2002-11-20
Woody Allen, diabético
Woody Allen, diabético
Andrés Neuman



La otra noche fui a ver la última película (pero eso no es posible) del genio de Manhattan. Se titula 'Un final made in Hollywood', y tanto el título como el final resultan más perversos de lo que pudiera parecer.

En la ceremonia de entrega de los premios Príncipe de Asturias, Allen afirmó no merecer el galardón; aunque añadió que también tenía diabetes, y que tampoco creía merecerla. Los asistentes, supongo, se reirían de buena gana al escucharlo. Quizás algunos recordaran un diálogo de su última película: en los bosques nevados de Canadá, una vieja gloria del cine rueda un anuncio que no le interesa en absoluto; hablando por teléfono con su novia, encorvado y algo ridículo bajo su capucha peluda, se lamenta de que en aquellos bosques sea menos importante tener un par de Oscars, que tener un par de astas... Al escuchar en el cine esa broma, me he reído y me he acordado de la ceremonia asturiana.

Y es que, con Woody Allen, sucede siempre eso: no sabemos distinguir muy bien entre la persona y el personaje, entre sus apariciones públicas y sus películas. Tampoco estoy seguro de que él, a estas alturas, quiera hacerlo. Y es natural que así sea, pues se trata de un artista que ha inventado una lógica (o una variante personal de la neurosis) y un sentido del humor (o un humor con sentido). Allen ha creado, incluso, a sus espectadores: ésos que no vamos a ver una película, sino a un personaje; él. Conforme su filmografía ha ido avanzando, esta circunstancia lo ha beneficiado en idéntica medida en que lo ha perjudicado. Pues tampoco resulta sencillo distinguir, en su caso, entre estilo personal y repetición, entre las auténticas obsesiones y los trucos de viejo zorro que conoce de memoria su oficio.

Aunque algunos incondicionales románticos reivindiquen obritas de aprendizaje como 'Toma el dinero y corre' o 'Bananas', a mí me parece claro que su obra comienza de verdad a finales de los 70, con 'Annie Hall' y la maravillosa 'Manhattan'. Esta última rezumaba una virtud que, sin duda, el cine de Allen ha ido perdiendo: la lenta poesía de lo visual, una voluntad fotográfica que sería reemplazada por la eficacia de lo ágil y por ciertos gags visuales. En aquel homenaje noctámbulo y emocionado a su ciudad, el director conseguía una compenetración entre paisaje y discurso, entre las emociones de los personajes y el estado de ánimo de las calles, que luego prefirió postergar.

En aquel filme y en otras de sus mejores obras, Allen hacía de Allen, y todos lo queríamos y nos gustaba, y además nos sorprendía: si es cierto que los héroes masculinos nunca habían exhibido de ese modo sus debilidades, sus miedos y sus fracasos, tampoco nunca antes un antihéroe enclenque y feo se había mostrado tan seductor e inteligente en la pantalla. Ahora bien, todo hallazgo precisa sus descansos, y por eso Woody Allen procuró equilibrar su monstruosa productividad, alternando sus papeles protagónicos con los de otros actores. De esta astuta dosificación de su propia cara nacieron joyas insuperables como 'Días de radio', 'La rosa púrpura del Cairo' o la más cercana 'Balas sobre Broadway', en las que de todos modos terminaba asomando la personalidad alleniana, apenas desviada por la construcción de un alter ego. Al irresistible lirismo nostálgico de estas películas podríamos añadir esas otras, las 'raras' de Woody Allen, que sólo un puñado de fanáticos ha visto, para comprobar con sorpresa que se acercaban o incluso superaban la altura de sus títulos más populares. Por ejemplo 'Broadway Danny Rose', la evocadora historia de un representante de artistas imposibles, en la que él no encarnaba tanto el espíritu mismo del fracaso como su ángel protector.

Duele reconocer que, desde mediados de los 90, la obra de Woody Allen viene sufriendo un bache que amenaza con perpetuarse. En efecto, el nivel de películas como 'Poderosa Afrodita', 'Deconstruyendo a Harry' o cualquiera de las más recientes, sólo se ha visto contrapesado por el que tal vez sea hasta hoy su último logro redondo: 'Acordes y desacuerdos' (Sweet and Lowdown). Muchos tenemos la alarmante sensación de que nuestro admirado director es ya un genio en decadencia. Aunque, desde luego, con su genio en declive sea capaz de superar en interés a muchos directores en su mediocre esplendor. Decadencia, en Woody Allen, significa todavía inteligencia en abundancia, algunos memorables golpes narrativos y frecuentes hallazgos verbales. Creo que el secreto de este considerable nivel medio radica en que, para él, un espectador es siempre un igual; es decir, alguien más bien listo, culto e irónico. No se trata de una simple deferencia para con el público, sino que es toda una cuestión ética, un infrecuente dogma de fe: confiar en que el espectador de cine ha de ser, de hecho, alguien crítico. Esa misma confianza sostenía aquel cáustico libro suyo, más o menos titulado 'Cómo acabar de una vez por todas con la cultura'. Hablamos, ni más ni menos, que de la mejor tradición humorística norteamericana, el legado de Groucho Marx. De esa estirpe de cómicos reflexivos que -como decía el propio Groucho en una carta a su hermano Gummo- cuando parecen reírse de una broma ajena es porque, en realidad, se les acaba de ocurrir algo a ellos.

En cuanto a 'Un final made in Hollywood', el filme parte de una idea tan efectista como verdadera: un director de cine que, ante la gran oportunidad de su vida, se queda repentinamente ciego la noche antes de iniciar el rodaje. El pánico escénico, la fantasía de la impotencia llevada hasta su extremo más material, es una pesadilla muy familiar para todo artista: el cantante afónico, el pintor que se queda manco, el escritor que cómo se incendian sus manuscritos... Ahora bien, yo encuentro en el final aparentemente rosa de la película (que no explicitaré del todo, para evitar enfados) una sutil ambivalencia, una duda nada hollywoodiana: ¿contiene una amistosa burla del cine de autor, de la sofisticación francesa? ¿O más bien refleja el retrato de una decadencia artística asumida, la propia del personaje, que finalmente acepta que su carrera pase a un segundo plano?

No está claro. Por un lado es evidente que, así como hoy imperan los tristes tópicos del cine comercial, también se han instaurado unos estereotipos acerca del cine independiente (y a los cuales no es ajeno Woody Allen). Por otro lado, la emigración del personaje de 'Un final made in Hollywood' se parece bastante a una media despedida, al anuncio de una cálida tercera edad cinematográfica. Tal vez nuestro director se esté marchando disimuladamente. Quizá se esté apagando, pero a lo Woody Allen: delante de la cámara que lo consume. Como un vampiro diabético que, por una cuestión de principios, decide no apartar la mirada de las luces.