haberse creído más guapos, más poderosos y más en lo cierto que nadie en el mundo. Me acuerdo también de Felipe González y su brillante conclusión tras perder sus últimas elecciones, después de la sucesión de escándalos y negligencias que empañó sus primeros e importantes años de gestión: << nos ha faltado una semana o un debate >>. O, dicho de otra manera, al PSOE de entonces no le había sobrado nada, ni tenía gran cosa que reprocharse: pura malita suerte. Una escasez de tiempo, cuestión de una semana. Ojalá que el nuevo socialismo no caiga nunca en semejante autocomplacencia.

Supongo que a ustedes también les pasa: leyendo los periódicos o escuchando la radio uno se siente demasiadas veces ofendido como ciudadano o, en una palabra, tomado por idiota. Hemos llegado a unos niveles infantilismo público que, por muy buenos, buenísimos que sean, a mí me asustan un poco. No se trata de estar o no de acuerdo con determinado partido, sino del alarmante y paupérrimo nivel de los argumentos que sus dirigentes acostumbran exhibir. En este sentido hay que reconocer que, tras la herencia de Aznar, el PP se ha convertido en un verdadero especialista.

Es cierto que, a primera vista, escandaliza más escuchar a Rato diciéndole a Rajoy, de ex vicepresidente a ex vicepresidente, << no hay que mirar atrás porque tienes las espaldas cubiertas >>. Es verdad que da rabia enterarse de que Acebes sigue hablando de mentiras ajenas y de principios incorruptibles. O que asombra ver a Esperanza Aguirre anunciando una << renovación de personas e ideas >> con Aznar de regreso, o pregonando la << moderación >> de su partido frente a la << radicalidad >> de Zapatero, el mismo que hasta hace bien poco era Bambi, no sabía qué quería y escuchaba demasiado a todo el mundo. Es cierto, en definitiva, que cuando Mayor Oreja -uno de los políticos más insípidos y carentes de discurso de los últimos años- exclama << no nos contagiemos por la nada >>, uno siente tentaciones de pensar que lo mejor del congreso fueron las palabras de Gallardón. Sin embargo, no me parece que la actitud de Gallardón haya sido mucho más profunda que la del resto de sus compañeros: en ambos casos se trataba de simular. Unos -que habían sido ministros del Gobierno anterior- escogieron la sencilla estrategia de negar la mayor, aferrarse a la teoría de la conspiración y darse un baño de consuelo y victimismo. El otro, que siempre ha sido un ‘outsider’, eligió la estrategia de distinguirse del núcleo fracasado del partido, ofrecerse como alternativa ante el electorado de centro más desengañado (que en este momento es numeroso) y seguir esperando su oportunidad. A esto algunos le han llamado autocrítica. Sí señor. De la buena, buenísima.