2004-09-15
El síndrome de Hamlet (nacionalismos españoles, I)
ANDRÉS NEUMAN



Ser o no ser: esa parece ser la obtusa discusión en España, casi siempre que se aborda la cuestión de los nacionalismos. Uno tiene para sí que la asombrosa diversidad lingüística, geográfica y cultural de España podría ser un orgullo, un incentivo para convertirnos es un país cada vez más amplio y sabio. La modernidad tiende a lo heterogéneo, a lo multilingüe. Pero sucede que aquí no. Aquí seguimos prefiriendo alimentar batallas, escandalizarnos por las diferencias, reducirlo todo a un tira y afloja entre centro y periferias. Que si somos así, que si no queréis ser, que si por vuestra culpa dejaremos de serlo, que si negarse es no ser, que si decir que sí es perder lo que fuimos... En la España de las autonomías, esa España que prometía tanto, la calavera de Hamlet sigue hueca.

Estas últimas semanas, por enésima vez, hemos visto los síntomas de este síndrome de Hamlet. Primero Pujol dijo, como el Chavo del Ocho, sin querer queriendo, dijo que en Cataluña el mestizaje era un problema. Suponemos que no tan problemático como aquella oleada de inmigrantes andaluces que, hace algunas décadas, llegaron a esas tierras para contribuir, explotación mediante, al crecimiento de la pujante industria catalana; pero en fin. El caso es que el tito Pujol, famoso hombre de Estado, dijo lo que dijo en voz baja, con la boca pequeña y la malicia grande. En Barcelona, de hecho, ya se intuye el desastre, oigan: no hay más que fijarse en la cantidad de latinoamericanos que la pueblan día a día y que, como se ve, han convertido la ciudad en un lugar sin ley, llena de crímenes, miseria y carente de manifestaciones culturales. Yo les aconsejaría no visitarla. Es peligroso. A lo peor, hasta les gusta tanto que se quedan.

Pocos días después de que Pujol confundiera el tejido social de Cataluña con la cantera del Athletic de Bilbao, otro prócer, esta vez extremeño y defensor de los pobres, quiso hablar bien clarito. Vamos, como los hombres que no dudan. Los que saben qué son y qué deberían ser los demás. Con un par muy bien puestos: el tito Rodríguez Ibarra. Durante un discurso de los suyos, Rodríguez Ibarra (cuya mejor virtud, justo es reconocérselo, es no dejarse amedrentar por los tabúes de la corrección política) resumió en pocas palabras, ahí es nada, lo que para él constituye el núcleo del problema del Estado español: << la cuestión >>, recitó Hamlet Ibarra, << es si se quiere o no ser español >>. Toma ya. De modo que, una vez discernida esta voluntad ontológica, lo demás (la articulación territorial, la reforma de la Constitución, el debate sobre las competencias de las autonomías, el bilingüismo, los doscientos mil votantes de Batasuna y demás cosillas) sería coser y cantar. ¡Ser o no ser español! Gran decisión, de veras. Ahora bien; si no es demasiado incordio: ¿qué demonios vendría a significar concretamente ser español? ¿Qué ideas políticas, jurídicas y culturales implicaría? Supongo que responder a eso ya no sería problema de Hamlet, que, como todo el mundo sabe, prefiere las respuestas simples.

A principios de este año, poco antes del 11-M y del cambio de Gobierno, se publicó un libro que me llamó la atención: ‘Españoles todos’ (ediciones Península), del escritor gallego Suso de Toro. Sin duda habrá quienes, al leerlo, se sientan irritados, sorprendidos o en desacuerdo. Pero el libro, en cualquier caso, contiene artículos y reflexiones de enorme interés, que aportan una visión de nuestro Estado muy distinta a la que suele haber de Madrid hacia el sur, y probablemente distinta también de la visiones más frecuentes en Cataluña o Euskadi. Galleguista declarado, tan alejado de los nacionalismos furibundos como del centralismo reductor, el punto de partida lingüístico de Suso de Toro se resume en la intención de << resolver lo que parece un obstáculo irresoluble: que un escritor con ciudadanía española que escribe en una lengua distinta del castellano sea tenido por escritor tan español que el que lo hace en castellano >>. Personalmente, siempre me ha horrorizado confundir la lealtad a unos principios con la obligación de ser ‘una’ sola cosa, de fijarse una identidad que nos ahorre el ejercicio de pensar y de seguir asombrándonos por todo lo otro que podríamos ser. Suso de Toro escribe: << sólo las personas primitivas son una sola persona, somos varios dentro de nosotros. Entre otras querencias, manías, afectos, identidades, soy un europeo que es gallego y también español; pero todo ello a mi manera >>.

‘Españoles todos’ (que, trastocando la irónica cita de Franco, bien podría haberse titulado ‘Españoles somos todos’) habla también de las lenguas, y sugiere que la relación entre un idioma, sus distintos dialectos y todos sus idiolectos (el habla de cada cual) se parece a la compleja relación entre un Estado, sus regiones y cada unos de sus ciudadanos. El problema surge cuando la gramática o el Gobierno central, ambos muy necesarios, pretenden que nos expresemos todos con un mismo acento, de manera unívoca: es decir, que seamos fáciles de controlar, que no intentemos modificar ni una coma. << Debemos empezar a saber que los idiomas viajan, están todos en Internet, que los contemporáneos tendremos cada vez más una identidad partida y viviremos entre lugares e idiomas. Y un día habrá que empezar a educar a los españoles en que lo que no es normal es vivir en un único idioma, que eso es debido únicamente a un aislamiento histórico brutal >>, escribe de Toro. Y es verdad: nuestras escuelas no nos han educado en el conocimiento, el respeto y la curiosidad por las demás lenguas y culturas oficiales del Estado. Y, cuando aparecen, suele ser en manifestaciones, disturbios, enfrentamientos políticos o atentados. Poco cine, poca literatura, poco estudio, por desgracia. Aunque, como no deja de reconocer el autor, tampoco hayan contribuido al diálogo las políticas victimistas, demagógicas y a la defensiva de algunos gobiernos autonómicos.

¿Por qué a los españoles ser muchos nos parece ser menos? A veces pareciera que, en lugar de un país rico en matices, España fuera una tragedia. Mientras tanto, perplejo, traducido a cien lenguas, Hamlet mira su calavera con un mando a distancia en la otra mano.