2004-08-07
La VL (violencia de género/violencia lingüística, I)
ANDRÉS NEUMAN



Mucho se viene hablando de la VD (Violencia Doméstica). Pero, siendo bueno que se hable, no todo lo que se dice contribuye a solucionar el problema. Lo que leemos u oímos sobre el tema sirve tanto para denunciar la situación, como para reflejar (y alimentar) determinados prejuicios colectivos que estamos muy lejos de haber superado y que, tristemente, están entre las causas de esa violencia que se pretende rechazar.

Hace unos días conocimos el asesinato, otro más, de una mujer a manos de su ex marido. El crimen tuvo lugar en la localidad valenciana de Picassent y ha sido ampliamente divulgado. Muchos conocerán la historia: Mercedes se había separado de José en diciembre, y desde entonces él se había dedicado a perseguirla y amenazarla seriamente de muerte. Mercedes, que había tenido tres hijos con el hombre que la mataría, llevaba tiempo buscando protección, evitando andar sola por la calle y poniendo denuncias. Las noticias no siempre concuerdan en este último punto; pero todas coinciden en que, la misma tarde del crimen, ella alertó a la Guardia Civil de que había visto a José siguiéndola y merodeando insistentemente por el chalé de una amiga, en el que ella se encontraba. Mercedes salió del chalé en coche, acompañada de su amiga. Entonces José surgió de los bordes del camino, se interpuso y le disparó con una escopeta de caza.

Al leer la noticia, me chocaron los términos en los que se exponían las circunstancias del crimen, y el modo en el que se referían los detalles. Más tarde, comparando las versiones de los distintos medios de comunicación, me inquietó el repertorio casi unánime de clichés, eufemismos y sobreentendidos que ofrecían. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que, en su insistencia, estos conceptos subliminales terminan siendo asimilados por los lectores. Por esa razón, tal vez sería urgente acuñar unas nuevas siglas para denominar estas contribuciones al clima general: por ejemplo, VL (Violencia Lingüística).

Por empezar, resulta insólita la reticencia de los medios a la hora de emplear una palabra tan sencilla como clara: ‘crimen’. En lugar de crimen o asesinato, casi todos se las arreglaban para hablar de ‘suceso’, ‘desgracia’, ‘tragedia’, etcétera: como si se tratase de una lamentable casualidad, un penoso accidente o -peor aún- una historia de amor malograda. No menos sorprendente me pareció la calificación que Mercedes y José, víctima y asesino, le merecían a los redactores: pese a llevar ocho meses separados, seguían siendo una ‘pareja’. Poco importaba que incluso estuvieran en marcha los trámites formales: su alianza, por lo visto, era indestructible.

Tanto los periódicos más conservadores como los supuestamente progresistas repetían las mismas paradojas, tan sintomáticas como contraproducentes. << La pareja había iniciado los trámites de separación el pasado mes de diciembre y, a partir de ese momento, fueron numerosas las amenazas de muerte... >> Si estaban separándose desde hacía tiempo, ya ni siquiera convivían y encima él la amenazaba, ¿por qué debían seguir siendo una pareja? ¿Formar una pareja constituye un acto de amor voluntario, o un absoluto irrenunciable? ¿Es una boda un contrato de pertenencia? A juzgar por los titulares, sí: << Un hombre mata a su mujer... >> ¿‘Su’ mujer? ¿Es que era suya? ¿Y además todavía? << La víctima y el agresor se encontraban separados desde las pasadas Navidades, si bien se desconoce si legalmente... >> ¿Era José un ‘agresor’? ¿Que te asesinen con una escopeta se considera una simple agresión? Me imagino que, entonces, una buena paliza es una falta leve, casi una broma sin importancia. Y ahora les ruego que relean la cita anterior: << si bien se desconoce si legalmente... >> ¿Qué demonios significa ese ‘si bien’? ¿Debemos entender que se trataba de un atenuante? ¿Que, hasta que la justicia no hubiese dado por oficialmente finalizado los trámites, José mantenía -digamos- ciertos derechos físicos sobre Mercedes?

En opinión de todos los medios, José seguía siendo el esposo de Mercedes: << Su marido, de 40 años, le quitó la vida con una escopeta de caza... >> Parece que nos gusta que haya amores que maten. Esté o no separada, se ame o no, una pareja será siempre una pareja. Aplicando esa lógica a la inversa, quienes no celebren una boda nunca conseguirán serlo por mucho que se empeñen. En mi opinión, este concepto posesivo de los lazos conyugales y esta visión esencialista de los vínculos familiares es una de las causas de la llamada violencia doméstica. Al fin y al cabo, así es como razona un maltratador: la que fue su mujer, le pertenece para siempre. Un periódico de máxima difusión calificó a José de << parricida >>, lo cual resulta doblemente discutible: no sólo porque, en general, este término se aplique más bien a quienes asesinan a su padre o a su madre; sino porque, además, se refiere en todos los casos a la muerte de un pariente próximo. Pero, ¿es un cónyuge exactamente un ‘pariente’? ¿Cuáles son los límites de la institución familiar?

Nuestro lenguaje nunca es exacto ni inocente. Por eso la VL que se ejerce a diario no es sólo una cuestión de forma: es parte del problema. La próxima semana veremos cómo este idioma equívoco no es, ni mucho menos, patrimonio exclusivo de los medios de comunicación. Y cómo las familias, por desgracia, son las primeras en adoptarlo.