2004-08-14
La VL (violencia de género/violencia lingüística, y II)
ANDRÉS NEUMAN



La semana pasada me detuve en uno de los -por desgracia- frecuentes asesinatos de una mujer a manos de su ex marido. Este último caso había sucedido en Picassent, Valencia, y sus tristes protagonistas eran Mercedes y José. Ella había decidido empezar una nueva vida en diciembre, pero desde entonces él la persiguió y amenazó reiteradamente, hasta terminar disparándole con una escopeta. Visto con detenimiento, el terrible desenlace no tuvo nada de sorprendente, salvo las propias declaraciones de algunos allegados y el tratamiento contraproducente que los medios de comunicación siguen dándole a esta clase de noticias.

La Violencia Lingüística o VL consistiría en eso: en la divulgación de conceptos que, de forma subliminal, contribuyen a mantener las cosas como están y los roles de género donde siempre estuvieron. Refinada y paradójica variante del machismo contemporáneo, la VL es especialmente dañina porque actúa cuando menos se la espera, mientras todos estamos con la guardia baja y el espíritu crítico anonadado: precisamente durante las denuncias de la violencia contra las mujeres.

Los medios de comunicación no son los portadores exclusivos de la VL. Al leer las diferentes noticias sobre el asesinato de Mercedes, algunas opiniones cercanas me produjeron escalofríos. La cuñada de la víctima declaró (creyendo denigrar al asesino) que, aunque José había anunciado varias veces que la mataría, << nadie lo tomó en cuenta porque era muy cobarde >>. Este razonamiento es bastante habitual y, en definitiva, nos lleva a una monstruosa deducción: ser capaz de matar a tu ex mujer sería, más que nada, una cuestión de valentía. Eso pareciera pensar la cuñada de Mercedes, pero no sólo ella: de sus declaraciones también se infiere que había otros familiares enterados del acoso de José, aunque ninguno le hizo demasiado caso. Y es curioso, porque, a juzgar por sus denuncias y su confesado temor a salir sola, la víctima parecía tomárselo muy en serio. Sospecho que esta clase de negligencias explican con aterradora claridad no sólo cómo se forman muchos matrimonios y cómo estos educan a sus hijos, sino también cómo reaccionan muchos jueces y policías al conocer las denuncias. Todavía es frecuente escuchar a mujeres golpeadas repitiendo eso de que << mi marido me pega lo normal >>. Al parecer hay otros hombres que amenazan ‘lo normal’.

Normal: así es como, una vez más, un vecino definía al asesino. << Una persona normal y corriente >>. Aunque, según ese mismo vecino, tras la separación José << ya no era el mismo >>. Otros vecinos asienten: cuando su mujer decidió dejarlo, el asesino simplemente << perdió la cabeza >>. ¡Qué cómoda nos resulta la locura para no tener que analizar las perversiones de nuestra cordura! << José cambió mucho. Estaba destrozado >>. ¿Entonces fue una simple cuestión de despecho mal llevado? ¿Cómo es posible que cada año se produzcan tantos despechos mortales? Conociendo las impresiones de sus paisanos, cualquiera diría que, antes de separarse, Mercedes y José formaban una pareja perfecta o por lo menos ‘normal’. Me pregunto por qué entonces ella puso tanto empeño en separarse de él. El primer vecino admite que sabía que << ella estaba mal, que él la increpaba y la acosaba >>; sin embargo, a pesar de estos preocupantes indicios, la muerte de Mercedes lo ha dejado << sorprendidísimo >>. Otro periódico nos confirma que << todo el vecindario conocía el acoso que sufría la mujer... El hombre perseguía a su esposa por todos los sitios y hacía guardia cerca de su casa... Se dedicó a insultar y amenazar a su mujer desde la calle... >> No era ningún secreto, entonces. Por lo visto medio pueblo, media familia y hasta la Guardia Civil, consideraban que José amenazaba a Mercedes lo normal.

Inmediatamente después del asesinato, y tras celebrar un pleno extraordinario, cientos de vecinos de Picassent se concentraron en la plaza del pueblo para expresar su repulsa. El problema es que, con la violencia de género, sólo nos escandalizamos al final del proceso. El pleno fue extraordinario, pero el asesino era normal. El crimen había sido inaceptable, aunque esa familia (y tantas otras) eran más o menos como todas. ¿Exactamente contra qué fenómeno se manifestó la gente ante el Ayuntamiento de Picassent? Según todos los periódicos, contra la << violencia doméstica >>. ¿No constituye un extraño eufemismo llamar apenas ‘violencia’ a un asesinato a quemarropa? ¿No resulta chocante seguir calificando de ‘doméstico’ un problema que le incumbe a toda nuestra institución familiar y a la sociedad en su conjunto?

Por lo general, la VL se ejerce sin verdadera consciencia de estar haciéndolo. Pero de eso se trata: de empezar a hacernos cargo de nuestro lenguaje, de responsabilizarnos de las ideas que transmite, y de intentar modificarlas. Los casos como el de Picassent, aun cuando no acaben en asesinato, no son asuntos ‘domésticos’: no es lo mismo maltratar a nuestro gato que matar a nuestro cónyuge. La crisis tampoco se limita estrictamente a la familia: sus raíces, sus causas (y las posibles soluciones) no son las mismas que las de la violencia contra hijos, abuelas o maridos.

No hay ‘maltrato’ que valga. Maltratar, nos maltratan algunos taxistas o ciertos camareros. Los asesinos de sus esposas cometen crímenes, que es un delito grave o una acción voluntaria de herir o matar a alguien. Asociado a la violencia, el adjetivo ‘doméstico’ desliza una connotación menor, casi comprensiva: un asunto privado y sin excesiva importancia. Si para colmo hablamos de violencia de género y de la situación de la mujer, la palabrita de marras nos retrotrae a su función tradicional y a las benditas tareas del hogar. ‘Violencia doméstica’: una cruz hecha a la medida de las sumisas amas de casa. ¿A quién se le habrá ocurrido semejante definición? A lo peor, a alguna pretendida feminista. Pero el feminismo no consiste tan sólo en hablar de la mujer, sino en pensar modelos distintos de mujeres y de hombres.

Es de suma importancia educar desde todas las instancias, desde la familiar hasta la pública, desde los padres hasta los periódicos. El lenguaje educa y refleja, nos representa y nos moldea. Por eso uno preferiría que se hablase de asesinatos y no de vagas violencias; de problemas concretos de género, y no simplemente domésticos. La denominada VD, con su confuso e innecesario parecido a las siglas de nuestro audiovisual DVD, me hace pensar que iría siendo hora de elegir de una vez la versión original de los problemas. Los crímenes de género, atrocidades específicas dentro de la barbarie general, merecen ese esfuerzo de los espectadores.