2004-09-22
El síndrome de Hamlet (nacionalismos españoles, y II)
ANDRÉS NEUMAN



La España de las autonomías (que contiene en su seno una semilla federal) pareciera ser víctima de su propia riqueza. El argumento es trágico; los actores somos todos. Habitamos un país cuya composición podría ser un ejemplo para toda Europa: una suerte de pequeño continente dentro de un continente mayor que acerca sus fronteras, sumar lenguas, mercados y culturas. Cuando uno piensa en las dos Alemanias, en la escindida Chipre o en los Balcanes, comprende lo frágil que es el equilibrio y lo valioso de nuestra convivencia. En España tenemos un mapa que es un caleidoscopio, una bandera que cambia de colores según quién la ilumine. Estas fluctuaciones (siempre que se mantengan dentro de un marco estatal común) merecerían ser motivo de asombrados festejos. Pero demasiadas veces terminan siendo objeto de recelos y discordias. Por un lado, a las regiones sin un nacionalismo autóctono les cuesta contemplar con respeto las legítimas expresiones patrióticas de algunas comunidades. Y, por otro lado, estas comunidades nacionalistas son capaces de caer en el más burdo de los provincianismos con tal de reivindicar esencias. La terquedad, al menos, está bien repartida.

Equidistante de ambas cegueras, el escritor gallego Suso de Toro es un buen ejemplo de nacionalista crítico. Su libro ‘Españoles todos’ propone un repaso radical y un punto enrabietado de nuestros mitos nacionales. Los distintos artículos del libro van desde la política imperial de los Reyes Católicos (a quienes desmitifica con inteligencia) hasta el pensamiento libertario de Pi i Margall (a quien reivindica con pasión); desde Sabino Arana hasta Ortega y Gasset, pasando por Menéndez Pelayo; o desde un Cid Campeador que lucha contra un rey casualmente oriundo del noroeste, hasta un Unamuno (algo maltratado) que pasó de aspirante a catedrático de euskera a apóstol de la estirpe castellana. Con lucidez, el autor asocia los nacionalismos cerriles con la obcecación del propio casticismo, como si ambos fueran los extremos de una soga que nos impide respirar con naturalidad y ya no digamos reflexionar.

<< El discurso nacional español es una horma fijada y fosilizada que nos ahoga a muchos >>, declara de Toro, para luego añadir oportunamente que la identidad nacional puede emplearse como arma arrojadiza: << todo discurso nacionalista xenófobo despoja de legitimidad nacional al rival para luego, cuando ya es de ‘los otros’, liquidarlo >>. No obstante, aunque muchos nacionalismos sean excluyentes, no todos los nacionalismos son iguales. No sería lógico juzgar el nacionalismo económico de Brasil, que lucha por defender su industria del colonialismo estadounidense, de la misma manera que juzgamos -por ejemplo- el nacionalismo alemán de los años 30. No es lo mismo negarse a ser asimilado, que intentar imponerse a los demás. El afán de modificar al vecino resulta tan contraproducente como el de evitar que los vecinos encuentren su lugar en nuestra tierra. Algo así le ocurre al Gobierno vasco, que tiene que soportar constantes menosprecios del exterior pero a la vez, en cuanto tuvo ocasión, elaboró un plan que pretende discriminar a los alumnos educados fuera de Euskadi.

Conviene recordar que el PNV suele expresarse en un plural interesado: para escapar del centralismo, ha propuesto una visión tanto o más uniformadora de su propia tierra. Al Gobierno vasco le gusta referirse a sus gobernados como si tuvieran una voluntad unánime; pero vascos son todos los ciudadanos que viven, trabajan y pagan impuestos en Euskadi, incluidos aquellos que no han votado a Ibarretxe y que entre todos suman la mayoría. Por otra parte, fue el PNV quien contribuyó para que el PP, más tarde repudiado y acusado de franquista, gobernara en el 96. Tampoco nos consta que en aquel momento Aznar rechazase el apoyo de un partido que tan peligroso y anticonstitucional le resultaría después. El libro de Suso de Toro aborda la cuestión vasca distinguiendo entre el legítimo sentimiento de diferencia y la justificación de la violencia, entre el derecho a la soberanía política de una comunidad y la aspiración << decimonónica y obsoleta >> de la separación territorial. En otro pasaje, al que la manipulación informativa del 11-M da hoy una nueva y triste luz, el autor se refiere a ETA como un argumento silenciador de cualquier debate. Su atinada metáfora es esta: que la venda del herido no se use como mordaza.

No hay mordazas en el apasionado, y a ratos parcial, inventario nacional de ‘Españoles todos’. Suso de Toro habla de la Galicia moderna e inconformista del Nunca Máis, y nos plantea a todos una pregunta incómoda: si españoles son todos de norte a sur (y además obligatoriamente), ¿por qué se le permite al presidente Fraga, el ministro de Franco, el padrino de Aznar, ir por ahí negando el holocausto judío o elogiando a Pinochet? ¿Por qué sólo reconocemos la existencia del fascismo contemporáneo cuando proviene de Austria y se apellida Haider? ¿Por qué se disculpa a Fraga atribuyéndole no sé qué excepcionalidad? << Fraga es de todos, de la política española que lo despachó allí pero que es cómplice de su existencia, es de los gallegos que lo votan, de los que lo padecemos y de nuestros hijos que crecen bajo su odiosa sombra. >> Y a propósito de Fraga: parece que otra vez, espejo negro de nuestro pasado, será el candidato del futuro. La inteligencia no lo quiera.

La inteligencia quiere colarse en las maletas. Pisando tierra vecina, las banderas crecen. No es que todos debamos ser lo mismo; pero, ¿acaso hemos de ser siempre los mismos? Galleguista declarado, Suso de Toro escribe: << ese lado mío no quiere que desaparezcan los pasaportes, no quiere que desaparezcan los lugares, que se homogeneicen y disuelvan; lo que quisiera es tener el pasaporte de aquellos países nuevos de los que uno se va enamorando. Uno va acumulando nacionalidades, pedazos de pertenencia >>. Y Hamlet, al oírlo, se reconcilia un poco con las aduanas, coge su calavera y sale de Dinamarca.