2004-05-01
El descanso del balón (sobre Maradona)
ANDRÉS NEUMAN



Pesa cien, o ciento diez, o pesa lo que pesa la leyenda. Ha estado unos cuantos días acariciando el filo, sedado y con respiración artificial. Respiración artificial: en realidad, ese es el estado en que desde hace más de una década vegeta, redonda y desamparada, la sombra de Maradona.

Entró en la clínica con una neumonía y con el corazón latiéndole a trompicones. Estuvo sedado e inconsciente, buceando en esa paz que no conoce. Luego se despertó. Se impacientó. Empezó a chillar. Volvió locas a las enfermeras. Pidió un balón, una televisión para ver fútbol y una corona de hojalata. Firmó el alta médica bajo su cuenta y riesgo, se montó en una camioneta y se fue a jugar al golf, orondo y resoplando. Debe de ser extenuante vivir regateándose a uno mismo.

En mi niñez, Maradona fue una forma de soñar y, en cierto modo, un genio fugitivo. Un milagro al que uno siempre llegaba tarde. Nací casi al mismo tiempo que él debutaba, delgado y eléctrico, en la primera división argentina. Apenas llegué a verlo proclamarse campeón con el Boca Juniors y, para cuando tuve uso de razón, el Pelusa se había marchado a Barcelona. Desde aquel año, y hasta que partí rumbo a España, el equipo atravesó una de las peores rachas de su historia -sumido en la perplejidad y la melancolía como todos los equipos que perdían a Maradona- y sus aficionados tuvimos que resignarnos a contemplar cómo el River Plate conquistaba título tras título. Tampoco me dio tiempo a disfrutar de las jugadas de Maradona en el club catalán, porque mucho antes de mi emigración él ya se había mudado a Nápoles.

Curiosamente, apenas unos meses antes de compartir con él continente y de que pudiera verlo disputar al menos las competiciones europeas, fue sancionado por dopaje y su carrera cayó en desgracia para siempre. Así que sólo pude seguirlo partido a partido durante un año, el de su regreso, cuando lo fichó el Sevilla. Recuerdo que mi padre me llevó a ver un partido al Sánchez Pizjuán, contra el Sporting de Gijón. El Sevilla ganó uno a cero; Maradona marcó el gol nada más comenzar el partido, disparando a la media vuelta tras engatusar al balón con la punta del hombro. Yo, por supuesto, me perdí su jugada en vivo: llegamos a nuestros asientos un minuto después. Alcancé, eso sí, a verlo de cerca mientras comprábamos las entradas, cuando el autobús del equipo aparcó por casualidad junto a nosotros. Mientras los jugadores descendían, corría hasta el autobús y esperé a que saliera Maradona. Él puso un pie en la acera, los murmullos estallaron. Rodeado por una multitud histérica, estiré un brazo de ilusión: su espalda era rocosa, gruesa, llena de balones.

Pude, no obstante, admirar su contorsionismo mágico durante los Mundiales. Más que por sus múltiples conquistas con sus clubes, fue con la camiseta albiceleste de la selección como Maradona se erigió en mito nacional. O, mejor dicho, fue entonces cuando el país lo eligió como alegoría. Creo que, si Argentina ama a Maradona más allá de la razón, de sus méritos y sus miserias, es porque él ha encarnado mejor que ningún otro personaje el fatalismo cultural argentino. Mientras permanecía internado en la clínica, en una de las pancartas que sus seguidores exhibían podía leerse: << Sin él, ¿qué nos queda? >> Al margen del fanatismo absurdo de aquella pancarta, no me parece inútil detenerse en su contenido. ¿Qué nos queda sin él? Argentina es un país proclive a la tragedia y a los maniqueísmos. Maradona (o Perón, o Gardel, o Evita) lo es todo o es lo único, porque sólo así se reivindica la superioridad nacional y al mismo tiempo se justifica el fracaso, la nada. Para una sociedad acostumbrada a las caídas, el la desaparición o el hundimiento de un ídolo, lejos de debilitar su influjo, lo integra definitivamente en el centro de sus valores. << Fuerza Dios >>, rezaba otra pancarta. Es la agridulce idea, tan argentina, del paraíso perdido. Ese es el mecanismo adictivo -nunca mejor dicho- que Maradona ejerce sobre el aficionado local: por eso, cuanto más se degrade y se humille, más se echará de menos su figura virtuosa, en plenitud, asombrando al césped. Frente a la clínica donde yacía, varada, la ballena albiceleste, la gente llegaba con recortes, fotos de su brillante juventud, dibujos con colores, estampas religiosas, cartas personales e inscripciones.

Esplendor y decadencia: la trayectoria entera de Maradona entronca con una sensibilidad propensa a las mitificaciones populares y a la decepción. También su carrera con la selección se mantuvo extraordinariamente paralela a la historia reciente de Argentina. En el Mundial 78, el de los desaparecidos, él no estuvo: aunque ya deslumbraba, Menotti decidió que era demasiado joven. En el 82, el Mundial de las Malvinas, Diego fue masacrado por los defensas y finalmente expulsado. Pero la revancha llegaría en el Mundial siguiente. Fue en el 86, mientras al país aún le duraba la euforia de la democracia y del juicio a los militares, cuando Maradona fue canonizado: sin necesidad de organizar el campeonato, sin polémica alguna por sobornos, tan sólo con la ayuda de su genio veloz y de la célebre ‘mano de Dios’, se vengó de las Malvinas y se trajo el trofeo. Aquel épico segundo gol, ese en que el Pelusa burló con un zig-zag francamente imposible a media docena de ingleses más fuertes que él, venía a confirmar el espejismo de la reconstrucción nacional, de su nueva moral, de otra clase de justicia. Más tarde, en el 90, coincidiendo con la aciaga presidencia de su compadre Menem, Maradona pareció metaforizar el destino de los rutilantes engaños menemistas: la selección llegó a duras penas a la final, pero su fútbol fue pésimo y el capitán jugó todo el Mundial cojeando por culpa de una fuerte lesión en el tobillo. Al año siguiente, mientras el Estado en bloque era privatizado y corruptamente malvendido, el Pelusa daba positivo por dopaje e iniciaba su calvario.

No creo que Maradona sea un delincuente ni tampoco un mártir. Ha sido un creador del fútbol y un destructor de su propia vida. Argentina lleva años intentando justificar sus comportamientos, como si estos fueran una responsabilidad colectiva. << Es una gran persona >>, declaró el presidente Kirchner hace unos días. Nunca he considerado malvado a Maradona: no le ha hecho a nadie tanto daño como a sí mismo, y cabe recordar que gozó siempre del cariño y el respeto de sus compañeros de equipo. También tuvo, como jugador, cierta vena contestataria ante los dirigentes que hoy se echa en falta en su glamuroso gremio. Pero de ahí a declarar que es una gran persona, media un abismo tan absurdo como lo es restarle méritos a un deportista genial por los errores que haya cometido en su vida. Maradona no tiene por qué ser un ejemplo moral para ningún niño: para eso están sus padres. Él ha sido quizás el mejor futbolista moderno y es también un hombre sin educación y penosamente enfermo. Como supuesto líder de masas, sus opiniones políticas han sido siempre erráticas, arbitrarias y hasta peligrosas. Así que lo mejor sería dejarlo descansar, como un balón al fondo de un museo. Al fin y cabo nada evitará que Maradona, como todos los mitos, juegue cada vez mejor.