2004-08-02
Moore, el incómodo
Moore, el incómodo
Andrés Neuman


Michael Moore es un personaje incómodo. Demasiado crítico como para alinearse bajo una bandera, demasiado inteligente como para dejarse utilizar por el poder y demasiado amante del espectáculo como para pasar por un santo, Moore es autor de varios ensayos y de al menos dos documentales revolucionarios: ‘Bowling for Columbine’ y ‘Fahrenheit 9/11’. Ambos me parecen un ejemplo de valentía e inconformismo cívico.

Ciertamente, no siempre evita Moore en sus películas los golpes bajos, el autobombo y cierta complacencia demagógica. Pero estas objeciones palidecen ante otras evidencias mucho más importantes. ‘Bowling for Columbine’ es un penetrante documento sobre la violencia en toda su complejidad, que ilustra el círculo terrible que forman la educación escolar, la desigualdad social, la agresividad individual y la política. A este documental (probablemente uno de los mejores que he visto en mi vida) le sigue ahora ‘Fahrenheit’, concebido en principio como la denuncia de un fraude electoral, y que acabó siendo una implacable reflexión acerca del negocio del terror y la guerra.

Moore es, en efecto, un tipo fascinante y difícil de clasificar. Defiende posturas radicales y libertarias, y es católico (de niño iba para cura, y eso se le nota en su tendencia a moralizar y arengar a sus ‘feligreses’). Medio Estados Unidos lo considera un apátrida, y él adora la Coca-Cola y las gorritas de béisbol. Sólo habla inglés, pero denuncia la falta de cosmopolitismo de su país y es admirado en el resto del mundo. Muchas de sus ideas coinciden con las élites intelectuales, aunque su discurso se identifica con el trabajador medio estadounidense mucho más que cualquier partido o medio de comunicación. En realidad, políticamente hablando, Michael Moore es una víctima del bipartidismo que limita la democracia de los USA, y que amenaza con filtrarse en otras muchas democracias. El gordo Moore es el azote de Bush y los republicanos, pero nunca ha sido un entusiasta de los demócratas. En las elecciones de 2000 apoyó al candidato independiente Nader. Hay quien opina que, por ‘culpa’ de Nader, Gore no ganó las elecciones; es posible, pero me cuesta aceptar que lo más saludable para una democracia sea eliminar cualquier alternativa distinta de las tradicionales. Algo así como: << si quieres que triunfe la democracia, no se te ocurra discutir lo establecido; tienes A o tienes B; así que elige y cállate >>. El Partido Demócrata (como, salvando las distancias, le ocurre aquí al PSOE) debería asumir la responsabilidad de convencer a los electores no porque no exista otra cosa que votar, sino por su gestión y sus propuestas.

Moore es consciente del frágil equilibrio que mantiene: prometió no apoyar a nadie que hubiese votado a favor de la guerra en Irak, pero eso es lo que Kerry (máximo beneficiario de los efectos de ‘Fahrenheit’) hizo en su momento. Para los que aún se preguntan de qué sirven los partidos minoritarios en una sociedad abierta, esta es la respuesta de Moore a la pregunta de qué opinaba sobre la prudencia de los demócratas (motivada por el temor de pasar por ‘antipatriotas’) a la hora de aprovechar sus denuncias: << Es lo que hace siempre el Partido Demócrata: no tomar una posición concreta sobre nada. No tienen ni valor ni fuerza para reaccionar. Ni siquiera fueron capaces de luchar para reivindicar el resultado de unas elecciones que habían ganado. Así de patético es el Partido Demócrata >>. Ese partido que, de cualquier forma, muchos (incluido él) deseamos que venza en noviembre.

Así es como empieza ‘Fahrenheit’, con la más que probable maniobra de la familia Bush para: 1) alterar el recuento de los sufragios en Florida; 2) bloquear el voto a la población negra de ese Estado (casualmente gobernado por el hermano del actual presidente, que por cierto es hijo de un ex presidente); y 3) dar por buenos datos equívocos en las cadenas de televisión afines. Contada por Moore, la secuencia de los hechos es de vergüenza ajena. Para la oligarquía norteamericana, lo más humillante de la película debe de ser precisamente eso: que utilice unos recursos de persuasión audiovisual tan similares a los suyos, pero con la intención contraria. En los documentos que el Gobierno tachó, Moore se explaya con furia; donde los medios más sumisos cortaron las cintas, Moore inicia las suyas y se regodea; con cada cifra que el gabinete Bush ocultó, el documental elabora detalladas estadísticas. El resultado es simplemente escandaloso. Luego irrumpe en la historia el atentado del 11-S (reflejado con una respetuosa discreción poco habitual en Moore), y la película vira hacia una cuestión aún más aberrante y que afectó al mundo entero: la monstruosa mentira de Irak.

El espectador de ‘Fahrenheit’ asiste consternado a la evidencia del montaje de las armas masivas, y a los colosales intereses económicos que la Administración y las más poderosas empresas norteamericanas tenían puestos en la guerra. El seguimiento del grupo financiero Carlyle y los negocios entre las familias Bush y Bin Laden (ni siquiera interrumpidos tras el 11-S) produce escalofríos. La nula voluntad gubernamental por esclarecer las circunstancias del atentado (¿les suena?) contrasta con el trato de favor a los saudíes y con los 1.400 millones de dólares que estos invirtieron en las empresas de Bush y sus amigos. El documental alcanza su clímax cuando aborda la trágica descoordinación militar, las muertes de civiles iraquíes y el reclutamiento de soldados entre las clases bajas para ir a una guerra fomentada por una oligarquía financiera. La película avanza hasta ponernos delante de las narices una conclusión que ya nos temíamos pero que nade había probado con tanta contundencia: la guerra de Irak estaba planificada desde mucho antes de los atentados. Bush la necesitaba para invertir en su reconstrucción, devolver favores millonarios, aplicar ciertas medidas de restricción de las libertades internas y elevar su baja popularidad.

¿Y nosotros? ¿Y España? Sin hablar de otros países, ‘Fahrenheit’ también nos toca de cerca. Nuestro anterior Gobierno fue cómplice estelar en las mentiras políticas y las acciones bélicas de la Administración Bush. Nuestro condecorado Aznar fue un fervoroso militante de la Casa Blanca y defendió sus decisiones ante el Congreso, contra la oposición entera y contra la opinión de millones de ciudadanos que se manifestaron. Cuando Moore denuncia (¡para colmo!) la ineptitud de su Gobierno para tomar medidas de seguridad frente a ese terrorismo islámico que tanto cacareaba, uno se acuerda del ínfimo presupuesto que el Gobierno de Aznar destinó a ese fin. Y se acuerda también de otras mentiras, e incluso de las siniestras promesas que se les hizo a determinadas empresas españolas para participar del botín de la reconstrucción de Irak. En los USA hacen falta urgentes cambios políticos e iniciativas ciudadanas. Como demuestra el éxito de ‘Fahrenheit’ en su país, Moore no está solo. En España esos cambios ya han empezado a producirse, pero conviene no bajar la guardia ni el sentido crítico. Nos jugamos, literalmente, la salud del futuro.